EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Mordelones

México suena mucho en estos días. Mejor dicho, suena siempre por distintas razones no todas para enorgullecerse. Pero en las últimas semanas ha sido sede del inicio del diálogo, negociación, acuerdo o como se le quiera llamar, entre representantes de la dictadura de Nicolás Maduro y una parte de la Oposición. Estos últimos por quienes expreso respeto y a quienes deseo éxito, no podrán llamar dictador a Maduro como lo hago en esta columna. Por suerte no soy negociadora pero ¡ojo! creo en la negociación -sea esta la de México u otra cualquiera- como único camino para resolver conflictos y hasta tragedias como es nuestro caso venezolano.

Volviendo a México, el PRI fue durante 71 años y luego seis más con Enrique Peña Nieto, el partido gobernante en ese país. Más que gobernante, el partido lo copaba todo. Los presidentes de la República eran seleccionados por el Partido mediante un misterioso método que incluía el llamado “tapadito”. El ungido estaba en el anonimato hasta que el PRI hacia público su nombre. Gobernaba seis años como un emperador y se enriquecía de manera impúdica. Nadie lo juzgaba por eso pero al concluir su mandato le sobrevenía la muerte política. Desaparecía por completo de la escena pública.

“Esa tarde muchos que habían comprado sus entradas para el partido no lograron verlo, pero decenas de funcionarios de seguridad hicieron una pequeña fortuna”

En 1967 visité México por primera vez con mi familia, éramos turistas. Llegamos en un taxi al Lago de Chapultepec y le pedimos al taxista que nos esperara. Entonces nos pidió unos pesos para que el “mordelón” lo dejara estacionar. El mordelón era el policía que cuidaba el lugar. Era común en esa época y no sé hasta cuándo, que los policías de tránsito removieran las placas de los vehículos mal estacionados y las depositaran en el kiosco de periódicos más cercano. El conductor afectado iba al kiosco y le daba dinero a su dueño: una parte para él y otra para el mordelón.

Resulta que en ese país donde la mordida ha sido una práctica común y generalmente aceptada, su peculiar presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) decidió convocar un plebiscito para consultar al pueblo si algunos ex presidentes deberían ser enjuiciados por corruptos. El electorado captó enseguida el filo populista e hipócrita de esa consulta y solo acudió a votar el 7% de los inscritos en el Registro Electoral. Según El País, de Madrid:   “El ejercicio, cuyas consecuencias son inciertas, dividió a los mexicanos entre los que creen que se puede acabar con la histórica impunidad en el país y los que consideran absurdo votar para que se aplique la ley, pues la Fiscalía debería emprender acciones directamente si tiene pruebas contra los ex mandatarios…”.

“La corrupción se ha extendido de tal manera a las distintas esferas, que Venezuela es un país lleno de ‘mordelones’ con dientes mucho más afilados que los de los policías mexicanos”

Y lo más curioso por no decir demencial, sigue El País: “A pesar de haber convocado y promovido el plebiscito, el presidente López Obrador, de gira fuera de la capital, no fue a votar porque, tal y como ya había avisado, su ‘fuerte no es la venganza’.

¿Se atrevería Nicolás Maduro a convocar una consulta como la ridícula y fracasada de AMLO? Evidentemente no. Quizá Chávez habría podido hacerlo al comenzar su presidencia a la que llegó montado en el tren de la lucha contra la corrupción de los gobiernos democráticos. Pero los catorce años de su gobierno sumados a los ocho que lleva Maduro en el poder, han constituido el saqueo más descarnado, descarado, obsceno y cruel que se le haya hecho a un país. La corrupción se ha extendido de tal manera a las distintas esferas, que Venezuela es un país lleno de mordelones con dientes mucho más afilados que los de los policías mexicanos.

Para muestra este botón: En el reciente partido de la Vinotinto vs. Argentina en el Estadio de la Ciudad Universitaria de Caracas, se vendieron quizá unas cinco mil entradas. La cola para acceder al lugar del encuentro futbolístico era kilométrica y había solo una taquilla habilitada para chequear el PCR o prueba de la Covid-19. Mientras los aspirantes a ser espectadores se desesperaban por la lentitud del chequeo, los policías y Guardias Nacionales pasaban raqueta cobrando dólares a quien no quisiera hacer la cola. No había recato alguno, la extorsión ocurría a la vista de todos. Esa tarde muchos que habían comprado sus entradas para el partido no lograron verlo pero decenas de funcionarios de seguridad hicieron una pequeña fortuna. Esos son los de abajo, ya sabemos cómo son los de arriba.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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