En la aldea
21 mayo 2024

El viejo desprecio por el pueblo

El chavismo no está solo en su desprecio por el pueblo venezolano, no ha sido el primero en subestimarlo hasta extremos bíblicos

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Hay una anécdota muy conocida de Guzmán Blanco, que ilustra sobre cómo ve el chavismo a la sociedad venezolana. En una ocasión, cuando hasta los miembros del congreso y los jefes del partido liberal se escandalizaron por un contrato que había celebrado con un aventurero francés, en el cual entregaba inmensas partes del territorio en un negocio que solo favorecía a sus suscriptores, ordenó a su padre que publicara en la prensa de Caracas una carta en la que afirmaba que le importaba un pepino lo que opinaran los venezolanos sobre sus decisiones. Llegó a decir, para que nadie se llamara a engaños: no me importa lo que opinen sobre mis decisiones, es como si lo dijera un  indio del Caroní. 

Lo importante del asunto radica en el hecho de que hiciera público su desprecio por los miembros de la colectividad. Nadie lo había manifestado con tanta impudicia. Tal vez lo dijera en reuniones privadas, en el sigilo de las complicidades de quienes lo acompañaban en el saqueo del erario, pero jamás en letra de imprenta. Pero no pasó nada. Los escritores de la menguada oposición guardaron silencio ante la afrenta, como si no estuvieran ante una afirmación capaz de provocar reacciones enfáticas. El contrato que había provocado la repulsa fue anulado, pero la afirmación de Guzmán no fue tocada ni con el pétalo de una rosa. Nadie se dio por aludido ante el insulto y la política continuó como si nada hubiera sucedido.

Solo de una afirmación parecida queda memoria en las fuentes históricas, si consideramos que el detalle divulgado  por el historiador González Guinán no es exagerado. Se trata de una frase de Boves cuando entra triunfal a Caracas y las tropas lo aclaman en el atrio de la catedral. ¡Cómo lo quiere el pueblo!, le dijo entonces su capellán después de conmoverse ante el entusiasmo de las tropas. ¡Mire usted cómo lo vitorean! Pero Boves detuvo su entusiasmo, según relató más tarde el capellán. De acuerdo con lo que confió  después al historiador, el caudillo hizo una afirmación categórica sobre lo que estaba sucediendo. Algo así: no se anime tanto, padre, este pueblo grita lo que le dicen. No fue tan despreciativo como el Guzmán del futuro, porque solo habló con una persona de su intimidad en quien podía confiar, pero no se quedó muy atrás en su entendimiento de las reacciones colectivas, en un desdén escandaloso. 

Cuando sucede la Revolución  de Octubre de 1945, a partir de la cual la sociedad estrena situaciones tumultuarias de un pueblo que pocas veces se había manifestado con especial entusiasmo en la parcela política, dos jóvenes intelectuales hacen comentarios sobre la situación. Los dos serían célebres unos años más tarde, por sus méritos de escritores y por el ejercicio de posiciones como ministros y como profesionales destacados, pero en ese momento solo están hablando a solas sobre lo que discurre frente a sus narices. ¿Cómo te parece lo que está pasando?, pregunta uno de ellos. Esta fue la respuesta, según aseguran sus descendientes que han recreado  el episodio en privado: «nos jodimos, caímos en manos de los venezolanos».

No estamos ante un hecho recogido en los archivos, ni ante una conversación que un testigo pueda corroborar, sino solo ante una confesión de algunos de sus descendientes que se puede repetir sin soltar mayor prenda porque ahora, en lugar de la identidad de los opinadores, solo interesa la recurrencia de una opinión. 

Pero de una opinión con pergaminos, con hondas raíces en la historia, si recordamos los rodeos del Congreso de 1811 sobre la igualdad de los venezolanos y la desconfianza que sentía Bolívar por los pardos, pero ahora solo se trata, sin entrar en zarzales, de afirmar que el chavismo no está solo en su desprecio por el pueblo venezolano, de asegurar que no ha sido el primero en subestimarlo hasta extremos bíblicos.

Parte de antecedentes como los aludidos, pese a que su retórica se ha afanado y se afana en afirmar lo contrario. Para ver el tamaño de su desprecio por el pueblo llano, por ese con el que coqueteó el «comandante eterno» desde su aparición en la vida pública, basta con  echar una ojeada a las patrañas que Maduro repite hoy para mendigar su apoyo, las chapucerías y las argucias que distribuye a mansalva para que el soberano no lo deje  abandonado en su desierto. Superan los menosprecios del pasado debido a que solo  desembucha argumentos dirigidos a idiotas, anzuelos que solo un electorado de mentecatos  puede tragarse sin vomitar. 

Si usted los recuerda, amigo lector, sentirá cómo ni siquiera Guzmán Blanco los pudo superar en temeridad o en desfachatez porque no pasó por aprietos electorales.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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