En la aldea
18 mayo 2024

“El Rey de la Habana”, una novela muy asquerosa de Pedro Juan Gutiérrez

Se publicó originalmente en 1999, y tanto tiempo después sigue siendo una lectura que demanda estómago y fortaleza. “El Rey de La Habana”, de Pedro Juan Gutiérrez, explora ese mundo de los desquiciados de la calle, de los perdedores que a nadie le importan y va hasta el fondo, con una prosa limpia, efectiva, sin adornos ni disimulos. La sordidez de una realidad en pobreza extrema que se cae a pedazos, como las viejas construcciones en Cuba.

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Oscar Medina | 29 julio 2022

Esta es una pieza fundamental de la obra del celebrado escritor cubano. Lo que se conoce como su “Ciclo de Centro Habana” lo conforman cinco libros: “Trilogía sucia de La Habana”, “El Rey de La Habana”, “Animal tropical”, “El insaciable hombre araña” y “Carne de perro”. Casi todas son narradas en primera persona por su alter ego Pedro Juan, pero El Rey de La Habana está en tercera persona y su protagonista es un adolescente muy desgraciado llamado Reynaldo.

Por supuesto, “Trilogía sucia” fue el título que lo dio a conocer al mundo. A partir de la publicación en un solo volumen de tres libros de relatos, Gutiérrez alcanzó la fama, se convirtió en una especie de autor de culto traducido en más de 20 idiomas y perdió su trabajo como periodista en Cuba. Y le dio un sacudón tremendo a la literatura de la Isla. Él mismo cuenta en “Diálogo con mi sombra” -una especie de “memorias” en las que Pedro Juan le hace preguntas a Pedro Juan- que “El Rey de La Habana” no ha tenido tanta suerte con los editores: le temen, la eluden, les parece demasiado fuerte. Y lo es.

Se publicó originalmente en 1999. Y tanto tiempo después sigue siendo una lectura que demanda estómago y fortaleza. Los protagonistas son Reynaldo y Magdalena, y están construidos a partir de sus conversaciones con dos personas reales a quienes veía con mucha frecuencia. A Magdalena, una mujer desequilibrada, mal nutrida, forzada a la prostitución, la invitaba a comer para escuchar su historia. Y hasta estuvieron a punto de tener sexo, cosa que -según él- no ocurrió sobre todo porque lo frenaba lo desaseada que era aquella mujer.

“Pedro Juan Gutiérrez no cuenta aquí una historia feliz. Lo que nos muestra -sin discursos políticos- es lo peor de esa Cuba de la década de los ‘90, la cara más abyecta de la vida bajo ese régimen que tanto prometió y nada cumplió”

Quien ha leído a Gutiérrez sabe que en su obra abunda el sexo, los personajes que día tras día sobreviven en la miseria, que tratan de encontrar alegrías y placer en medio de la más absoluta pobreza en esa zona de la ciudad que se cae a pedazos. Son personajes que rara vez se quejan, que actúan, que echan para adelante aunque al frente lo que suelen tener es un precipicio. “El Rey de La Habana” no solo no es la excepción, en realidad va más allá, explora ese mundo de los desquiciados de la calle, de los perdedores que a nadie le importan y va hasta el fondo, con una prosa limpia, efectiva, sin adornos ni disimulos.

Reynaldo es un mulato que ha padecido todo tipo de maltratos por parte de su mamá. Convive con ella, su hermano mayor y una abuela que es casi un vegetal, en una azotea miserable en el centro de la ciudad. En 1990, a los 13 años, un día los ve morir a todos: el hermano mata a la mamá, se lanza al vacío y a la abuela le da un infarto. En shock, su mente no procesa todo aquello y termina en un correccional de menores como sospechoso de ser el autor de esas muertes.

La única gracia que parece haberle obsequiado la vida la tiene entre las piernas: un pene enorme y siempre bien dispuesto, al que luego “envenena” incrustándose un par de plomos, una combinación que enloquece a hombres y mujeres. Lejos de “corregirse” en el encierro, Reynaldo escapa y se convierte en un muchacho de la calle, sin papeles, siempre en alerta, siempre con hambre, tratando de prolongar una vida que no tiene ningún otro sentido ni propósito más allá de comer y “singar” casi hasta el desmayo.

Las brujas se lo dicen: cargas un muerto que te arrastra a la desgracia. Cada vez que Reynaldo empieza a estabilizarse, cada vez que aparece la posibilidad de lograr algo, por pequeño que sea, se lo lleva el diablo que lleva adentro. Andrajoso, sucio, hambreado, se desplaza por las calles de Centro Habana, por rincones oscuros, por edificios que se desmoronan, metiéndose en problemas, embruteciéndose con alcohol barato y marihuana, entre jineteras tan miserables y desquiciadas como él, entre travestis, traficantes, robando comida, viviendo aventuras lamentables, experimentando un amor enfermizo, sucio, violento, que lo conduce, por supuesto, al peor y más inmundo de los finales.

El Rey habanero no tiene salvación ni perdón. Pedro Juan Gutiérrez no cuenta aquí una historia feliz. Lo que nos muestra -sin discursos políticos- es lo peor de esa Cuba de la década de los 90, la cara más abyecta de la vida bajo ese régimen que tanto prometió y nada cumplió. Y lo hace con brutalidad, a través de un relato directo, grotesco, preciso y asqueroso, como el sexo entre Reynaldo y Magda.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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