En la aldea
20 mayo 2024

“Nuestro beato José Gregorio Hernández, fue a París (…) vino sabio, como el que más. Pero, qué cosa, por alguna razón, también vino santo”.

Gustavo Villasmil: Doctor de cuerpos y almas

“Procuro enseñar a mis estudiantes que toda medicina se funda en un acto de piedad”, palabras de un zuliano que en la capital hizo su carrera, y nos habla de liderazgo, pandemia, la política como virus en el área de la salud pública, y su arraigo por ejercer y luchar desde el país: “Si hay un palco para asomarse a lo que Venezuela terminó siendo, son los hospitales públicos (…) Ahí se ve la otra cara de una misma moneda, el mal radical, como lo llamaba Hannah Arendt”. Gustavo Villasmil, un médico con vocación científica y humana: “No podemos renunciar al deber de oponernos al mal que sufre Venezuela”.

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Soledad Morillo Belloso | 07 septiembre 2021

Año 2000. Yo había escuchado hablar de Gustavo Villasmil. Un día lo conocí en una reunión. Me llamó la atención lo mucho que sabía, lo aterrizado de sus propuestas, su capacidad para persuadir. Esas son claves del liderazgo: Saber, saber hacer, saber convencer. Me faltaba descubrir si este “gentilhombre” de mirada profunda, dominaba las otras claves: Saber crear, saber articular con el que piensa distinto y saber generar energía y dinámicas virtuosas. Si alguien en posición de liderazgo tiene esas características, será reconocido por la gente y logrará liderar por más tiempo. Construirá con visión y con hechos y, al fin de su tiempo, pasará el testigo a alguien surgido de ese mismo círculo virtuoso.  

Al principio de este horror de la pandemia, marzo de 2020, una de las primeras personas en quien pensé fue en Gustavo Villasmil. Mi marido y yo estábamos atrapados en República Dominicana. Todo el día revisaba portales esperando la noticia lógica en Venezuela. Una situación tan compleja requería de gestores de salud, extremadamente competentes y confiables, que pudieran hacer lo que había que hacerse, decir lo que había que decirse y minimizar el costo económico, social, en vidas humanas de una enfermedad recalcitrante. Acudieron a mi mente nombres de especialistas en salud pública, Infectología y en economía de crisis, incluyendo un par a quienes se les vincula con el  régimen. Si ellos manejaban la situación, no saldríamos tan turulatos de esta desgracia. Ellos tomarían las decisiones que aceptaríamos con coraje, valentía y aplomo. Y harían también algo crucial: liderarían la indispensable campaña de información y formación a la ciudadanía. Estaba segura que esos profesionales estarían dispuestos a aparcar sus diferencias políticas en aras de conformar un equipo de alta competencia que gerenciara esta endemoniada crisis.

“En Venezuela, 1 de cada 4 muertos por Covid-19 es un colega mío”

Gustavo Villasmil

Eso no ocurrió. La burda politiquería llevó la voz cantante y ya, a año y medio de pandemia, estamos dando tumbos, poniéndole “tiritas a este corazón partío”, como canta Alejandro Sanz.

La crisis de salud pública en Venezuela no comenzó con la Covid-19. Esto se montó sobre un ya muy grave cuadro, con nuestros hospitales, ambulatorios, servicios sanitarios, clínicas y  sistema farmacéutico en pasmo y trauma. La emergencia se encaramó sobre otras urgencias; puso de bulto las falencias del sistema.

El sistema público y privado hace lo que puede con lo que tiene. Eso no alcanza para enfrentar un bicho nefasto e insolente que se ríe a carcajadas de mingones edictos, discursos épicos y demás guarandingas tan estrafalarias como inútiles. Tenemos profesionales inteligentes, serios, formados, respetables. Pero si el sistema falla arriba donde se decide, aguas abajo no pueden hacer magia. Son profesionales, no hechiceros.

En el país tenemos con quiénes manejar esta crisis y cualquiera otra. Falta liderazgo, compromiso, desprendimiento, visión, conocimiento, creatividad y ánimo para patear las necedades. Eso hicieron quienes en los ‘50 y ‘60 sacaron a Venezuela de graves penurias de salud. Eso harán los hombres y mujeres capaces y comprometidos con Venezuela, que la rescatarán de este ruinoso estado. Lo harán con una visión más moderna, con creatividad. Pero ellos no pueden solos. Necesitan de nosotros, trabajar en primera persona del plural, para vencer a los virus que nos han enfermado como sociedad.

“Si nos acercamos al enfermo a preguntarle: ‘Señor, señora, ¿cuál es su nombre, en qué puedo yo ayudarle?’ Ahí está la piedra angular de todo discurso de cuidado”

Gustavo Villasmil

Gustavo nació en Maracaibo. Es Médico Cirujano egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), especialista en Medicina Interna con Diplomado en Medicina de Urgencias por la Universidad de Tel Aviv. Es Doctor en Ciencias, mención Ciencias Políticas (UCV), Magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales de Salud (UCAB) y Máster en Gerencia Pública (IESA). Profesor de Medicina Interna y Semiología en la Facultad de Odontología de la UCV, y también en las facultades de Medicina, Ciencias Jurídicas y Políticas, y Humanidades y Educación de la UCV. Y es staff del Hospital Universitario de Caracas.

Fue Superintendente Municipal de Salud en la Alcaldía de Baruta. Director médico corporativo de British Petroleum. Secretario de Salud del gobierno del estado Miranda. Reconocimientos, muchos: Premio a la Excelencia Médica otorgado por la Red de Sociedades Científicas Médicas; Botón al Mérito por servicios distinguidos durante la catástrofe de Vargas, otorgado por el gobierno del Distrito Federal; Premio al mejor trabajo especial de grado, otorgado por la Sociedad Venezolana de Medicina Interna.

Casado con Ivette Rosalía Mata, también médico; es papá de Magdalena, Gustavo Ignacio y del único libro de texto de Medicina Interna que se haya escrito para odontólogos en Venezuela en 50 años. Se define como católico en combate, sobreviviente de cáncer, coleccionista de cuadros, libros y recuerdos. Fue concejal por ante la cámara de Baruta; es hincha del Caracas FC y columnista de Tal Cual. Anda buscando un perro mestizo para adoptar. Es el único de los cinco hijos de Humberto, pediatra, y Mélida que queda en Caracas. Y es, como yo, alguien con nostalgia de ese Maracaibo en el que no crecimos.

Villasmil es uno de los integrantes de la Comisión de Expertos de la Salud nombrada por Juan Guaidó para abordar la Covid-19. Allí comparte con Julio Castro, de la Sociedad Venezolana de Infectología; Édgar Capriles, especialista en Economía de la Salud, y otros especialistas.

Voy a “consulta” con Gustavo. Soy una ciudadana de a pie. Él lo es. No mira a nadie por encima del hombro; no acepta que ningún ciudadano sea tomado a menos. Préstenle atención, les ruego.

“Más allá de la curva de Gauss que estudiamos, está la singularidad del hombre que lo hace siempre único; que no hay máquina, ni algoritmo, ni software de inteligencia artificial que logre capturar esa complejidad”

Gustavo Villasmil

-De Taylor Caldwell, la autora inglesa, recuerdo  una frase breve, poderosa: “El desprecio destruye la piedad”. ¿Qué le dices a tus alumnos para que tengan muy presente la piedad?

-La medicina es esencialmente un acto de piedad. No es mera ingeniería del cuerpo, aunque utilicemos procedimientos, métricas, instrumentos como en ingeniería. Hace muchos años, en mi hospital-escuela, el Vargas, éramos estudiantes de tercer año y apenas comenzábamos a tener contacto con los enfermos. Vestíamos orgullosos nuestras batas blancas y llevábamos con honra el Tratado de Harrison de Medicina Interna. Íbamos detrás de los maestros en la clase de Semiología. Veíamos en las salas a los enfermos; uno muy amarillento, y supimos que era ictericia, o el de los labios azulados y nos dijeron que era una cardiopatía congénita, una cianosis. Y el que tosía mucho, porque era un tuberculoso; y aquel jadeante, por una falla cardíaca por enfermedad de Chagas. Pero antes de saber qué enfermedad tenía, nuestra primera mirada era de piedad, “pobre señor, ¿qué podemos hacer por él?”. Tuve la fortuna de ser asignado al grupo de mi más querido maestro, el profesor Moros Ghersi, que días antes había entregado el rectorado de la UCV y se reincorporaba a la docencia en el Vargas. Una escena que nunca olvidaré: una mujer muy enferma, con una bolsa llena de radiografías; la había visto medio mundo y aún no se sabía qué tenía. Aquella pobre mujer estaba en una cama. Pasó la revista el maestro Moros Ghersi y todos nosotros atrás. Él la examinó, la tomó por los hombros: “Señora, no sabemos qué tiene usted; pero toda esta gente se va a poner a estudiar y entre todos vamos a averiguar qué tiene, y la vamos a ayudar”. No le mintió, no le doró la píldora ni la babeó con una mentirilla blanca. Mi maestro, en un gesto de piedad, abrió la ventana de la esperanza a aquella mujer abatida. Eso fue una epifanía. Ese día decidí que eso mismo quería hacer el resto de mi vida; me hice clínico, internista, bajo la guía de mi maestro cuya memoria venero tanto como la de mi padre. Ese gesto hizo bueno algo en lo que creo y procuro enseñar a mis estudiantes: que toda medicina se funda en un acto de piedad; que vaciada de contenido piadoso, la medicina es una tecnología del cuerpo, eficaz acaso, pero nunca sanadora. El problema de los médicos no es la enfermedad, es la salud que hay que preservar como tesoro.

-La ética de la piedad es el punto focal de Taylor Caldwell en su “Médicos de cuerpos y almas”. Lo fue de tu maestro Moros Ghersi. Y es tu estandarte con tus estudiantes.

-Es importante hablarle de esto a un joven residente que gana 4 o 5 dólares al mes, a dedicación exclusiva, en cualquier hospital de Venezuela. Importante recordárselos, incluso si deciden migrar. Si algún éxito han tenido nuestros muchachos, entre ellos queridos alumnos, en países tan distantes y distintos como Chile o España, ha sido ser reconocidos por su piedad, su compasión para con el enfermo en tiempos cuando la medicina luce como fría tecnología que solo atiende a variables cuantificables por algún método de laboratorio. La medicina es eso, pero es sanación del espíritu atormentado por el mal de un cuerpo enfrentado a la incertidumbre y el temor a la muerte. Estos muchachos nuestros claro que están preparados para eso. Eso no se da en una hora crédito de un curso; eso se modela. Yo espero vean en mí el modelo que yo vi en mi maestro Moros Ghersi.

“¿Cómo hacemos el bien al venezolano enfermo o al que está sano y no quiere enfermar? Antes que técnico, jurídico u organizacional, el debate es ético”

Gustavo Villasmil

-“El olvido que seremos” trata sobre la vida de Héctor Abad Gómez, médico y defensor de derechos humanos en el  Medellín de los ‘70. El quiere despertar a una sociedad intolerante. Venezuela sufre atroz violencia e intolerancia severa. ¿Cómo hacer entender que la violencia es mala para todos?

-Un libro magnífico sobre aquella Colombia de la violencia, que nosotros veíamos por televisión, como a lo lejos. Nos daban lástima los colombianos puestos en filas aparte, a empujones y maltratos, en los aeropuertos. Exhibir un pasaporte colombiano era así como la peor de las vergüenzas. Y ahora estamos en lo mismo. Si hay un palco para asomarse a lo que Venezuela terminó siendo, son los hospitales públicos. Una de las razones por la que yo no le compro barajitas a nadie es porque he pasado muchos años allí. Ahí se ve la otra cara de una misma moneda, el mal radical, como lo llamaba Hannah Arendt. Esa moneda tiene una cara en esas escenas macabras en los hospitales públicos y tiene la otra aparentemente grata de los bodegones, los restaurantes de lujo, las camionetas de 50 mil dólares, los guardaespaldas, los trajes, los relojes, la factura que se paga en dólares en efectivo, los guateques en el Hotel Humboldt. Es la cara que incluso se nos dice que es buena. La otra faz es la de las imágenes de los hospitales. Esa moneda del mal pasa de mano en mano imponiéndose como estilo de vida en una sociedad profundamente cruel.

-Pero eso un falso dilema. La grieta social se profundiza. No es una sociedad de clases, sino de castas.

-Claro. No se trata de optar entre modalidades del mal. Cuando un individuo por la vía de las armas toma media Caracas diciendo que el rey es él, por encima del Estado, ahí hay una expresión de maleficencia. Hubo muchos muertos, ejecuciones extrajudiciales. Gente perdió sus casitas, sus enseres; tuvo que huir como si esto fuera Siria. Y luego vemos fiestones, con derroche, con ostentaciones que no se permiten ya en países del primer mundo; ahí también hay mal, aunque luzca bonito. No hay un mal menor y uno mayor. El mal termina banalizado. El maluco es el malandro del oeste. El ladrón de cuello blanco que se va con la novia a las islas del Caribe en yate o en avioneta, ese es el tipo exitoso. No importa que con sus negociaciones se hayan perdido empresas que fueron el trabajo de muchos años, o el empleo de una gente o los ahorros de otro. O que haya significado la pulverización de la clase media venezolana que, desde la casita pagada a plazos con créditos hipotecarios a 30 años, asiste a la tragedia de los abuelitos dejados huérfanos por los hijos que tuvieron que irse a otro país para ver cómo les mandan así sea 100 dólares. Todo eso se lo cargó un nuevo estamento de personas que muy ataviadas a la moda, a bordo de vehículos que valen la vivienda que quizás un venezolano no tiene, o que llevan en la muñeca el reloj que vale lo que un ciclo de quimioterapia que un paciente mío no puede pagar. Se muestran como nuevo paradigma. Ahí está el mal, tan radical como el otro.

“El mal se combate oponiéndole el bien. Hacer el bien es siempre una opción (…) en medio de tanto pillo y bellaco, de tanto matón”

Gustavo Villasmil

-Entonces, ¿con qué se combate el mal?

-El mal no se puede combatir con mal. No podemos seguir apelando a vengadores. ¿O acaso no estamos sufriendo las consecuencias de haber optado por uno? El señor Chávez ganó con los votos de los indignados contra la cuarta República. Bueno, como decía Musiú Lacavalerie, “vengan pa’ que lo vean”. El mal se combate oponiéndole el bien. Hacer el bien es siempre una opción. Es importante, en medio de esta selva tupida, enarbolar con orgullo las banderas del bien, en medio de tanto pillo y bellaco, de tanto matón. Hay que hacerlo en medio del mayor de los sacrificios. Una vez en el Hospital Universitario, un estudiante me dijo: “Profe, de este país se ha ido casi todo el mundo y usted, ¿por qué no se va?”. Estábamos en un aula donde hay un óleo de uno de los grandes maestros de la medicina, Antonio Sanabria. Le dije: “Mira, mijo, yo no me voy a ir de Venezuela. Al contrario, le voy a poner a esto todas las ganas para ver si cuando pase el tiempo, y vengas por aquí en otro plan y seas un médico reputado, agarres una foto mía y con una tachuela la pegues aquí en una esquinita del marco de este cuadro. Si yo te mereciera ese gesto, entonces habrá valido la pena que yo me haya quedado, plantándole cara a esto”. Yo habré vencido ese olvido que todos seremos. No podemos renunciar al deber de oponernos al mal que sufre Venezuela.

-Cuando era primer ministro de Saskatchewan, Tommy Douglas lideró la transformación del sistema de salud público. Luego fue implantado en todo Canadá. Allá han logrado tener un sistema de salud que funciona. ¿Qué podemos aprender de eso?

-El modelo canadiense entraña claves interesantes que estudiamos. A esas reflexiones habría que darle más espacio en los medios, en las redes sociales. Para ver qué es lo que vamos a hacer con esto, porque lo que ya está fuera de toda duda es que el viejo modelo estatista venezolano, de base ilustrada y borbónica, encarnado en eso que yo llamo “el Estado que cura”, ya no da más de sí, solo que como dice la canción, “esto es lo que hay”. Mira la mortalidad en una unidad de cuidados intensivos de un hospital privado en Caracas por Covid-19 y compárala con una UCI en un hospital público. Mira los estándares de un hospital privado en Caracas, en atención del parto, de una isquemia, del politraumatizado, y compáralos con sus similares de cualquier hospital público en la capital. Los abismos son obscenos. Se vuelve a plantear el asunto de la atención de salud en su esencia ética, que nadie aborda. Vienen los tecnócratas, “que este sistema es mejor que otro, porque el “revenue” es mayor, porque el impacto en esperanza de vida es mayor o menor”. Claro, hay que dar ese debate. Pero más allá de los números y los indicadores, hay que poner sobre la mesa la pregunta: Esto que estamos haciendo, ¿hace el bien, mitiga el mal representado en la enfermedad? Si nos hacemos las preguntas en esos términos, vamos a descubrir cosas que ahora miramos de soslayo. Hay la necesidad de no seguir patinando en la pelea entre Estado y Mercado. Porque hay quienes lucran políticamente de eso, y económicamente ni te cuento. “Que el Estado no está opuesto al Mercado”, dicen. Pero lo que está en el medio es un venezolano enfermo. Estado y Mercado pueden encontrarse, y eso lo hicimos en Miranda. Demostramos que era posible en el campo de la salud la máxima de “convocar a tanto mercado como sea posible y a tanto Estado como sea necesario”, en función de lo único que interesa, que un venezolano no pague con su salud, con su pronóstico y con su vida las circunstancias de algo que no escogió. Porque yo no conozco a nadie que haya escogido enfermar. Ese es el debate que hay que dar en Venezuela. ¿Qué es lo que queremos para los nuestros?, ¿qué tengan que elegir entre comer o comprar el tratamiento para la abuelita?, ¿que acepten, como demostró Marino González, vivir tres o cuatro años menos porque no pueden financiarse ciertas prestaciones médicas o quirúrgicas?, ¿qué es bueno para nosotros?, ¿aceptar como un sino entregar a nuestras poblaciones más vulnerables a las enfermedades infecto contagiosas prevenibles por vacunas? Porque financiar un programa público de vacunaciones puede ser tenido como populista. Eso me dijeron una vez. Tamaña pendejada. Entonces, ¿qué queremos?, ¿cómo expresamos bondad, beneficencia, que es el antónimo de maleficencia? Beneficencia no es dar regalado, es hacer el bien. ¿Cómo hacemos el bien al venezolano enfermo o al que está sano y no quiere enfermar? Antes que técnico, jurídico u organizacional, el debate es ético, porque tiene que ver con la posición de una sociedad toda frente al mal representado por la enfermedad. Tu pregunta viene muy a colación de la caída de varios tótems del corporativismo médico, cuidado gestionado de la salud por parte de grandes corporaciones, el gran edificio neopositivista de la medicina basada en la evidencia, se volvió sal y agua cuando las emergencias de los hospitales europeos tenían gente en la puerta muriendo y gente acostada en el piso, al mejor estilacho venezolano, porque ante tanta jerigonza y tanto discurso, vino pisando fuerte el monstruo de la pandemia. Creo que si el mundo médico no se repiensa, si la medicina no se repiensa a la luz de lo que hemos vivido, no tendríamos perdón de Dios. Eso hizo Tommy Douglas en Canadá, pensó y repensó.

***

Hace unos meses una ahijada que migró a Argentina -profesional muy competente que trabajó en la administración pública y es de las “víctimas” del desguace del Cabildo Metropolitano de Caracas- me llamó desde Buenos Aires para decirme que tenía Covid-19. Se sentía muy mal y, lejos de su familia y de mí, estaba aterrada. Ni dudé en contactar a Gustavo Villasmil. “Te suplico que le escribas. Está sola, se siente muy mal y está aterrada”. Casi de inmediato, su respuesta, escueta pero poderosa. “Ya mismo”. A los quince o veinte minutos recibí un WhatsApp de mi ahijada. Gustavo se había comunicado con ella, se había puesto al tanto de la situación y le había dado instrucciones precisas. A miles de kilómetros de distancia, Gustavo trató a mi ahijada, contagiada, y por rebote a mí, que me trepaba por las paredes de la angustia. La enfermedad siguió su curso. Mi ahijada cumplió el tratamiento de rigor. Durante esos días que sentí eternos, Gustavo estuvo cerca, con su corazón comprometido. Ella se recuperó, por fortuna. Y yo, madrina con el alma en vilo, me tranquilicé. ¿Cuánto pesó en la recuperación de una venezolana migrante el sentir que tenía una voz confiable al final de un celular?

Esta anécdota personal, que para algunos puede sonar menor, me abre la mente para plantearle a Gustavo interrogantes que se asoman por rendijas.

“José Gregorio Hernández es el creador de la primera cátedra de Bacteriología en toda Iberoamérica, aquí en nuestra Universidad Central” (…) Y los que tienen formación médica no tienen modo de negar la valía de su inmenso legado”

Gustavo Villasmil

-Primer capítulo de la serie de TV “New Amsterdam”. El nuevo director reúne al staff. A un médico le pregunta: ‘¿Cómo se llama tu último paciente y por qué vino al hospital?’. Silencio.

-He visto esa serie. Interesante. Con algunos detalles discutibles, pero trata de asomarse críticamente al paradigma médico dominante, el positivista, en su versión anglosajona. Quizás es bueno que revisemos un poco la historia. Ese mismo paradigma tuvo una versión anterior, la francesa. Es decir, medicina desde la perspectiva del positivismo, de base experimental. Ya desde los tiempos de Vargas, la tradición aristotélica ya había sido dejada en el hombrillo. La medicina basada en el puro ejercicio racional, que fue muy importante en la manera de enseñarla y de ejercerla, que es en la que nacimos en Venezuela porque la trajo Carlos III, es también dejada en el hombrillo, al aparecer la medicina fundada en la verdad experimental. Esa que añoramos y que tuvo entre nosotros y tiene en el Hospital Vargas su máximo exponente más conspicuo, es la medicina del segundo imperio y lo que le siguió que es la Francia de la Belle Époque. Ese fue el paradigma detrás del cual corrieron grandes figuras del siglo XIX, médicos como el gran Pablo Acosta Ortiz, más adelante Luis Razetti, nuestro venerado beato José Gregorio Hernández. Fueron a París a reaprender la medicina a la luz de esa nueva medicina experimental. No gratuitamente uno de nuestros más queridos institutos de la Facultad es el Instituto de Medicina Experimental, que por eso lleva el nombre de José Gregorio Hernández. La medicina experimental basa sus verdades y sus ejecuciones sobre aquello que esté demostrado en experimentos controlados.

-En todo eso, ¿dónde queda la trascendencia?

-La idea de la trascendencia no existe, no tiene espacio, no tiene cabida. Con el derrumbe de la cultura europea tras la tragedia de las dos guerras mundiales, ese paradigma busca nuevo domicilio y lo encuentra en Estados Unidos. Entonces uno ve que, ya en la generación de mi padre, los textos cambiaron.En medicina interna se empezó a estudiar a Cecil-Loeb y poco después, y hasta hoy, el libro de Harrison, uno de cuyos grandes editores, por cierto, es Anthony Fauci, que le han dado hasta con el tobo, y contra quien se ensañó Trump. Fauci es el editor del libro de medicina actual, producto de la gran medicina académica norteamericana. En otro tiempo fueron los textos franceses. Todavía yo leí y estudié de esos textos, que habían sido los que estudiaron los maestros de maestros, entre ellos Francisco Montbrun, de gratísima recordación.

“¿Qué es lo que queremos para los nuestros?, ¿qué tengan que elegir entre comer o comprar el tratamiento para la abuelita?”

Gustavo Villasmil

-Pero después de las guerras el mundo no fue el mismo, en casi ningún área. Y tampoco en la medicina.

-Después de la Segunda Guerra Mundial, la medicina dejó de hablar francés y se pasó al inglés. Abandonó París para irse a Nueva York, a Maryland, a Boston, a Houston y a todos esos grandes hospitales estadounidenses que admiramos y de donde surge a borbotones casi toda la literatura médica que leemos y que es expresión de un paradigma positivista “reloaded”, reforzado, en lo que ahora llamamos “medicina basada en evidencia”, que es neopositivismo puro y duro. Si la verdad experimental era admitida de manera más o menos evidente a través de experimentos más o menos plausibles para todos, como los del francés Claude Bernard, por allá por mediados del siglo XIX, ahora no, ahora a los hechos experimentales y clínicos les tiran una regresión logística, que es una metodología de modelación matemática donde queda claro en una hoja de cálculo qué es verdad y qué no. Y entonces todos, maravillados, aplaudimos en los congresos médicos a este colega del hospital tal que trajo tal ensayo clínico o tal experiencia clínica, y la modeló matemáticamente; y las razones de verosimilitud que calculó para este fenómeno, mira qué bonitas le dieron. Esto debe ser la verdad estadística o no es verdad.

-Suena a libro futurista, a película de la Guerra de las Galaxias.

-Hace muy poco, con ocasión del XXVI Congreso de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna y por una conferencia que se me invitó a dar, me atreví, muy osadamente, a hacer un cuestionamiento. Yo creo que, por seductora que luzca, es engañosa la idea de que las complejidades de la vida y de la muerte, del dolor y de los padecimientos, puedan efectivamente inscribirse bajo el área de la curva normal que todos estudiamos en nuestros cursos de estadísticas. Nassim Taleb, un matemático norteamericano-libanés contemporáneo, que tiene un libro muy retador, “El cisne negro”, habla de la probabilidad matemática de lo que creemos altamente improbable. Yo creo que hay que entender que en la medicina, como fenómeno humano más que biológico, la posibilidad de que salga a volar un cisne negro siempre está planteada. Y la Covid-19 vino a demostrarnos esto. Por eso vimos en los grandes hospitales, de Nueva York o de Madrid, de la Lombardía, de París, a sus grandes figuras médicas de rodillas, con un rosario en las manos, levantando la mirada al cielo. Porque habiendo hecho la tarea de seguir los dictámenes de la medicina basada en evidencia, la gente se moría. Van cuatro millones y medio de muertos por la Covid-19.

-Pero eso ya había pasado antes en la historia, ¿no?

-Lo mismo pasó con la Gripe Española de 1918. Y pasó allá en el siglo XIV con la Muerte Negra, la peste que acabó con el prestigio de la medicina de Claudio Galeno, el gran médico romano. La gente hizo lo que indicaba Galeno y se murieron 20 millones de personas. No han muerto 20 millones por Covid, pero van cuatro millones y medio.  Eso es mucha gente. Y estamos hablando de seis siglos de distancia.

“¿Qué queremos?, ¿cómo expresamos bondad, beneficencia, que es el antónimo de maleficencia? Beneficencia no es dar regalado, es hacer el bien”

Gustavo Villasmil

-Entonces, ¿qué nos dice eso?

-Que parece que en lo humano opera algo más allá de lo matemático; que ese constructo muy atractivo, muy interesante, pero en el fondo tremendamente débil, eso que el hombre promedio no puede comprender, no se puede capturar en su complejidad y en grandeza. Yo enseño medicina basada en evidencias. Todas mis tesis doctorales en medicina han sido elaboradas y escritas a partir de metodologías matemáticas duras. Yo no le tengo miedo a una integral. Pero tengo perfectamente claro que más allá de la curva de Gauss que estudiamos, está la singularidad del hombre que lo hace siempre único; que no hay máquina, ni algoritmo, ni software de inteligencia artificial que logre capturar, aprehender, esa complejidad del hombre. Por eso yo no sé qué se hicieron aquí los expertos en fibras ópticas, y en modelaciones matemáticas, en métodos cibernéticos de gestión de toda índole que, basados en la informatización  hasta del último suspiro humano, prometieron la materialización del viejo sueño de la modernidad racionalista: el mundo sin enfermedad, sin dolor y sin muerte. Hemos visto mucho dolor, mucha enfermedad, mucha muerte. Eso quiere decir que, incluso tan seductores modelos, hacen aguas más fácilmente de lo que muchos previeron. Y muy por el contrario, ¿qué fue lo que prevaleció, qué fue lo que hizo la diferencia en Venezuela de manera inequívoca, fuera de toda duda?, ¿qué fue lo que funcionó como determinante entre vivir o morir en el caso de unos de estos enfermos? Pues no fue la máquina, no fue el algoritmo, no fue el software, no fue el iPad. Fue el médico y el enfermero parados en la cabecera de ese enfermo, con un estetoscopio o un tensiómetro, que los venden hasta en la farmacia, sin vacunarse, tomando el riesgo de contagiarse, lo cual ocurrió muchísimo. En Venezuela, 1 de cada 4 muertos por Covid-19 es un colega mío, ejerciendo esa labor primigenia que encarna el discurso de bondad, de piedad, que es base de toda medicina, que se expresa en cuidar a ese otro que está más enfermo que uno.

-Entonces hay que enseñar sobre cuerpos y sobre almas.

-Creo que así como le enseñamos a nuestros estudiantes la lectura crítica de literatura médica basada en criterios estadísticos sólidos, que les enseñamos con rigor matemático, eso está muy bien, pero hay más. Cuánto bien nos haría y le haría a la medicina de un país puesto de rodillas como Venezuela, el que además de la variable de laboratorio, la hemoglobina, el sodio, el potasio, la enzima tal o cual, nos acercáramos al enfermo a preguntarle: “Señor, señora, ¿cuál es su nombre, en qué puedo yo ayudarle?” Ahí está la piedra angular de todo discurso de cuidado. Tenemos que aproximarnos más a eso que una pensadora estadounidense contemporánea, Joan Tronto, llamó “el estado de cuidado, la democracia que cuida”. Nosotros venimos de hablar del “estado de bienestar”. No, tenemos que hablar de la “sociedad de cuidado”, donde cuidemos a nuestros viejos, a nuestras personas con alguna discapacidad, a nuestros niños, a nuestras embarazadas, a nuestros pobres. Porque ese caring, que en inglés es cuidar pero también es importar -yo cuido y me  importa, y porque me importa, cuido- si nosotros no enarbolamos la bandera del “caring”, podremos construir hospitales atómicos, pero esto no va a salir bien, y nosotros no vamos a lograr abatir el sufrimiento porque no estamos comprendiendo la complejidad del hombre. Esto lo digo sin fanfarronería; lo digo como quien estuvo en la primera línea de combate desde el primer día y hasta el sol de hoy. Es importante reivindicar ese otro aspecto que la medicina positivista ha fallado una y otra vez en incorporar, solo que nunca se le vieron tanto las costuras como ahora en medio de esta pandemia.

“La medicina es esencialmente un acto de piedad. No es mera ingeniería del cuerpo, aunque utilicemos procedimientos, métricas, instrumentos”

Gustavo Villasmil

-Ese “cuidado” del que hablas está imbricado con el concepto de empatía. No supone solo a los profesionales de la salud. ¿No nos supone también a los ciudadanos, para construir ese ‘estado de cuidado’?

-Los venezolanos estamos obligados a comprenderlo y a hacerlo. Porque uno de los primeros que se dio cuenta de que tanta ciencia exacta aplicada al hombre era útil pero no podía ser totalizadora de la complejidad humana, uno de los que reconoció los puntos débiles de un discurso tan redondo y tan sólido como el de la medicina positivista, fue ni más ni menos que nuestro beato José Gregorio Hernández, que fue a París, estudió con premios Nobel, se trajo laboratorios enteros que luego instaló en Venezuela. José Gregorio Hernández es el creador de la primera cátedra de Bacteriología en toda Iberoamérica, aquí en nuestra Universidad Central. Vino sabio, como el que más. Pero, qué cosa, por alguna razón, también vino santo. Ahí tenemos nosotros una figura cuya trayectoria vital debe merecernos a todos, más allá del ámbito del catolicismo venezolano; él pertenece a todos los venezolanos de bien. Y, además, los que tienen formación médica no tienen modo de negar la valía de su inmenso legado.

***

Si uno le sigue la pista al día a día de la pandemia, como harán los historiadores de aquí a unos años, concluirá que entre la tapadera y la lentitud habita apoltronada una irresponsabilidad inconmensurable. Millones dependemos de gente sentados frente a una hoguera de vanidades. No se trata de cacería de brujas. Pero sí del legítimo derecho a exigir responsabilidad a quienes dirigen nuestros destinos. 

El poder para decidir no puede estar en manos de quienes no entienden el concepto de responsabilidad. Gobernar, y mucho más en un asunto tan grave como el enfrentar una pandemia, no es jugar a las canicas con insolente indolencia.

La pandemia es una lección para la humanidad. Aquí en Venezuela mucho se pudo hacer y no se hizo (y sigue sin hacerse). Ha privado una mentalidad de “no me importa”. Una cosa es cometer errores y otra muy distinta la dejadez. Eso lo tiene muy claro Gustavo Villasmil. Es crucial que nosotros, los ciudadanos, no nos tapemos los ojos.

Me quedo con el concepto de “estado de cuidado”. Tenemos frente a nosotros un futuro por construir. De esta inesperada tragedia de la pandemia, o aprendemos o aprendemos. Que se nos quede grabada en la frente su frase: No podemos renunciar al deber de oponernos al mal que sufre Venezuela”.

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