En la aldea
23 mayo 2024

“Se va la audición”…

Un tuit del autor que desató los demonios y solidaridades automáticas en Twitter. Una referencia a una época que entre risas y personajes cotidianos representaban, cada lunes a las 8:00pm, lo bueno y lo malo del país de aquellos tiempos. La memoria democrática del venezolano busca referentes a qué aferrarse después de tantos años, donde la risa se ha hecho esquiva y no solo para los medios que aún sobreviven. Una mirada en frio a la Venezuela que fuimos y la que somos hoy permitirá decantar, entre las opiniones de unos y otros, ¿si todo estaba bien, era bueno, y todos estábamos riendo, cómo llegamos a esto?

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Sin avistar señales de tempestad, escribí este tuit hace cinco días: “La Radio Rochela, que tenía  muchas porquerías impresentables, pasa hoy por un clásico de la comicidad venezolana. Zancadillas de la memoria en tiempos de dictadura”. En medio de un alud de críticas y de insultos que no esperaba y  cuya intensidad me pareció muy curiosa, apareció el siguiente hilo del actor cómico Emilio Lovera: “Lo bueno de las porquerías impresentables es que no eran parte de un programa educativo, ni siquiera informativo, solo del 1.5% de la programación, que era lo recreativo. Con lo que mejoraban su disposición  a seguir la lucha diaria. Lo bueno es que pasé 26 años haciendo porquerías impresentables y  a pesar de eso, no tantos me recuerdan como porquería. Lo malo es que ya no tenemos esas porquerías impresentables una vez a la semana. Las tenemos 24 horas al día en las redes sociales, en la vida, y en las voces de quienes, de vez en cuando, intentan redimirse  en twitter. Lo mejor de las porquerías impresentables es que todo era en broma, nada en serio”.

Se trata de una respuesta inconsistente en términos redondos, que tal vez resuma la subjetividad del caudal de reacciones que fueron desfilando por la jaula abierta. Conviene insistir en este punto por dos motivos esenciales: Emilio Lovera es un cómico de merecido prestigio, seguramente el mejor de nuestros días; y, además, ha sido un ejemplo de cualidades ciudadanas jamás desmentido. Se pudiera esperar de su cabeza una reacción más enjundiosa, pero hete aquí que cae en los lugares comunes de atribuirme una generalización que jamás hice, y de trepar ramas del arbusto equivocado. Porque era evidente que hablaba yo de un programa de risas y no de una actividad académica-, ¿el supuesto buen humor tapa la zafiedad, o permite la trampa?-, y porque jamás se me ocurrió achacarle la carga de todas las vulgaridades y las mediocridades del programa; y porque, por último, no estoy tan seguro de que todo fuera en broma en ese famoso espacio que hoy todavía puede provocar comentarios como el que hice y batallas campales como la ocurrida. De que la gente encontrara en la Rochela, como sugiere el señor  Lovera, motivos para levantar cabeza en sus batallas cotidianas se pudiera discutir, aunque seguramente esté en lo correcto cuando asegura que todas las figuras del programa son recordadas cariñosamente, con él en la vanguardia.

Pero los dos hablamos de recuerdos, y quizá sea este el punto que más importe de mi tuit y de lo que asoma Emilio Lovera en su apresurada contestación. Lo que de veras importa es lo que evoquemos de aquellos días que pueden ser responsables de la tragedia venezolana que después nos invadió, lo que valoramos y consideramos digno de preservación de aquellos tiempos que a muchos les parecen preciosos y perfectos, sin considerar que incubaron la semilla del chavismo y de miles de horrores posteriores. Desde luego que si un personaje tan admirado por la sociedad venezolana prefiere ufanarse de las hermosas memorias que produce su tránsito por la Rochela, de los ensueños de 26 años de actividad en un set que fue como un modelo de virtudes comunicacionales y de cívicos respetos, solo diferencias serias pueden surgir entre lo que afirmé y lo que él aseguró que dije para terminar como terminó, en la apología del apostolado de un programa de carcajadas y chacotas convertido en templo de respeto al oyente. Y en creador de cariños sin tasa, desde luego.

Si las cosas fueron como se desprende de las nostalgias de Emilio Lovera jamás hubo en la Radio Rochela, como a mí me parece, xenofobia, ni homofobia, ni burlas corridas y arteras contra las mujeres, ni risotadas ante defectos físicos de las personas, ni campañas de antipolítica, ni intervención de los dueños de la empresa para llevar la brasa hacia su sardina, por ejemplo. Una nueva teoría conspirativa de quien suscribe, tal vez, o la desesperación por pegar un tuit. Actores y escritores solo estuvieron guiados por la virtud  cardinal del republicanismo, o por puro amor a la comedia, motivos superiores  que multiplicaron el afecto de los destinatarios por los responsables del espacio y el comprensible desprecio a quienes los atacan ayer y hoy. Lo más flojo de esa interpretación radica en el hecho de que su autor piense que todo lo quiere derrumbar un sujeto que pretende redención a través de Twitter. Debido a lo rebuscado de la respuesta podemos estar ante una pifia abultada del libretista de turno.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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