EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Un 1 de mayo sin aumento, ¿y eso?

En el pasado, cada 1 de mayo se relacionaba con un inminente aumento de salario. En sus comienzos este llenaba a los trabajadores de esperanza, pero en los últimos años, y en medio de un ciclo inflacionario-hiperinflacionario destructor, los ciudadanos temían que aumentaran el sueldo mínimo porque sabían que en términos reales, en términos de poder de compra, terminarían peor que antes de esos anuncios.

Este año no hubo el tan esperado aumento, lo cual podría indicar que hay una lección aprendida por parte de quienes delinean las políticas económicas. Saben que ni la economía, ni la recaudación alcanzan para otro aumento en tan corto tiempo. Se mantienen lejos de la tentación de emitir bolívares a través del Banco Central de Venezuela (BCV) para financiar tanto los salarios de la administración pública, como el gasto del Estado en general. Prudencia que extraña, pero que está ahí.

Fue ocasión ideal para que algunos movimientos sindicales reclamaran mejores remuneraciones, exigencia genuina y necesaria, pero que en estos momentos, en casi la mayoría de los casos, es imposible de satisfacer. Sí, lo ideal es que un salario mínimo esté en un nivel cercano a la canasta básica, o por lo menos de la canasta alimentaria; sin embargo, nuestra realidad económica, nuestro nivel de producción y productividad no permiten que esto pueda materializarse en el corto, y quizás hasta en el mediano plazo.

“De nada vale reclamar salarios mínimos de 1.000 dólares, porque es literalmente imposible pagarlos”

Un fuerte movimiento sindical es un aspecto muy sano en cualquier sociedad. Hoy se encuentra bastante disminuido y fortalecerlo es una de tantas tareas pendientes. Ese resurgimiento debe estar soportado por una posición sensata y coherente respecto a la dinámica económica. De nada vale reclamar salarios mínimos de 1.000 dólares, porque es literalmente imposible pagarlos. Un discurso más útil y cónsono sería uno que relacionara el nivel de salarios con mejoras en la producción en cada una de las empresas, y con los ingresos de recaudación en el caso de la administración pública.

Una vez repasado el accionar del Gobierno y de los trabajadores, queda el del empresariado. A este no se le puede atacar en materia de salario porque en promedio, y reconocido por el mismo gobierno, paga mejores, mucho mejores salarios que la administración pública. Y esto es así porque el mejor ambiente para hacer negocios así lo permite, y también podría tener influencia un tema bastante espinoso que no voy a tratar en este artículo: la relajación de la aplicación de la Ley Orgánica del Trabajo. Las empresas, por su parte, tienen mucho que avanzar en materia de productividad. Tantos años de controles, tantos años de supervivencia no han permitido desarrollar ese músculo de competitividad y productividad. Eso pareciera que empieza a verse, pero falta mucho.

“Lo ideal es que un salario mínimo esté en un nivel cercano a la canasta básica, o por lo menos de la canasta alimentaria”

Por último quiero abordar el tema de la Instancia Tripartita. La relación entre empresarios y trabajadores puede ser conflictiva. Puede llegar a serlo aún más a medida de que las organizaciones empresariales crecen. El diálogo entre las partes debe ser sensato, coherente, pero sin temor al conflicto. Debe llevarse de la manera más civilizada posible, y utilizo la referencia a lo civil con total intención. El Estado puede jugar un valioso rol como intermediario en ese diálogo, sin preferencias por alguna de las partes, sin imposiciones desde su perspectiva de poder. De lograrse sería un gran avance como sociedad. Imagínense a tres de los grandes actores de la sociedad en un genuino intercambio de ideas y acuerdos por el bien de los involucrados en el proceso. Sería un gran mensaje que influiría tanto en las expectativas de la gente, como en la dinámica del país todo.

Es poco lo que podemos lograr en el régimen político actual, el cual es avasallador, controlador y perseguidor. Su posición de dominio total no deja, ni dejará que estas iniciativas avancen; no obstante, esto no impide que soñemos, que visualicemos una Venezuela distinta, una por la que seguiremos esforzándonos en conseguir.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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