En la aldea
24 junio 2024

La incoherencia, debilidad opositora

Más allá de las buenas intenciones de algunos candidatos en medio de la hecatombe que azota al país y su gente, resulta obvio que la gente quiere, además de votar, elegir. ¿Actualmente esto ocurre? Contundente en su postura, el autor insiste en la crítica a la oposición democrática al recordar que “en política la coherencia tiene un alto valor, si se quiere crear confianza y multiplicar respaldos”. También habla de los llamados “Alacranes” y sus privilegios; de las condiciones electorales mínimas que aún se esperan; y de la desesperanza frente a las regionales de noviembre, donde sigue habiendo “dudas y preguntas”.

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Gehard Cartay Ramírez | 06 septiembre 2021

La verdad es que resulta muy lamentable el cuadro opositor, previo al evento convocado por el Consejo Nacional Electoral (CNE) para el venidero mes de noviembre.

Como se sabe, no hubo mejora de las condiciones electorales mínimas que planteó esa misma oposición democrática como condición expresa para participar. Hasta ahora, en esta materia, no ha habido ningún cambio significativo. Todo sigue igual, salvo la presencia de dos rectores del organismo electoral a quienes vinculan con la oposición; mientras que el régimen sigue controlándolo con el apoyo de los tres restantes.

Todo resulta muy lamentable, insisto. Que no se haya atendido un reclamo tan expandido a lo largo y ancho del país, revela la nula receptividad de quienes manejan el CNE y su parcialidad con el régimen chavomadurista que destruye el país. De allí la desconfianza generalizada en el sistema electoral venezolano que, en cada oportunidad, multiplica la abstención como una manera de protestar cívicamente, aunque algunos pretendan que es la causa del mantenimiento de la dictadura, como si esta fuera una democracia verdadera. Resulta obvio que la gente quiere, además de votar, elegir de verdad. Actualmente sabe que eso no ocurre.

Pareciera que esto es lo que no terminan de entender algunos dirigentes opositores. No han comprendido aún la auténtica naturaleza de un régimen de facto como el que manda en este país, apoyado en la fuerza militar y de espaldas a la Constitución y las leyes, empeñado en ejercer el poder de manera absoluta y con total desprecio por quienes lo adversan. Mientras tanto, otra facción que se separó de la misma ha preferido entenderse con el madurismo, a cambio de algunas recompensas.

Esa incomprensión de la verdadera naturaleza del adversario, la demuestra la actitud de cierta dirigencia política opositora que ahora aspira a participar en el evento de noviembre, luego de haberse negado sistemáticamente a convalidar el fraude electoral de mayo de 2018 y la farsa comicial de diciembre pasado. Y quieren hacerlo sin que se hayan mejorado las condiciones electorales mínimas, decisión que depende del CNE, para no referirnos a otras exigencias como la liberación de los presos políticos, la devolución de la personería jurídica y las tarjetas electorales a las autoridades legítimas de los partidos -hoy en manos de los llamados “Alacranes”-, la entrada de la ayuda humanitaria, etc.

Esa dirigencia política le debe al país una explicación por tal cambio de posición. Somos muchísimos los que demandamos una aclaratoria al respecto, basada en razones convincentes y sólidas, más allá de la frivolidad irresponsable de participar porque algunos quieran promocionarse y darse a conocer o de aspirar una modestísima cuota de poder; que en definitiva ni siquiera sería eso en virtud del vaciamiento de competencias y recursos que el régimen le ha venido haciendo a gobernaciones y alcaldías, hasta convertirlas en parapetos inútiles.

Toda esta situación revela, por otra parte, la falta de coherencia en el mensaje de la oposición mayoritaria, sometida a vaivenes y movimientos extraños que mucha gente no entiende. En política la coherencia tiene un alto valor, si se quiere crear confianza y multiplicar respaldos. Pero si antes se dijo una cosa y ahora se hace otra, esas actitudes traen consigo escepticismo y falta de credibilidad en quienes las producen. Por supuesto que no se trata de mineralizar posiciones ni de incurrir en terquedades suicidas, no tanto por aquello de que “sólo los idiotas no cambian de opinión”, sino por la dinámica de las realidades políticas. Pero de allí a decir una cosa hoy y otra mañana, hay un largo trecho.

En definitiva, a mi juicio, todo esto demuestra también que la mediocridad se ha apoderado, no sólo de la cúpula del régimen -algo que algunos sabemos desde sus inicios al elegir un militar destructor, charlatán y resentido- y de sus socios “Alacranes”, sino también de una parte de la oposición democrática que, hasta hace poco, mantenía una actitud coherente y sensata, pero que ahora parece dispuesta a botarla por la borda, a cambio de participar en la farsa comicial del 21 de noviembre, donde algunos aspiran recoger las migajas que caigan de la mesa chavomadurista.

Más grave aún es que todos ellos saben que esas elecciones no van a resolver la gigantesca crisis que sufre Venezuela y que sólo puede lograrse con el cambio del actual régimen. Tampoco van a resolver los problemas de los estados y municipios, hoy arruinados y sin capacidad financiera para darles solución, la cual también sólo llegará con la sustitución del chavomadurismo en el poder. Y es que todo pasa por allí, más allá de las buenas intenciones de algunos candidatos y bien lejos de pañitos calientes y de promesas absurdas en medio de la hecatombe que azota al país y su gente. 

Hace poco leí a alguien que escribió, con total desesperanza, si con esta actitud el llamado G4 no había terminado dándole la razón a los “Alacranes”, al decidir asistir a unas supuestas elecciones sin garantías ni condiciones mínimas y que -insisto una vez más- no van resolver la profunda crisis en que estamos inmersos. No quisiera creer que quien escribió aquello pueda tener razón. Pero no dejo de reconocer que su conclusión escéptica y pesimista no deja de despertar más dudas y preguntas.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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