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24 febrero 2024

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Los papeles secretos de Washington sobre la caída de Batista y el ascenso de Castro (y IV Parte)

El 2 de abril de 1958 el subdirector de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado, R. Gordon Arneson, le envía un memorándum al secretario de Estado, John Foster Dulles, en el que señala que las evidencias que poseen no son concluyentes con respecto a que Fidel Castro sea comunista. Sin embargo, Arneson apunta su mira telescópica hacia Ernesto Guevara: dice que exhibe sentimientos antiamericanos y que está influido por el marxismo. Casi a finales de año, el 4 de noviembre de 1958, se recibe un telegrama en el Departamento de Estado que procede de la Embajada de La Habana. El documento lleva el sello de “ultrasecreto”. Lo firma un funcionario de apellido Herrero. Dice lo siguiente:

A mi juicio, es esencial, para una firme determinación de la política estadounidense con respecto a Cuba, que nuestro Gobierno sepa sin lugar a dudas si el movimiento de Castro está penetrado, apoyado, influenciado o dirigido por el comunismo internacional y en qué medida. Nuestra información sobre este tema hasta la fecha es peligrosamente inconclusa”.

El 24 de noviembre de 1958, en otro documento interno del Departamento de Estado, se evalúa la situación interna de Cuba y se plantean los escenarios que pueden avecinarse. Está claro para Washington que las elecciones celebradas el 3 de noviembre anterior, aupadas por Fulgencio Batista, y en las que la ficha del dictador, Andrés Rivero Agüero, ha resultado vencedor, en modo alguno suponen una salida a la crisis política que sacude a la Isla. Los norteamericanos (al menos los que participaron en la conversación que dio lugar a este informe secreto: la CIA y las organizaciones de inteligencia de los Departamentos de Estado, el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y el Estado Mayor Conjunto) estiman que probablemente el movimiento que dirige Fidel Castro no pueda derrocar a Batista en los próximos meses. Estados Unidos cree que las fuerzas armadas de Cuba no están en capacidad de neutralizar la guerra de guerrillas, pero al mismo tiempo no descarta que de las filas del propio estamento militar pueda surgir una acción para expulsar a Batista del poder y crear una junta.

Uno de los puntos que se plantea en el documento es que si la junta estuviese dominada por los militares no se podría restaurar la paz en Cuba. La fórmula que el Departamento de Estado observa con mejores perspectivas es que sus integrantes y las líneas que se tracen lograren convencer a la oposición revolucionaria. Sin embargo, dos militares de altísimo rango que asistieron a la reunión, los subjefes del Estado Mayor de Inteligencia del Ejército y de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, hacen una acotación que será clave para los hechos que se desencadenarán días después: “No podemos identificar ningún liderazgo potencial en el Ejército cubano competente para derrocar al régimen de Batista dentro del período de esta estimación”.

II

Un memorándum fechado el 28 de noviembre de 1958 es clasificado como información “sensible”: los guerrilleros ordenaron a los operadores de la planta de agua que surte a la Base Naval de Estados Unidos en Guantánamo que corten el suministro de manera intermitente durante tres días (23,25 y 27 de noviembre). “Si los rebeldes continúan con el patrón actual, la Base Naval espera un cierre de 6 a 8 horas para el sábado 29 de noviembre. Las razones de la acción rebelde no están claras. Bien puede ser un esfuerzo por obligar a los Estados Unidos a reconocer a los rebeldes y a negociar con ellos como una fuerza beligerante o posiblemente un intento de hacer que el ejército cubano traslade tropas de las principales ciudades de la provincia de Oriente a territorios donde los rebeldes puedan atacarlos”.

“El presidente Eisenhower pregunta en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional si el Departamento de Estado le ha solicitado al Departamento de Defensa que explore el plan de acción militar que pudiera requerirse para Cuba. No lo hay”

El memorándum refleja el momento tenso que vive la primera potencia del mundo frente a una jugada de ajedrez de los insurrectos: “Los rebeldes ocupan el área en la que se encuentra la planta de agua y pueden, a su antojo, cortar el suministro a la Base Naval de Estados Unidos. El Departamento, a través de varios canales, está tratando de comunicarse con Fidel Castro, el líder de los rebeldes cubanos, para señalarle nuestra preocupación por la interrupción del suministro”, dice el despacho. En las últimas líneas, se sopesa lo que significaría para la imagen de Washington que la disputa se resolviera mediante una salida de fuerza: “Si bien la llegada de los marines podría asegurar una continuación pacífica del suministro de agua, no podemos estar seguros de que ese sería el caso. De cualquier modo, el uso de la Infantería de Marina en territorio cubano, incluso con el consentimiento del Gobierno cubano, produciría una reacción fuerte y desfavorable de la población cubana y en la mayor parte de América Latina”.

Dos días más tarde, el 30 de noviembre de 1958, en un telegrama enviado desde la embajada de Cuba al Departamento de Estado, firmado por el funcionario Herrero, se advierte que hay que disuadir discretamente a Batista de que envíe tropas cubanas para proteger el acueducto. Herrero ofrece dos argumentos. Uno, que la planta podría sufrir daños a causa de los enfrentamientos que se susciten entre los rebeldes y los militares. Dos, que no está tan seguro de que el gobierno cubano mande el contingente necesario para hacer frente a las escaramuzas. Herrero va más allá: plantea directamente que, si los rebeldes vuelven a cortar el suministro de agua a Guantánamo, se ordene el envío de marines para custodiar la planta de bombeo. Tal fue la posición que, desde el principio, sostuvo el comandante de la base naval norteamericana en Guantánamo, el almirante Frank Fenno.

III

El 2 de diciembre de 1958 se produce una reunión de empresarios estadounidenses en La Habana. Asiste William Caswell, vicepresidente del First National Bank of Boston. Va Scott Thompson, presidente de Portland Cement Company. También concurre G.W. Potts, de Esso Standard Oil. Y otros más. La posición del grupo es clara. La Embajada redacta un informe que la resume en cuatro puntos: 1) Batista no llegará al 1 de enero, mucho menos al 24 de febrero, que es cuando debería relevarlo Rivero Agüero. 2) Castro es comunista. El ejecutivo de Esso Standard Oil hace una acotación importante. Dice que una declaración emitida recientemente por el Movimiento 26 de Julio le recuerda a la que, en su momento, emitiera Jacobo Árbenz, el presidente guatemalteco derrocado en 1954. Potts estuvo un tiempo destacado en Panamá. 3) Si triunfa el grupo de Castro, habrá un baño de sangre. Estados Unidos debe impedirlo. 4) Estados Unidos debe apoyar una junta militar-civil. Todos estos detalles están contenidos en un telegrama que envía la Embajada al Departamento de Estado.

“Donald A. Quarles, un ingeniero experto en comunicaciones, que viene de ser secretario de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, resume en una frase el momento tan complejo que vive: ‘No podemos apoyar a Batista para derrotar a Castro’”

La faz del grupo rebelde que tiene su cuartel de operaciones en la Sierra Maestra se va definiendo. El 5 de diciembre de 1958 llega al Departamento de Estado una información proporcionada por lo que la Embajada califica como una fuente que en el pasado ha resultado confiable: el Movimiento 26 de Julio ha conformado un comité ejecutivo y tiene como propósito instaurar el comunismo en Cuba una vez que la revolución obtenga el poder. En un telegrama fechado el 8 de diciembre de 1958 el Departamento de Estado da cuenta de la agudización de la crisis cubana. Señala que las pérdidas por los atentados a la propiedad privada se calculan en 2,5 millones de dólares. Advierte que los rebeldes han cortado el suministro de agua a la United Fruit Company (Preston, Oriente). Y advierte que los más de 20 mil exiliados cubanos que ha generado el conflicto crean problemas en el hemisferio.

Llegamos al 9 de diciembre de 1958. Faltan tres semanas para que los rebeldes entren victoriosos a La Habana. El acaudalado empresario norteamericano William Pawley -allegado al presidente Dwight Eisenhower– sostiene una entrevista de tres horas con Batista. Trata de convencerlo para que abandone el poder. Batista está duro. Pawley le lanza un caramelo: que puede irse a su casa de Daytona Beach. Que su familia estará tranquila. Batista alega que su deber constitucional es entregar el mando a Rivero Agüero el 24 de febrero de 1959. Pawley menciona la creación de una junta y la posterior celebración de elecciones libres. Batista titubea. Las dudas de Batista se convierten en ganancia para el Movimiento 26 de Julio, cuyo máximo líder, obviamente, no desea que se conforme un conglomerado que le impida alcanzar la hegemonía que requiere para poner en marcha el proyecto revolucionario que tiene en mente.

“Fidel Castro entró triunfante en La Habana cuando ya todas las piezas estaban más o menos alineadas. Era el 8 de enero de 1959 (…) El 23 de enero aterriza en Maiquetía. Los venezolanos lo reciben como si fuera Gardel”

Un informe del Departamento de Estado fechado en Washington el 16 de diciembre de 1958 señala que los rebeldes controlan la provincia de Oriente y están ganando terreno en las provincias de Camagüey, Las Villas y Pinar del Río. También habla de las intrigas y movimientos militares que se producen en Cuba: “El 27 de noviembre un número considerable de oficiales del ejército cubano fueron detenidos por complicidad en una conspiración militar contra el Gobierno o por cobardía al negarse a continuar la lucha contra la rebelión de Castro. El respetado general Martín Díaz Tamayo fue retirado por su presunta participación en este complot y ha sido arrestado recientemente. El general Eulogio Cantillo Porras todavía está al mando del distrito militar de Santiago, pero está bajo sospecha y estrecha vigilancia, al igual que varios otros oficiales superiores. Es probable que de hecho existiera tal conspiración para derrocar al régimen y establecer una junta militar. El posible nombramiento intencional del general Francisco Tabernilla para reemplazar al general Díaz Tamayo tendría un efecto desmoralizador adicional sobre el ejército cubano”.

IV

Noche del 17 de diciembre de 1958. El embajador de Estados Unidos en Cuba, Earl Smith, visita a Batista. Lleva un mensaje que dará un giro copernicano a los acontecimientos: Washington ha decidido quitarle el apoyo al gobierno cubano. Smith no asoma el aliciente de la casa de Daytona Beach. Habla de España. Francisco Franco puede esperarlo al cruzar el Atlántico. España. Nada del sueño americano. En el encuentro también está presente Gonzalo Güell, primer ministro de Cuba. Batista se incomoda. Ha tardado en ceder. En un telegrama fechado en La Habana el 13 de diciembre, Smith había conjeturado sobre lo que supondría para su país darle la espalda a Batista. El contenido del telegrama quedó almacenado en los archivos del Departamento de Estado: “El peligro, que siempre debemos tener en mente, es que cualquier acción de nuestra parte para debilitar a Batista -sin contar con un fuerte reemplazo respaldado por Estados Unidos- automáticamente fortalecería a Castro en la proporción inversa y, por lo tanto, beneficiaría a los comunistas”.

Smith habló de una transición ordenada del poder. Y del margen de maniobra con el cual todavía contaban para crear un gobierno de ancha base. Pero Smith no mencionó nombres concretos para la conformación de la junta. Era entrometerse demasiado. No tenía instrucciones para ello. La estrategia consistía en leerle a Batista la carta de defunción de su régimen. Pero Batista -tozudo- se negaba a admitir la realidad. En medio de la conversación, Batista le echa en cara a Smith que Estados Unidos está mediando en favor de los Castro. Los graves errores que Batista había cometido en materia de derechos humanos habían traído como consecuencia que desde el 29 de marzo de 1958 Washington suspendiera el envío de armas de combate a Cuba. Todas estas medidas fueron tensando la soga para dejar sin oxígeno al dictador.

Todavía el 23 de diciembre, según da cuenta la documentación del Departamento de Estado, Washington baraja la posibilidad de que la crisis cubana tenga un desenlace pacífico y beneficioso para sus intereses geopolíticos. En este sentido, gira instrucciones al embajador Smith para que sutilmente le plantee al Nuncio Papal que la Iglesia formule un llamado en Navidad que promueva la transición ordenada. En los documentos de estos días se habla de un gobierno provisional; de elecciones generales; de comicios supervisados por la OEA; de una junta cívico-militar. Varios grupos pugnan por el control del poder ante el virtual desmoronamiento del régimen de Batista: Las distintas facciones de las fuerzas armadas; el Movimiento 26 de Julio, con Fidel Castro a la cabeza; el Directorio Revolucionario, cuyo líder es Faure Chomón; y el ex presidente Carlos Prío Socarrás, que mira los sucesos desde Miami, pero que está presto para regresar a la Isla.

“Castro viene a Venezuela con un objetivo crematístico: que el gobierno de Rómulo Betancourt le preste 300 millones de dólares y que le venda petróleo bajo cómodas condiciones (…) Visita infructuosa”

Ese mismo 23 de diciembre el presidente Eisenhower pregunta en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional si el Departamento de Estado le ha solicitado al Departamento de Defensa que explore el plan de acción militar que pudiera requerirse para Cuba. No lo hay. Solo está preparado un plan de evacuación de los norteamericanos asentados en la isla. El subsecretario de Defensa, Donald A. Quarles, por su parte, hace una acotación clave: no existe una tercera fuerza a la que puedan apoyar en Cuba. La disyuntiva es Batista versus Castro. Pero Batista ya no vale un centavo. Quarles, un ingeniero experto en comunicaciones, que viene de ser secretario de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, resume en una frase el momento tan complejo que vive la superpotencia en su patio trasero: “No podemos apoyar a Batista para derrotar a Castro”.

En un memorándum enviado por el secretario de Estado interino Christian A. Herter al presidente Eisenhower el mismo 23 de diciembre se admite que los comunistas han penetrado el movimiento rebelde, pero se advierte que no existen pruebas para afirmar que los insurrectos estén dominados por la doctrina marxista. En consecuencia, Herter alega que no procedería invocar la Resolución de Caracas, adoptada el 28 de marzo de 1954, que permitiría a la OEA intervenir en la disputa. Herter agrega: “El Departamento ha concluido que cualquier solución en Cuba requiere que Batista renuncie al poder ya sea como jefe de Estado o como la fuerza detrás de un sucesor títere. Probablemente también debería irse del país. Muchos cubanos responsables comparten esta opinión. El Departamento claramente no quiere que Castro tenga éxito en el liderazgo del Gobierno. Cree que la mayoría de los cubanos también comparten esa opinión (…) Esperamos que a Batista se le pueda hacer ver la conveniencia de este curso de acción. El embajador Smith ha sostenido una discusión con el presidente con este fin”.

V

La tensión aumenta. El presidente Eisenhower se reúne el 26 de diciembre con el director de la CIA, Allen Dulles. El encuentro dura casi una hora. El mandatario formula un reclamo. Dice que no ha sido bien informado de los principales elementos de la situación cubana. Eisenhower pide que no se notifique al Consejo de Seguridad Nacional sobre las operaciones encubiertas que se llevan a cabo en la Isla. El director de la Oficina de Asuntos Centroamericanos, Allan Stewart, envía un memorándum al subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Roy Rubottom, el 29 de diciembre de 1958. Dice Stewart: “El éxito de Fidel Castro al comenzar con un grupo de 13 hombres y construir sus fuerzas hasta el tamaño actual indica que una gran parte de la población cubana lo apoya o es anti-Batista. En los últimos días las fuerzas del 26 de Julio reclaman éxitos sensacionales en las provincias de Oriente y Camagüey, mientras que las bandas armadas (…) amenazan con partir la Isla por la mitad tomando Santa Clara, la capital de la provincia de Las Villas. Si las fuerzas rebeldes tienen éxito en todo lo que dicen que están haciendo, el régimen de Batista puede caer”.

Último día del año: 31 de diciembre de 1958. En la oficina del subsecretario de Estado interino, Christian Herter, se celebra una reunión para evaluar los acontecimientos que tienen lugar en Cuba. Se habla de las inclinaciones comunistas de los hombres que conforman el entorno de Fidel Castro. Roy R. Rubottom sostiene que no es apropiado calzarle el calificativo de comunista al movimiento. Arleigh Burke, jefe del Estado Mayor Conjunto, advierte que Castro ha adquirido suficiente control como para ganar el poder. En plena reunión, llega un reporte que hace el embajador Smith desde La Habana: Batista está dispuesto a renunciar y a dejar la sucesión en manos del presidente del Senado. Se menciona en el cónclave que Batista tiene listo un avión para irse a República Dominicana. El almirante Burke lanza un pronóstico: Batista abandonará la Isla en 48 horas. Su familia ya está en Nueva York.

“En febrero de 1989, Castro asiste a la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. Me tocó cubrir el almuerzo que ofreció en La Casona para los jefes de Estado (…) Un toldo se vino al piso cuando llegó Castro. Gardel de nuevo”

El mismo 31 de diciembre un telegrama enviado desde la embajada de La Habana a Washington a las 6 de la tarde insiste en el latiguillo del comunismo: “Como sabe el Departamento, Guevara es de extrema izquierda y antiestadounidense, y en ocasiones se dice que es comunista. Los antecedentes de Cienfuegos son cuestionables, con considerable evidencia comunista, muchas de las cuales fueron proporcionadas por Kieffer”. El Departamento de Estado, a las 9:41 de la noche, responde a la Embajada en tono telegráfico: “Departamento comparte los temores de la Embajada con respecto a las implicaciones que debilitan la capacidad del gobierno de Batista para continuar ejerciendo la autoridad en Cuba. El Departamento ha observado con creciente preocupación el constante deterioro de la posición política y militar de la administración de Batista y ve con los más graves recelos cualquier posibilidad de una guerra civil a gran escala, la destrucción de las instituciones establecidas en Cuba y el posible resurgimiento de la fuerza comunista allí”.

En el mensaje, Estados Unidos alude al cuestionable papel que ha jugado el régimen para neutralizar a Castro: “Se recordará que el gobierno cubano no tomó medidas activas para eliminar el desafío de Castro cuando era un factor político y militar menor y cuando el gobierno poseía un amplio equipo militar para enfrentarlo”. En ese mensaje enviado a las 9:41 de la noche del 31 de diciembre de 1958, se insiste, como ocurre a lo largo de las comunicaciones oficiales redactadas ese año, en que no hay pruebas concluyentes acerca del perfil ideológico de Castro. Y faltan apenas horas para que el jefe del Ejército Rebelde tome el mando supremo de la Isla: “El Departamento ha estudiado cuidadosamente todos los informes que llegan a su conocimiento sobre la infiltración de simpatías comunistas dentro del movimiento de Castro. El juicio actual de la comunidad de inteligencia es que la infiltración ha tenido lugar, pero el alcance y el grado de influencia aún no se han determinado a partir de la evidencia disponible. También es claro que el Movimiento 26 de Julio ha mostrado poco sentido de responsabilidad o habilidad para gobernar Cuba satisfactoriamente y su línea nacionalista es un caballo que los comunistas saben montar”.

VI

En un memorándum dirigido al presidente Eisenhower el 31 de diciembre (este es un día de alto flujo de comunicaciones), se señala que el general Eulogio Cantillo, que se desempeñaba como jefe militar de las fuerzas armadas en Oriente, podría estar negociando con los rebeldes. “Mientras tanto, nuestra Embajada en La Habana y el Consulado en Santiago han sido autorizados a efectuar la fase de alerta de sus planes de evacuación. Al advertir a los estadounidenses, el Consulado intenta evitar publicidad indebida”, indica el parte. Y luego viene el telegrama más importante. El que marca el clímax. Es del 1 de enero de 1958. De la embajada de Estados Unidos en La Habana sale un despacho en el que se informa que Batista partió con su familia hacia República Dominicana aproximadamente a las 4 de la mañana. En realidad, se fue a las tres. También se anuncia que el general Eulogio Cantillo ha tomado el control de las fuerzas armadas.

Cantillo se había entrevistado el 28 de diciembre con Fidel Castro en lo que eran las ruinas del central azucarero América, que, según precisa Hugh Thomas en su libro Cuba. La lucha por la libertad, había pertenecido a la familia Chibás. Castro llegó al sitio convenido en un jeep militar y el general Cantillo lo hizo en un helicóptero H-10 de la fuerza aérea cubana. El mediador: el sacerdote jesuita Francisco Guzmán. El general Cantillo habría llegado a un acuerdo con Castro que incluía los siguientes puntos: que las fuerzas armadas pedirían la renuncia de Batista el 31 de diciembre; que no le permitirían al dictador huir de la Isla; que se enjuiciaría a los criminales de guerra; que no haría contactos con la embajada americana; y -esto resultaba crucial para los intereses de Castro- que no se produciría un golpe de Estado. El 31 de diciembre nuevamente se celebra un encuentro entre Cantillo y Castro. El general le comenta que no puede cumplir con los términos del acuerdo porque la información se ha filtrado y el jefe del Ejército, Francisco Tabernilla, está enterado del complot.

“En 1992, Castro condena el golpe que encabeza Hugo Chávez. Pero en su diccionario no figura la palabra pudor. En febrero de 1999 vuelve por sus fueros: acude a la juramentación de Chávez (…) Esa vez llegó para quedarse. Venezuela en sus manos”

La situación para el general Cantillo resultó en extremo complicada. Batista le había entregado el poder antes de huir y ahora era el jefe de Estado Mayor. Pero Cantillo no contó con el visto bueno de los rebeldes, que lo tacharon de traidor por permitir que Batista huyera. Y, según afirma Hugues, estuvo a punto de ser fusilado el 5 de enero de 1959. Se salvó porque el embajador Earl Smith acudió a la base de Columbia y salió en defensa suya. El militar que tendió un puente con los rebeldes fue Ramón Barquín, quien había estado preso en la Isla de Pinos hasta el 30 de diciembre, cuando, según Thomas, habría salido en libertad porque la CIA envió a un emisario con 100 mil dólares en el bolsillo para que sobornara al director de la prisión y lo liberara.

Entonces, el general Cantillo, comprendiendo que era imposible formar una junta de compromiso, entregó el mando a Barquín, con el que había estado en contacto desde el 20 de diciembre. Por lo tanto, Barquín se proclamó jefe de las fuerzas armadas de La Habana. Pero como por entonces era miembro del Movimiento 26 de Julio y por lo tanto estaba en contacto con los dirigentes de los movimientos clandestinos de La Habana, arrestó a Cantillo y telefoneó a Castro, que estaba en Santiago, para preguntarle cuándo tomaría posesión de la jefatura del Estado el juez Urrutia. O sea que se subordinó al Movimiento 26 de Julio, y sin ningún esfuerzo abandonó toda posibilidad de un gobierno de centro”, agrega el autor de Cuba. La lucha por la libertad.

Thomas narra en un párrafo cómo los rebeldes fueron tomando puntos estratégicos: “Durante la noche del 1 al 2 de enero ocurrió el acontecimiento militar decisivo. Guevara llegó a La Habana con sus hombres, y fue directamente a La Cabaña, donde recibió el mando del coronel Varela a las cuatro de la madrugada. Camilo Cienfuegos, con Víctor Bordón y unos 700 hombres, entraron en el Campamento Columbia y recibieron el mando de Barquín. Los comandantes Cubela y Chomón, del Directorio, ocuparon el Palacio Presidencial. En una maniobra militar de la que no se habló tanto, Armando Acosta, el ayudante comunista que Guevara tenía desde Escambray, que ahora de repente apareció con el grado de «comandante», se hizo con el mando del antiguo fuerte de La Punta, justo enfrente de La Cabaña, en el lado oeste del puerto de La Habana (…).  El 2 de enero, los miembros del Directorio de La Habana y del 26 de Julio patrullaban las calles, y hasta el embajador Smith tuvo que aplaudirlos de mala gana: ‘Dadas las circunstancias, mantuvieron un control muy notable’. No hubo ningún tiroteo, y al cabo de poco, aquí como en todas partes, pudo verse cómo confraternizaban los hombres del 26 de Julio y los de Batista”.

VII

Fidel Castro entró triunfante en La Habana cuando ya todas las piezas estaban más o menos alineadas. Era el 8 de enero de 1959. Una semana después, hizo una visita táctica: se postró ante la tumba de Eduardo Chibás. Negó allí, en el cementerio, que fuera comunista. Todavía le convenía negarlo. El 23 de enero aterriza en Maiquetía. Los venezolanos lo reciben como si fuera Gardel. Los feligreses se arrojan hacia el avión. Ese día, en la noche, ofrece un mitin en El Silencio. Las masas lo aclaman. Está presente -y habla también- uno de nuestros más grandes oradores: Jóvito Villalba. Lo mismo hacen Wolfgang Larrazábal y Gustavo Machado. Todos hablan. Todos celebran. Es un día simbólico. Hace exactamente un año que ha sido derrocada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Castro viene a Venezuela con un objetivo crematístico: que el gobierno de Rómulo Betancourt le preste 300 millones de dólares y que le venda petróleo bajo cómodas condiciones. Betancourt lo recibe en su casa. Es aún presidente electo. Pero no se deja arrastrar por el sortilegio de Fidel Castro. Visita infructuosa: no obtiene dinero fresco.

En febrero de 1989, Castro asiste a la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez. Me tocó cubrir el almuerzo que el dirigente de Acción Democrática ofreció en La Casona para los jefes de Estado que asistieron a la llamada coronación. Un toldo se vino al piso cuando llegó Castro. Gardel de nuevo. En 1992, Castro condena el golpe que encabeza el teniente coronel Hugo Chávez. Pero en su diccionario no figura la palabra pudor. En febrero de 1999 vuelve por sus fueros: acude a la juramentación de Chávez. Esa vez el sortilegio surtió efecto. Esa vez llegó para quedarse. Venezuela en sus manos, y en las de Chávez y sus adláteres, pasó de ser un país saudita para convertirse en un satélite de La Habana, como lo describe Diego Maldonado en su libro La invasión consentida, que narra el saqueo de Venezuela, no por sir Francis Drake o sir Walter Raleigh, sino por unos corsarios que dejaron el país convertido en chatarra.

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