En la aldea
23 abril 2024

Iósif Stalin, el dictador soviético que pasó a la historia como uno de los mayores genocidas de la humanidad.

La gallina de Iósif Stalin

Una anécdota que eriza solo de imaginar la escena. Una referencia de la historia que devastó, humilló y mató de hambre a mucha gente durante años, por el simple hecho que “era su forma de ver la política, la sociedad y la vida”. Stalin es un ejemplo atroz de lo que no debe ser. Un análisis que pone en perspectiva el contexto de la realidad país: “Entender esa forma de pensar de quienes hoy mantienen por la fuerza el poder, es una tarea primordial para crear estrategias que permitan lograr la democratización”. ¿Se puede creer que no se necesita rescatar la democracia para recuperar con ella a Venezuela?

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Walter Molina Galdi | 11 abril 2022

Cuenta la leyenda que un día en la antigua Unión Soviética, los colaboradores de Iósif Stalin, con cierta preocupación por lo que podría suceder con la “Revolución Rusa” ante la situación de profunda miseria que estaba viviendo su pueblo -mucha de ella planificada, claro está-, solicitaron una reunión con el líder soviético para definir estrategias que les permitiera seguir en el poder sin inconvenientes. Stalin accedió a la reunión y los invitó a su casa. Los estaba esperando en el patio de la misma.

Una vez reunidos, Iósif, sin mediar palabra, agarró una de las varias gallinas que estaban en el patio y comenzó a arrancarle todas las plumas. A desplumarla viva, pues. Lo hizo sin inmutarse ante el dolor y el sufrimiento del animal, y no paró hasta dejarla totalmente sin plumas. Una vez terminó, la puso en el suelo y exclamó “ya eres libre”, pero de inmediato tomó un puñado de trigo y lo puso al lado de sus piernas. Los colaboradores, que pensaron que la gallina saldría huyendo espantada, con dolor y amoratada debido al frío siberiano, por el contrario, se acercó a Stalin para comer el trigo. No se movió de su lado al mismo tiempo caía cada grano.

Mientras esto ocurría, el líder soviético procedió a explicar lo que quiso dar a entender con ese acto cruel: que al igual que con la gallina, el pueblo devastado, humillado y hambriento, siempre se postraría ante él -o ellos- siempre y cuando sean quienes les aseguren lo mínimo para vivir. Era su forma de ver la política, la sociedad y la vida. Así gobernó durante muchos años, convirtiéndose en uno de los mayores genocidas de la historia de la humanidad.

“El objetivo final debe ser la democracia, el único sistema en donde nunca ha habido hambrunas”

Personalmente, no concuerdo del todo con lo que planteó Stalin en esta atroz anécdota. Es cierto que en los seres humanos, mientras más golpeados estén y menos recursos tengan, la aspiración será menor a la de otros que se encuentren en mejores condiciones (Pirámide de Maslow), pero la gallina desplumada es una analogía, aunque válida, bastante simplista. El mejor ejemplo somos nosotros, los venezolanos. Han sido más de 100 mil protestas durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, incluso en los momentos donde no había pan en las panaderías ni medicinas en las farmacias. Aproximadamente el 35% de estas protestas fueron por motivos políticos, de acuerdo con el trabajo especial de este portal: Dos décadas de protestas en Venezuela.

Lo cierto es que, así como pensaba quien fue Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética durante 30 años, piensan los autócratas y criminales de hoy. Desde el invasor Vladímir Putin, pasando por el sucesor de la larga tiranía cubana, Miguel Díaz-Canel, hasta el otro sucesor, pero de la tiranía en Venezuela, Nicolás Maduro. Han tenido, eso sí, más de siete décadas para actualizar sus estudios sobre el comportamiento social y sobre sus métodos de control social, de represión, de guerra, de propaganda y de amenazas. “Las tiranías se actualizan tanto o más que cualquier aplicación del teléfono”, me dijo en una entrevista reciente el profesor y colega Joaquín Ortega.

Entender esa forma de pensar de quienes hoy mantienen por la fuerza el poder en Venezuela es una tarea primordial para crear estrategias que permitan lograr la democratización del país, lo cual constituye un requisito irremplazable para poner fin a la Emergencia Humanitaria Compleja y a tanta miseria planificada. Y digo planificada, porque lo que hoy viven los venezolanos no es un error del sistema, sino el proyecto del mismo. Tan planificado como la creación de lo que Milovan Đilas denominó como la “Nueva Clase”, título de uno de sus libros donde describe a la perfección lo que terminó ocurriendo con el comunismo yugoslavo, del cual formó parte.

Los “bolichicos”: poder e impunidad

Hay una “nueva clase” que en la versión criolla se conoce como “bolichicos”, al principio señalados, pero cada vez más aceptados por quienes antes del chavismo eran -o se creían- “la élite”. Sucede, de hecho, que entre ellos se ha conformado una minoría selecta con más dinero, poder e impunidad como nunca antes vista en el país, al menos desde tiempos de Juan Vicente Gómez. Hablamos, por supuesto, de una porción sumamente pequeña de la población del país, donde, según datos de la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), al menos ocho de cada diez venezolanos son pobres.

“El problema de fondo, al final, es que no hay democracia, ni libertad, ni posibilidad de exigir mejoras estructurales”

Junto con la creación de esa nueva clase, que inunda las redes sociales con productos importados cuyos precios en los bodegones caraqueños son superiores a los encontrados en supermercados parisinos; también ocurrió una “liberación” de controles económicos, al menos desde 2018. Esto se debe, sin lugar a dudas, por las sanciones impuestas principalmente por los Estados Unidos. A pesar de lo que intenta vender la propaganda oficial, esto fue el antes y el después de una Venezuela donde el “bachaqueo” era la cotidianidad, donde el único desodorante que se conseguía era el MUM Bolita y donde decenas de personas murieron por comer yuca amarga, pues era lo único que en muchas familias se podía consumir; y la Venezuela de este 2022 donde se habla de conciertos cada fin de semana y donde Kiara y Karina se unen para explicar lo que ellas consideran una “recuperación” con su tono ochentoso, pero sin la democracia (hoy añorada y antes despreciada) de aquellos tiempos. Desde luego que es agradable ver las fotos de algunos amigos y conocidos que la han pasado muy mal, como casi todo el país, pudiendo comer una hamburguesa en algún lugar de Caracas, o cantando como “fan enamorada” en el concierto de Servando y Florentino. Es más agradable eso que las fotos de despedidas en el aeropuerto o los GoFundMe compartidos en redes con desespero, porque la salud en Venezuela cuesta lo mismo que en Estados Unidos, pero con el sistema sanitario de Somalia. Pero no porque lo primero sea más agradable, lo segundo deja de ser una dolorosa verdad.

Como ocurría en 2016, antes de las sanciones que obligaron al chavismo-madurismo a readaptarse económicamente y a muchos de sus testaferros a lavar dinero dentro del país, en este 2022 la pobreza y la pobreza extrema son históricas. Las más altas del Continente en la actualidad. Y eso no choca con las 20.000 personas que pueden ir al Poliedro o las 30 que pueden festejar de manera ilegal y con un derroche chabacano de dinero en un tepuy.

El objetivo final debe ser la democracia

El problema de fondo, al final, es que no hay democracia, ni libertad, ni posibilidad de exigir mejoras estructurales. Y ese es el problema, porque esta leve mejoría económica está sujeta a los deseos de quienes tienen el poder. Así como permitieron que los venezolanos buscaran la manera de sobrevivir como el río busca su cauce, dolarizando de facto la economía; están ahora bloqueando la posibilidad de usar divisas al cobrar impuestos por ello. Y así como permitieron que algunos creyeran que venían tiempos de libertades comerciales porque devolvieron un Centro Comercial (uno solo, de miles de empresas y campos robados), Elvis Amoroso los baja de la nube como suelen hacer los autoritarios, con amenazas y de golpe: “Los vamos a sancionar, no se van a hacer ricos nuevamente”, soltó el sujeto que preside el Consejo (sin) Moral Republicano.

El otro gran problema, como si hasta este punto no se hubiesen descrito demasiados ya, es que al poder lo acompañan sectores que dicen ser neutrales (¿qué será ser neutral ante la barbarie?), o personajes que deben decir a cada momento, casi pidiendo que les creamos “por favor”, que son “inequívocamente opositores”. No se trata solo de dirigentes políticos, de los que ya han desfilado muchos portando con orgullo el apellido de “leales” -al régimen, claro-, sino también de empresarios y miembros de organizaciones, algunas de las cuales conocemos cuando las nombra el propio Nicolás Maduro. Raro eso.

A esos grupos son los que reciben en Miraflores, obviamente. No malinterpreten las palabras aquí escritas, en lo absoluto está mal que miembros de nuestra sociedad visiten lo que, en teoría, es de todos, como es la sede del Gobierno Nacional. Mucho menos que lo hagan con peticiones que, de cumplirse, serían un alivio para la maltratada población venezolana. El problema es que esa visita la celebran con bombos y platillos, como si alguna vez hubiesen logrado algo al regalarle la foto que tanto le gusta a Maduro para decir “aquí estoy con la oposición, soy un demócrata” y para practicar el ABC del populismo: Dividir.

“La salud en Venezuela cuesta lo mismo que en Estados Unidos, pero con el sistema sanitario de Somalia”

Es una acción falsa hablar en nombre de todo un país, cuando en el pliego de peticiones se ignora por completo a casi 250 inocentes que son constantemente torturados en los calabozos venezolanos por el simple hecho de oponerse a un régimen ilegal, ilegítimo y tiránico. Más si ese “pequeño olvido” fue para no molestar al dueño de casa. Y es muy inocente, por decir lo menos, creer que no se necesita rescatar la democracia para recuperar con ella al país.

La gallina de Stalin no tenía el raciocinio del ser humano para entender que si se quedaba por migajas al lado de quien casi la asesina, la podría volver a maltratar una, y otra, y otra vez. Pero empresarios, médicos, abogados y académicos, tienen -o creería uno que es así- los aprendizajes de la historia para entender ese detalle. Suponiendo, claro, que la pretensión no es estar al lado del que tiene el garrote creyendo que así no serán aporreados, aunque ello también mostraría su falta de conocimiento de la historia, porque ni a León Trotski ni a Raúl Isaías Baduel les fue bien cuando comenzaron a ser una molestia.

Creer que los tiempos de las colas kilométricas para comprar comida jamás volverán, es no entender que quienes tienen secuestrados los poderes públicos consideran, como pensaba el tipo que ideó el Holodomor, que pueden desplumarnos y aún así tenernos dominados. Y cuando se vive dentro de un sistema así todos tenemos un número, incluso aquellos a los que les ha salido una joroba de tanto andar con la cabeza agachada para no irritar a los señores y señoras del poder. Bien lo explica Milovan Đilas: “A causa de su monopolio y de su totalitarismo, la nueva clase se encuentra inevitablemente en guerra con cuanto no administra o controla, y ha de aspirar deliberadamente a vencerlo o destruirlo”.

La inestable “apertura económica” sin libertad puede convertirse en una herramienta que, lejos de mejorar las cosas para Venezuela, termine dibujando una falsa realidad mientras la tiranía se hace más fuerte y crea un sistema todavía más cruel. Ya ha pasado. Es precisamente por eso que el objetivo final debe ser la democracia, el único sistema en donde nunca ha habido hambrunas.

Celebremos la “perestroika” tricolor cuando también ocurra un glásnost.

Seamos libres y lo demás no importa nada”, José de San Martín.

*Politólogo de la Universidad Central de Venezuela.
@WalterVMG

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