En la aldea
24 mayo 2024

En mi memoria: La “marcha de los escudos”

“Al día siguiente no protesté (fue el único día de protestas de ese año que no lo hice), pero sí fui, con mi férula en el brazo, a la caminata desde el Colegio San Ignacio hasta el Centro Venezolano Americano para honrar a Miguel Castillo, quien tenía dos años menos de los que yo tengo ahora”. El autor trae de sus recuerdos momentos y fechas de aquellos días en 2017. Para muchos venezolanos, dentro y fuera del país, la memoria colectiva cobra significado, aunque algunos lo recordarán con más miedo y dolor que otros, todos tenemos una historia que contar. Al final, un homenaje a los caídos aquel año.

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Walter Molina Galdi | 10 mayo 2022

La memoria es uno de los bienes más preciados de la Venezuela de hoy. Lo es por muchas razones; desde usarla para enfrentar la feroz propaganda oficial y sus antenas camufladas, hasta transmitirle a las siguientes generaciones aquello que ha sucedido durante estos tiempos tan oscuros que nos ha tocado vivir. Muchos tenemos en la memoria el recuerdo de días que marcaron un antes y un después. Para mi generación, particularmente, el 12 de febrero de 2014 es uno de ellos. Y luego, cada quien tiene momentos específicos que no se olvidarán, que se pueden rememorar minuto a minuto como si hubiesen sucedido hace apenas días, que nos traen de vuelta lugares, rostros, olores -a lacrimógena, por ejemplo- y por supuesto, miedos.

Este 10 de mayo, hace exactamente cinco años, en 2017, fue uno de esos días que no he olvidado y que jamás olvidaré. Fue la “marcha de los escudos”. Para ese momento ya teníamos 41 días protestando en las calles de Caracas y en muchas otras partes de Venezuela. Recuerdo perfectamente la primera de ellas: frente al Ministerio Público (como en 2014), el 31 de marzo. Desde ese momento hasta julio de 2017 se cuantificaron 56 protestas diarias en el país en contra de la tiranía de Nicolás Maduro, de acuerdo con datos emitidos por el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS).

La “marcha de los escudos”, al igual que todas antes y después, fue convocada por redes sociales y desde varios puntos de salida. Su nombre se debió a que, para el momento, los grupos represivos y parapoliciales del régimen habían asesinado a 50 personas, y como forma de protegernos frente a las balas, perdigones, bombas y más, los cientos de miles y miles de manifestantes decidimos poner un pedazo de madera, de latón u otro material con forma de escudo entre el criminal de lesa humanidad de turno y nuestros cuerpos. Ese día salí desde Colinas de Bello Monte con dirección a la Autopista Francisco Fajardo intentando nuevamente llegar al centro de Caracas. Como era de esperarse, en un punto encontramos ese muro lleno de policías, militares y una barrera que en principio era blanca, pero que después de más de un mes estaba llena de pintura. Cada trazo de color era una marca de algún manifestante, un recordatorio de haber estado ahí, frente a la barbarie. La orden, ya común por esos días, era la de no dejarnos pasar. Sí, 200, 300 o 400 esbirros podían evitar que cientos de miles siguiéramos nuestro camino. Para eso usaban de todo. Literalmente todo lo que “fuera necesario”. Ya lo sabíamos, por eso decidimos marchar con escudos. Puede que usted, el que está leyendo esto, haya participado o no en las protestas, llamarlo valentía o ingenuidad. Yo todavía no lo sé.

“Pude ser yo o cualquiera de mis amigos con los que protestaba cada día. A Miguel lo mataron en la misma zona donde estuve”

La ruta de escapatoria de la Autopista, para no quedar atrapados entre policías, militares y “colectivos” armados era volver hacia Colinas de Bello Monte y luego unirnos con la multitud en Las Mercedes. Fue justo en ese momento cuando varios miembros de la Guardia Nacional, en motos, comenzaron a perseguirnos mientras lanzaban bombas lacrimógenas. No lo hacían para dispersar, no. Lo hacían para golpear, para dañar. Las usaban como balas, directamente al cuerpo, como hicieron con Juan Pablo Pernalete y contrario a como las leyes internacionales dictan que no debe hacerse. Mientras corríamos huyendo, uno de esos militares -que iba de parrillero- apuntó hacia mí. Justo cuando lo estaba haciendo volteé. La bomba lacrimógena la estaba apuntando a mi cara, a mi cabeza. Me iba a disparar horizontalmente como, repito, está prohibido. El militar se encontraba a unos cinco metros de distancia. Nada. Disparó con esa cara de satisfacción que pone en entredicho lo desarrollado por Hannah Arendt, hace más de 60 años, sobre “la banalidad del mal”.

Me cubrí como pude, un brazo tratando de proteger la cabeza, y el otro el pecho. No creo en la suerte, pero tal vez fue eso, porque la bomba dio en el brazo izquierdo, el que estaba cubriendo la cabeza. El dolor fue tremendo pero el temor de ser atrapado o que recargaran y me dispararan otra bomba más era más fuerte, así que seguí corriendo hasta poder esconderme junto a unas 20 personas en las afueras de un pequeño centro comercial del lugar. A los minutos, no sabría decir cuántos porque en esos momentos un minuto puede ser dos horas, sosteniendo el brazo golpeado con el otro, me encuentro con el entonces diputado Rafael Guzmán, quien le pide a un motorizado el favor de llevarme hasta la Policlínica Las Mercedes. El buen hombre dijo que sí de inmediato y nos fuimos.

Al llegar, me atiende el doctor Juan Requesens, padre de dos buenos amigos; Juan Carlos y Rafaela. Mientras me atendían, trataba de llamar a alguien que avisara que estaba bien, porque eso sucede cuando se protesta contra un régimen como el de Nicolás Maduro; tu familia y amigos ven el celular esperando a que llegue ese mensaje “estoy bien, ya salí del lugar”. Ya con el brazo inmovilizado, llegó el momento de conmoción para todos: personal de salud, manifestantes heridos, acompañantes. Había llegado Miguel Castillo sin signos vitales. A Miguel lo asesinó un guardia nacional que le disparó un perdigón (de metal). El proyectil atravesó su brazo izquierdo y entró en el tórax. Lo asesinó la tiranía de Nicolás Maduro, como a decenas de jóvenes ese año.

Al día siguiente no protesté (fue el único día de protesta de ese año que no lo hice), pero sí fui, con mi férula en el brazo, a la caminata desde el Colegio San Ignacio hasta el Centro Venezolano Americano (CVA) para honrar a Miguel Castillo, quien tenía dos años menos de los que yo tengo ahora. Fue uno de esos momentos cuyo sentimiento no se puede explicar. No era tristeza, no era enojo, no era impotencia, no era miedo, o tal vez era todo junto. Esos días me quebraron, no lo puedo negar. Pude ser yo o cualquiera de mis amigos con los que protestaba cada día. A Miguel lo mataron en la misma zona donde estuve, el mismo grupo de tarea (GNB) que me lanzó una lacrimógena directo a la cabeza, y llegó a la misma clínica a la que fui para revisar si mi brazo estaría bien.

Volví a marchar después de eso. Lo hice muchísimas veces más, con más miedo que antes, pero lo hice. Y como yo, cientos de miles. Millones. Si revisamos la historia republicana de Venezuela, probablemente no encontremos a un pueblo tan movilizado contra la opresión como ha ocurrido contra el chavismo-madurismo. Se dice poco, pero así ha sido. Nunca jamás permitamos que digan que no luchamos. Ha sido demasiado y de todas las formas posibles. Hemos perdido mucho, pero ahí estuvimos. Y hoy, dentro o fuera de Venezuela, seguimos estando, porque en silencio o no, haber arriesgado nuestras vidas significa que cada día la ilusión de lograr aquello por lo que marchamos tanto sigue estando. A pesar del hartazgo, de los días de desesperanza y de la rabia.

El último post de Miguel fue para honrar a Armando Cañizales, también asesinado por la tiranía: “Hoy más que nunca seguiremos firmes en nuestra lucha contra este gobierno asesino y corrupto. Pronto acabaremos con estos opresores y asesinos de sueños”.

Salve, Armando. Salve, Miguel. Por ellos no olvidemos. Por ellos no dejemos de pedir justicia. Por ellos no nos resignemos a no ser libres. Por ellos, no nos rindamos.

Para terminar este escrito, quiero recordar los nombres de los caídos ese 2017. La arremetida estatal con armas de fuego, disparos certeros, golpizas y torturas dejaron más de 150 fallecidos, la mayoría jóvenes estudiantes. A ellos mi homenaje eterno. Hasta el último día de vida los recordaré y no permitiré, como sé que muchos tampoco, que se olviden sus nombres:

Jairo Ortiz
Daniel Alejandro Queliz
Miguel Ángel Colmenárez
Brayan David Principal
Gruseny Antonio Calderón
Carlos José Moreno
Paola Andreína Ramírez
Niumar José San Clemente
Mervin Fernando Guitian
Albert Alejandro Rodríguez
Ramón Ernesto Martínez
Francisco Javier González
Kelvin Steeven León
Jairo Ramírez
William Heriberto Marrero
Robert Joel Centeno
Jonathan Antonio Meneses
Elio Manuel Pacheco Pérez
RomerStivenson Zamora
Yorgeiber Rafael Barrena
Kenyer Alexander Aranguren
Manuel Pérez
Natalie Martínez
José Ramón Gutiérrez
Ángel Lugo Salas
Estefany Tapias
Almelina Carrillo Virgüez
Renzo Rodríguez Rodas
Jesús Leonardo Sulbarán
Luis Alberto Márquez
Orlando Johan Medina
Christian Humberto Ochoa
Jackson Enrique Hernández
Juan Pablo Pernalete
Eyker Daniel Rojas Gil
Yonathan Eduardo Quintero
Carlos Eduardo Aranguren
Ángel Enrique Moreira
Ana Victoria Colmenárez de Hernández
María de los Ángeles Guanipa
Jesús Armando Alonso
Armando Cañizales Carrillo
Daniel Gamboa
Jesús Asdrúbal Sarmiento
Luis Eloy Pacheco
Carlos Mora
Gerardo José Barrera
Hecder Vladimir Lugo
Miguel Medina
Anderson Enrique Dugarte
Miguel Castillo Bracho
Luis José Alviarez Chacón
Diego Armando Hernández
Yeison Nathanael Mora Castillo
Diego Fernando Arellano
Francisco Guerrero
Manuel Felipe Castellanos Molina
Freddy Jerson Ramírez Calderón
Reinaldo Márquez Rada
Paúl René Moreno Camacho
Daniel Rodríguez Quevedo
Jorge David Escandón Chiquito
Edy Alejandro Terán Aguilar
Yorman Ali Bervecia Cabeza
Jhon Alberto Quintero
Miguel Ángel Bravo Martínez
Alfredo José Briceño Carrizález
Andonis Montilla Pérez
Ynigo Jesús Leiva
Freiber Pérez Vielma
Juan Antonio Sánchez Suárez
Erick Antonio Molina Contreras
Augusto Sergio Puga Velásquez
Adrián José Duque Bravo
Manuel Alejandro Sosa Aponte
Danny José Subero
César David Pereira Villegas
Nelson Antonio Moncada Gómez
María Estefanía Rodríguez
Luis Miguel Gutiérrez Molina
Javier Peña Hernández
Orlando Figuera
Neomar Lander
Sócrates Jesús Salgado Romero
Douglas Acevedo Sánchez
José Amador Lorenzo
Luis Alberto Machado Valdez
Luis Enrique Vera Sulbarán
José Gregorio Pérez
Nelson Daniel Arévalo
Fabián Urbina
David José Vallenilla Luis
Lendy José Guanipa Millán
Ronny Alberto Parra Araujo
Jhonatan José Zavatti Serrano
Javier Alexander Toro
Isael Jesús Macadán Aquino
Luiyin Alfonso Paz Borjas
Roberto Enrique Durán
Alexander Rafael Sanoja
Víctor Manuel Betancourt
Alfredo José Figuera
Eduardo José Márquez Albarrán
José Rodolfo Bouzamayor Bravo
Rubén Alexander Morillo
Fernando Rojas Rubio
José Gregorio Mendoza Durán
Ramsés Enrique Martínez
Engelberth Duque
Jonathan Alexander Giménez
Rubén Darío González Jiménez
Manuel Ángel Villalobos
Oswaldo Rafael Britt
Yanet Angulo Parra
Xiomara Soledad Scott
Héctor Alejandro Anuel Moreno
Ronney Eloy Tejera Soler
Eury Rafael Hurtado
Andrés José Uzcátegui Ávila
Jean Luis Camarillo
Víctor Manuel Márquez
Yamile Margarita Vásquez
Carlos Alberto Paredes
Rafael Antonio Balza Vergara
Enderson Enrique Calderas
Jean Carlos Aponte
Rafael Celestino Canache
Gilimber Terán
Leonardo Augusto González
Miguel Pestano
José Gustavo Leal
OneiverJhoan Quiñones
Eduardo Gil Rodríguez
Wilmer Smith Flores
Marcel Pereira
Albert Rosales
Ender Rafael Peña
Juan José Monges Páez
Ronald Ramírez Rosales
Luis Eduardo Ortiz
Smith Rodríguez
Ricardo Campos
Luis Beltrán Zambrano Lucena
Ángelo Yordano Méndez
Eduardo Olave
José Fernando Sánchez
HaiderOcando
Hilario José Gutiérrez
Daniela de Jesús Salomón
Antony Rodrigo Labrador
Jhonny Alfredo Colmenares
Ramón Antonio Rivas
Wilmerys Zerpa
Eduardo Orozco
Luis Guillermo Espinoza

*Las fotografías fueron facilitadas por el autor, Walter Molina Galdi, al editor de La Gran Aldea.

*Politólogo de la Universidad Central de Venezuela.
@WalterVMG

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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