En la aldea
24 junio 2024

La vida continúa, Venezuela no se arregló, los países no se acaban y las cocinas siguen funcionando

Ante el eufemismo en tiempos de “Venezuela se arregló”, válida es la reflexión de la autora donde plantea la disyuntiva del país que sigue a pesar de las dificultades, las desigualdades, las injusticias, en contraparte del trabajo honesto, el emprendimiento y el derecho al disfrute de sus ciudadanos. “Me pregunto cómo se desarrollan los sabores en un niño que no puede comer una variedad de alimentos porque en su casa no los hay. ¿A qué sabe la desnutrición?”. Y finaliza diciendo: “A pesar de que Venezuela no se arregló, sigue en pie con cocinas activas en los hogares y en el espacio cultural gastronómico”.

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Este largo título es para comenzar diciendo que vivir en un país en crisis no es vivir en condiciones normales, pero la normalidad se construye. Es un poco como aquello de trabajar en la nueva normalidad, vía virtual, desde la casa, sin parar 24/7, al principio cuesta no tocar el papel de trabajo, no ver las caras eventualmente, pero nos vamos construyendo esa nueva normalidad. Efecto Post Pandemia. Pero también se ha construido una nueva normalidad luego de 22 años de crisis, y más aun desde los últimos 6 luego de haber declarado una Emergencia Humanitaria Compleja. La gente aprende a vivir dentro de la crisis, hemos aprendido que hay que sobrevivir a la crisis y tal cual no estamos viviendo, estamos sobreviviendo, la alternativa es perecer en el intento.

El disfrute, el placer parecen ser cosas del pasado, o bien no hay las condiciones económicas para ello, o bien sencillamente se nos olvido que se puede disfrutar de un  hermoso atardecer, una Luna llena brillante, una caminata en El Ávila (¿o da miedo que lo asalten a uno?) o nos abraza una terrible culpa al tener un pequeño disfrute. Increíble, son actividades gratuitas pero no las recordamos, no las practicamos, por la razón que sea. Muchísima gente me dice cómo se come en un restaurante cuando tanta gente se encuentra en la pobreza más extrema y más dura que puede imaginarse. Y yo respondo: se come en un restaurante porque la vida continua, y el país no se acabó, no se hundió debajo de la faz de la tierra. Pienso en los cocineros que pierden su trabajo, los mesoneros que deben realizar varios trabajos a la vez, los conocedores del vino, los capitanes de sala, en fin, la gente de bien que pierde su trabajo. No todo es corrupción y enchufe.

En tiempos de “Venezuela se arregló”, que para nada se arregló, solo que un grupo tiene acceso a espacios a los que la mayoría no tiene, y para los que si tienen acceso lo tienen sin seguridad social, sin garantías de derechos humanos y otra larga lista. En estos tiempos que incluyen un gran contraste entre la gente que come de la basura y gente que come en un restaurante que bien pudiera ser de una estrella Michelin, siguen pasando cosas. Una de ellas, por identificar algo positivo en esta larga crisis, es el redescubrimiento de la pasión de los venezolanos por la buena gastronomía, pasión que por demás podría dar entrada a una nueva fase en el quehacer económico venezolano.

“Me gustaría pensar en iniciativas que promuevan la disminución de los desperdicios de alimentos y que puedan ser utilizados de manera adecuada”

Entre las características de la alimentación humana está la de sentir el placer, el placer de comer. Me pregunto cómo se desarrollan los sabores en un niño que no puede comer una variedad de alimentos porque en su casa no los hay. ¿A qué sabe la desnutrición? Es triste que lo que se considera uno de los placeres de la vida no pueda ser apreciado porque los derechos a alimentarse de manera digna no existen. El deber ser es poder consumir una dieta variada, equilibrada y suficiente.

Pero la gente necesita comer, a pesar de todo y de todos, es lo básico, fundamental para la vida y un buen estado de salud. Por eso vemos los intentos, los robos por hambre, la búsqueda en la basura y el comercio ancestral de los alimentos, así ha sido a lo largo de la historia. Vendo los alimentos, los preparo, vendo mis preparaciones. Lógicamente en un país con un suelo bendito, donde las semillas caen a la tierra y salen plantas maravillosas, la geografía es amable y a la gente le gusta cocinar, uno de los emprendimientos favoritos de la gente es “montar” un restaurante, un quiosco, una venta de empanadas, o un súper restaurante de lujo. El eterno dilema: ¿Comeré con culpa?, ¿dejo de comprar alimentos preparados?, ¿me niego el sabor y el placer?, ¿qué resuelvo con eso? Me consuelo con saber que hay gente emprendiendo en el área gastronómica, que se puede dar un mejor empleo a quienes laboran en un restaurante, porque las cocinas continúan activas, en los comedores populares, en las casas, en los restaurantes, porque hay arte en la gastronomía, porque se conservan aromas y sabores ancestrales.

Me gustaría pensar en iniciativas que promuevan la disminución de los desperdicios de alimentos y que puedan ser utilizados de manera adecuada. Cierto, en la historia reciente hay mucho de efecto bodegón, con importaciones indebidas, eliminación de impuestos y pare usted de contar, pero también debemos rescatar a los que tienen un emprendimiento honesto, de toda la vida, o a quienes se han esforzado por iniciarlo aún en tiempos complejos. La vida continua, y a pesar de que Venezuela no se arregló, sigue en pie con cocinas activas en los hogares y en el espacio cultural gastronómico.

IG @nutricionencrisis / TW @mherreradef

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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