EN LA ALDEA

23 febrero 2024

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¿Se acuerdan de las clases de Moral y Cívica?

Los que nos formamos en el período de la democracia representativa, cuando estudiamos bachillerato cursamos una materia llamada Moral y Cívica que era más un adorno que una carga, comparada con el resto de las obligaciones escolares, o que en ocasiones podía ser objeto de burla para los compañeros más irresponsables, o más escasos de talento. Como será de bruto fulano, o de vago, se decía entonces, que lo rasparon en Moral y Cívica. El Ministerio seguramente la incluyó en los programas porque le pareció necesario, o útil, pero el asunto no pasó de la trivialidad. Es probable que los altos burócratas, o  los inspectores y los pedagogos de los oficialismos de entonces, no se tomaran el tema con la debida seriedad, porque en el trayecto de un poco menos de medio siglo aquello no pasó de un barniz anodino, o fue una manera permitida de perder el tiempo que auspiciaban los profesores mientras los muchachos pernoctábamos en las aulas.

Parece evidente que la materia no se pensó como algo accesorio, como una irrelevancia. El sistema político iniciado en 1958 necesitaba la divulgación de sus valores y la descripción de sus formas de organización porque se trataba de una novedad; pero también porque nacía con enemigos por todas partes. Creado o restablecido después de una dictadura que tenía todavía simpatizantes, o cercano a una historia que había sido la negación de los fundamentos republicanos, o temeroso de nuevas convulsiones, debía sembrar sus principios y explicar sus procedimientos en el ánimo de las nuevas generaciones. Lo curioso del asunto radica en que, pese a que se trataba de una tarea primordial, el proyecto se convirtió en un paradigma de desidia sin que las autoridades se ocuparan de concederle la relevancia que seguramente los llevó a meterlo como una obligación de los planes de estudio. Dejaron hacer y dejaron pasar en el camino de la desafortunada asignatura, para que se convirtiera en parte de una nada sobre cuya presencia nadie se alarmaba, pese a su devastador crecimiento en diversos ámbitos.

“Recuerden, estimados lectores, cómo perdimos horas preciosas en unas clases que convirtieron en baladí un conocimiento sin el cual una sociedad democrática no puede sobrevivir”

También resulta evidente la desconexión de los venezolanos de la actualidad con los contenidos que debían tratarse en las clases de Moral y Cívica: rudimentos de republicanismo; análisis de los valores esenciales de la democracia representativa; valoración de los principios de elección popular y de alternabilidad en el ejercicio de funciones públicas; entendimiento de la función de los poderes públicos y de la necesidad de su autonomía; y explicaciones sobre la división política del territorio, por ejemplo. Una explicación al detal de principios constitucionales, en suma, sin necesidad de que los muchachos se zamparan una cátedra abrumadora, y de la cual podía salir, plenamente justificado y sin posibilidad de dudas, el vínculo que existe entre el bien común y la responsabilidad individual. ¿Nos mueve algo de estos elementos esenciales en la lucha que se debe llevar a cabo hoy contra quienes han hecho una tenebrosa cruzada para que la moral y la cívica, según las concibieron los fundadores de la democracia, sean desterradas del mapa de Venezuela?

Los venezolanos de la actualidad no hacemos una lucha de principios contra la dictadura. Apenas amagamos con reacciones pasajeras, en cuyo desarrollo no predomina ninguna convicción digna de remover la conciencia. Pensamos que no tenemos nada que ver con el desastre venezolano, pese a que es una de nuestras indiscutibles responsabilidades y de nuestras culpas más difíciles de lavar. Nos conformamos con ser espectadores, sin sentir que tal distancia no dice nada constructivo de nosotros como sociedad. Ni siquiera somos capaces de un ejercicio de memoria que nos involucre con los orígenes de la tragedia chavista, porque llegamos al extremo de considerar que, en el pasado reciente, cuando crecía la semilla de la negación republicana y de la detracción de la democracia, cuando nos hacíamos cada vez más indiferentes y banales, vivíamos tiempos de felicidad y la pasábamos a gusto con lo que la realidad ofrecía. Un problema de grandes y graves proporciones, debido a que no solo destaca como posibilidad de explicación sobre la debilidad o la ineficacia de las reacciones colectivas contra la dictadura de nuestros días, sino también en torno a la dificultad de llegar a una ruta plausible que nos saque del atolladero.

La culpa no se la podemos achacar a la falta de clases de Moral y Cívica, desde luego, pero no debemos olvidar cómo un asunto vital para la creación del republicanismo venezolano fue abandonado o ninguneado por quienes debieron manifestar el interés de mantenerlo en primer plano como encomienda primordial. En su promoción se les iba la vida y he aquí cómo se encuentra esa vida, en el borde del precipicio. Recuerden, estimados lectores, cómo perdimos horas preciosas en unas clases que convirtieron en baladí un conocimiento sin el cual una sociedad democrática no puede sobrevivir. Una culpa generalizada, desde luego, pero cuyo origen se encuentra en la irresponsabilidad de quienes tenían la obligación de formarnos como criaturas de una República hecha y derecha.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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