En la aldea
09 diciembre 2022

Luis Beltrán Prieto Figueroa: “Han pasado muchos años desde aquellos días de iniciación y aún persiste en mí la actitud de escuchar para aprender”.

Para el clamor de Prieto Figueroa no hay orejas

En 1936, fundó la Federación Venezolana de Maestros. En 1941, como tantos intelectuales venezolanos, entró en la política. Era la época de los políticos que sabían leer y escribir. En 1984 fue incorporado como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Fue coautor del primer proyecto de Ley de Educación, en 1948; como luego lo sería de la Ley de Educación, promulgada el 9 de julio de 1980. Ambos instrumentos jurídicos tenían la impronta de su pensamiento, para hacer sujetos libres, críticos y desarrollados en sus capacidades. Luis Beltrán Prieto Figueroa, educador, abogado, político, y poeta; llamado “maestro de maestros”.

Lee y comparte
Milagros Socorro | 14 marzo 2022

A quién se le habrá ocurrido la idea de usar las orejas de Luis Beltrán Prieto Figueroa, un intelectual, un educador, un demócrata, como emblema de un partido político. Dos hechos fundamentaban la opción, la organización, el MEP (Movimiento Electoral del Pueblo), había sido fundada por el de las orejas y estas destacaban por sus desorbitadas dimensiones; digamos que el ardid propagandístico apelaba a la figura retórica de la sinécdoque, que designa la parte por el todo.

Y, lo más incomprensible, cómo es que Prieto Figueroa, un hombre tan serio y sobrio, aceptó semejante operación simbólica, que reducía su perfil de luchador social y hombre de letras a una parte de su cuerpo, ridiculizada por su titanismo. Habrá pensado, cabe imaginar, que un pabellón auditivo en un afiche remitiría no solo a la persona de su propietario sino a la capacidad de la organización de escuchar las demandas del pueblo venezolano; de no incurrir en sordera por soberbia o sectarismo, que eran las taras de las que se señalaba a Acción Democrática, el partido del que el MEP se había desgajado.

Prieto Figueroa no ha tenido suerte con la percepción de su obra y de la importancia de su papel en el siglo XX venezolano. En estos días se conmemoran (o se deberían conmemorar, porque lo más seguro es que la efeméride pase por debajo de la mesa) los 120 años de su nacimiento; en el Sector El Copey, La Asunción, Nueva Esparta, el 14 de marzo de 1902.

“Tras cumplir 70 años, empezó a sacar de las gavetas los libros de poesía que había ido acumulando”

Tras completar la primaria en la Escuela Federal Francisco Esteban Gómez de La Asunción, haría la secundaria entre Margarita y Caracas, donde se graduaría de bachiller en 1927, para luego entrar a la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV), de donde egresó en 1934. En todo ese tiempo, se desempeñó como maestro de primaria y profesor de secundaria, en planteles públicos y privados; y cuando se graduó en la universidad, pasó a enseñar en las aulas del Instituto Pedagógico Nacional, de la UCV y de la Universidad de La Habana. En 1936, fundó la Federación Venezolana de Maestros. Vale destacar, también, que para ese año de 1936, cuando Prieto Figueroa tiene 34 años, -y el país despierta de la larga noche gomecista- ya aquel había completado una sólida formación literaria y filosófica adquirida en el hábito de la lectura.

En su ensayo La magia de los libros (publicado por primera vez en 1955 y sujeto a varias reediciones, incluida la digital, disponible en internet con el sello de ‘El perro y la rana’), Prieto evoca su afiliación a la enriquecedora costumbre solitaria.

Certera en el timón, -escribe- como un gran timonel, dirigía mis lecturas iniciales mi tía Juanita, una hermana de mi madre. Alta y enjuta, los anteojos sobre la frente, después de la merienda, bajo un frondoso árbol del patio o a la sombra de una enramada de palma de coco, nos sentábamos mi hermana, las hijas de mi tía, otras sobrinas de esta y yo, nueve en total, para escuchar la diaria lectura. No era muy amplia la selección que podría hacer mi tía, entre los gruesos novelones que distribuía la casa Mauci, los que publicaba Calleja, Sopena y otras editoriales españolas y francesas, como Garnier Hermanos y La Viuda de Ch. Bouret, ella, con tino delicado, encontraba siempre lo que pudiera interesarnos. Era una excelente lectora. Sin una gran cultura, poseía esa fina intuición de los grandes maestros, no obstante que nunca ejerció como tal, a no ser con estas iniciaciones en la lectura para sus hijos y sus sobrinos.

¿Qué cosas nos leía? Cuentos, algunos excelentes, novelas de aventura, muchos de la picaresca española, las de Cervantes entre ellas, las novelas policiales Sherlock Holmes, de Conan Doyle; Los miserables, Nuestra señora de París, de Víctor Hugo; algunas de las obras de Alejandro Dumas, padre; pero también versos de los poetas de Venezuela, de España y de América. Algunas veces recitaba de memoria largos trozos de poemas, entre ellos de Andrés Bello, José Antonio Maitín, Abigaíl Lozano, Pérez Bonalde, Julio Calcaño, Tomás Ignacio Potentini, venezolanos; y de otros americanos: de Darío, Julio Flores, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Ismael Enrique Arciniegas, Amado Nervo, Díaz Mirón, Juan de Dios Peza, Luis G. Urbina, José Santos Chocano, entre muchos más, o de Espronceda y otros poetas españoles.  […] A ella atribuyo mi gran vocación de lector, y el haberme librado de la literatura truculenta, que no forma parte de mis predilecciones. Han pasado muchos años desde aquellos días de iniciación y aún persiste en mí la actitud de escuchar para aprender, con mayor atención que cuando lee. A ella se lo debo. Los estímulos que me brindó aún perduran y han guiado mi afecto por los libros.

En 1941, como tantos intelectuales venezolanos, entró en la política. Era la época de los políticos que sabían leer y escribir. Fue uno de los cofundadores de Acción Democrática y, como tal, formó parte de la Junta Revolucionaria de Gobierno, surgida tras el derrocamiento de Isaías Medina Angarita (el 18 de octubre de 1945). Al llegar al poder el novelista Rómulo Gallegos, quien había sido su profesor en el Liceo Caracas, lo designa ministro de Educación, cargo que aquel desempeñaría hasta la caída de este, ocho meses después. Le había dado tiempo eso sí, de ser coautor del primer proyecto de Ley de Educación, en 1948, (como luego lo sería de la Ley de Educación, promulgada el 9 de julio de 1980). Ambos instrumentos jurídicos tenían la impronta de su pensamiento, expresado en la tesis del Estado docente, según la cual la educación debía ser responsabilidad de la Nación, que la impartiría, de forma gratuita y obligatoria, con atención al interés de la totalidad de la ciudadanía, para hacer de esta una suma de sujetos libres, críticos y desarrollados en sus capacidades.

“Su pensamiento se ha volcado en más de una docena de libros educativos que constituyen rico acervo para el pensamiento pedagógico americano”

José Manuel Siso Martínez sobre Prieto Figueroa

Con el paréntesis de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, desde 1936 hasta su muerte tuvo altos cargos, actividad en la prensa y en el debate público, así como en la brega partidista. Fue senador por Nueva Esparta (1936-1941; 1959-1969); fundador del INCE (Instituto Nacional de Cooperación Educativa), en 1959; presidente del Consejo Permanente de Cultura del Senado (1974-1979); presidente del Congreso (de 1962 a 1967). En 1986, integró la Comisión Presidencial del Proyecto Educativo Nacional, coordinada por Arturo Uslar Pietri.

En diciembre de 1967 toma una decisión que no ha debido ser fácil. Abandona Acción Democrática, partido que había contribuido a crear cuya presidencia había ejercido desde 1963 hasta el día en que se fue para fundar el MEP – Partido Socialista de Venezuela, con Jesús Ángel Paz Galarraga y Salom Mesa Espinoza.

En su texto “La magia de los libros” al referirse a los individuos de agenda repleta y, aún así, constante frecuentación literaria, pone como ejemplo al adeco más conspicuo.

«De mi experiencia más próxima», escribió Prieto Figueroa, en 1955, «podría indicar a un hombre que conozco íntimamente: Rómulo Betancourt, cuya vida agitada, cuyas luchas encendidas y sin tregua, inflamadas de pasión, podrían justificar que no se entregara a la lectura. Sin embargo, entre el fragor de sus grandes luchas por la liberación de su pueblo, en medio del trabajo creador de un gobierno revolucionario, cuando le tocó gobernar a Venezuela, reservaba tiempo para leer. Betancourt está siempre informado de las últimas novedades literarias, de los más recientes libros de política, economía y demás ciencias sociales; lee novelas policiales y de aventuras y las obras de los mejores poetas contemporáneos. Entre sus libros favoritos figuran los ensayos de Montaigne, que relee siempre. Lee con voracidad y a un ritmo desusado, y como tiene además una prodigiosa memoria, retiene de sus lecturas lo más esencial».

Un año después de la ruptura, en 1968, se presentó a las elecciones y obtuvo el 19,34% de los votos (cuarto lugar), todo un triunfo si se le compara con la cosecha de los comicios de 1978, cuando fue favorecido por el 1,12% de los electores (quinto lugar).

En 1984 fue incorporado como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. No por nada, había publicado decenas de libros (no solo monográficos o ensayísticos, también narrativa y memorialista); y, tras cumplir 70 años, empezó a sacar de las gavetas los libros de poesía que había ido acumulando.

“Fue uno de los cofundadores de Acción Democrática y, como tal, formó parte de la Junta Revolucionaria de Gobierno, surgida tras el derrocamiento de Isaías Medina Angarita”

En L. B. Prieto Figueroa -escribió J. M. Siso Martínez, quien también sería ministro de Educación (1964 a 1969)- se conjugan armónicamente, goetheanamente, el hombre de acción con el doctrinario convencido. Su pensamiento se ha volcado en más de una docena de libros educativos que constituyen rico acervo para el pensamiento pedagógico americano, y en centenares de cursos, charlas y conferencias, dictados a lo largo del continente americano. Con justicia se le considera como el más informado y capaz escritor docente venezolano y como uno de los más preocupados en la América hispana.

Prieto Figueroa murió en Caracas, el 23 de abril de 1993. Hasta el final estuvo cerca de su partido y de las aulas; para él, uno era extensión de las otras. A casi dos décadas de su fallecimiento y más un siglo de su nacimiento, su obra es desconocida y lo que soñó para la educación en Venezuela es un doloroso naufragio: en la actualidad, para que un niño venezolano reciba una educación democrática y de calidad, su familia debe pagar un buen colegio o llevárselo a la emigración.

Cada pueblo de más de doscientas personas, -clamaba el llamado “maestro de maestros”- necesita una biblioteca, pero entiéndase bien, nosotros llamamos biblioteca a un organismo vivo, no un hacinamiento de libros que se apolillan en los estantes. El libro se hizo para ser leído, y la biblioteca debe solicitar los lectores para sus libros, porque de lo contrario, carece de significación cultural. Si el lector no viene a la biblioteca, que la biblioteca vaya hacia él. En los pueblos donde la lectura no es un hábito, donde no se tiene el concepto del verdadero valor del libro, es necesario multiplicar las bibliotecas.

Pero para este, como para todos los principios de Luis Beltrán Prieto Figueroa, no hay orejas en la Venezuela devastada por el chavismo.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Históricos