EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Apología de unos periodistas extraordinarios

Las posibilidades de salir de los meandros de una sociedad secuestrada dependen de un grupo selecto de sus representantes, capaces de diferenciarse de la pasividad y la mediocridad generalizadas, de los miedos y los balbuceos que paralizan a las mayorías. Cuando se comprueba que el “bravo pueblo” solo existe en las estrofas del Himno Nacional, o que apenas hace presencia en ocasiones estelares, queda el remedio de sentir que ha depositado su coraje en un grupo de sus criaturas a quienes se debe el servicio de dar la cara por los que no la quieren o no la pueden dar, o ni siquiera asomar. Son casi lo único que queda de conexión con las virtudes antiguas del republicanismo, dispuestas a permanecer como testimonio de proezas que una vez sucedieron y que, tal vez, esperen mejores tiempos para salir de una deplorable modorra.

Las dictaduras son expertas en la domesticación de los gobernados, hasta convertirlos en vasallos encerrados en sus asuntos criticando a sus semejantes sin considerar su desapego de las materias del bien común, o ensayando excusas para proteger su hibernación. En Venezuela sobran esos casos de ostracismo voluntario de las mayorías, de desgano frente a situaciones que incumben a todos pero que no se atienden por la influencia del miedo, o porque de pronto nadie sabe cómo hacerlo. O porque, si todavía se recuerdan los ejemplos de ciertos antepasados dignos de evocación, se esperan actitudes ajenas para no meter la carne en el asador antes de tiempo. Basta un vuelo de pájaro por la década de la dictadura perezjimenista para encontrar ejemplos elocuentes y dolorosos de cómo todo un pueblo le saca el cuerpo a la jeringa de la libertad y la democracia porque ha desatado los nudos de un compromiso nacional que parecía prometedor en la víspera, pero que se volvió intangible y escurridizo hasta el extremo de quedar reducido a un remoto rincón inaccesible. La repetida historia de un pueblo levantado contra la dictadura militar es solo un mito para lavarnos la cara, una oferta de lavandería que limpia pecados compartidos y ofrece adornos para los harapos de una sociedad obligada a continuar su historia con algún tipo de aliciente.

“Frente al poderío mediático de la dictadura, hicieron que la verdad llegara hasta nosotros”

Pero, ¿cómo la ha continuado en los tiempos de la dictadura chavista? No se ufanó de las luchas ilusorias contra Tarugo, sino que trató de hacer la pelea en los espacios públicos y la intentó con coraje inusual en demostraciones multitudinarias que jamás se habían visto, pero que fueron dominadas a sangre y fuego por las fuerzas del autoritarismo hasta el punto de convertirlas en una memoria cada vez más distanciada de las necesidades del presente, o que parecen difíciles de resucitar en un teatro cercado por la imposición  de sobrevivir partiendo de las respuestas que cada individualidad o cada domicilio familiar improvisa para la defensa de su espacio. O, asunto trascendental, a través de las reservas que un grupo de individuos conserva y alimenta debido a influencias profesionales, a formación cultural y a compromisos adquiridos con un oficio. Son excepciones de la sensibilidad dominante, evidencias insólitas de algo que fue y que corre el riesgo de la desaparición, pero que nos une a un itinerario susceptible de rescate para que la República no emprenda mañana su viaje hacia el cementerio con un cortejo de deudos anonadados y silentes.

Pero, ¿a qué viene este panorama que puede parecer exagerado, o presuntuoso? Pretende que fijemos la vista en el trabajo de un elenco de periodistas cuyo trabajo ha logrado frutos excepcionales en la divulgación de las miserias y los propósitos que han movido el caso del traficante colombiano Alex Saab, que parece llegado a punto culminante en los tribunales de Cabo Verde. Tres o cuatro investigadores del portal Armando.info, a quienes apenas conozco personalmente, se dieron a la tarea de develar los pormenores del proceso para que la sociedad estuviera al tanto y para superar la barrera que la dictadura había impuesto con el objeto de impedir la circulación de novedades veraces sobre la oscura trama. ¿Cómo supimos de ese colosal negociado que involucra a altos poderes del Estado con traficantes de medio pelo, con trasegadores de narcóticos, abogados oportunistas, parentelas  desalmadas de diversos lugares del mundo y gobiernos y políticos sin escrúpulos que forman una corte de los milagros capaz de llevar su codicia a extremos desenfrenados? Los héroes de Armando.info nos llenaron de primicias esenciales, de pormenores capaces de exhibir sin cortapisas la ralea de quienes nos gobiernan.

Si ese desfile de delincuentes nos debe producir vergüenza, el trabajo de mostrar sus manejos ante la opinión pública merece un enaltecimiento como el que aquí se pretende al vincularlo con la trayectoria histórica en la cual se ubica, o, al contrario, en la que destaca por sus visos de excepcionalidad. Acosados por amenazas y por demandas judiciales, esos periodistas tomaron el camino del exilio para continuar su trabajo hasta llevarlo a sus últimas consecuencias. Frente al poderío mediático de la dictadura, hicieron que la verdad llegara hasta nosotros. En el reino de la pasividad destacaron por un empeño que seguramente responde a la fidelidad a una vocación, con todos los riesgos que supone, o al incentivo de ejemplos anteriores, pero que les concede una singularidad que aquí se ha querido señalar. Son una encarnación del “bravo pueblo” que no pocas veces ha brillado por su ausencia.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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