En la aldea
20 mayo 2024

La Ciudad Universitaria de Caracas es el campus principal de la UCV, posee un área construida de 164,22 hectáreas (1,64 km²) y terrenos que alcanzan 202,53 hectáreas.

Cuando lo pequeño suplanta a lo grande

La Ciudad Universitaria de Caracas, sede principal de la Universidad Central de Venezuela, fue declarada por la Unesco en el año 2000 “Patrimonio de la Humanidad”, ratificando así el valor universal y excepcional de este bien cultural por lo que merece la protección de la comunidad internacional. Koichiro Matsuura, para entonces el director general de la Unesco, señaló respecto a la decisión: “La Ciudad Universitaria es una obra maestra, un ejemplo de realización coherente de los ideales artísticos, arquitectónicos y urbanísticos de principios del siglo XX”. ¿Hoy dos altos funcionarios del régimen han provocado una confusión de valores en los espacios de la UCV?

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Elías Pino Iturrieta | 31 julio 2022

Debo confesar que escribo este artículo con temor, debido a las poderosas voluntades que se pueden levantar para fastidiarme la vida. Hasta ahora, y desde los tiempos de Hugo Chávez, el régimen ha permitido mis críticas sin tomar represalias. Pese a que esas críticas han sido públicas y constantes desde el intento golpista del teniente coronel, nada de importancia ha sucedido para callarlas o evitarlas, aparte de las intemperancias de unos locutores banderizos y de unos tuiteros belicosos. Así las cosas, ¿por qué debo ahora preocuparme?

Cuando la República desaparece frente a nuestras narices como si se tratara de un asunto natural, de un fenómeno que no provoca la esperable reacción de los dolientes, de los republicanos que han perdido su calidad de tales porque el régimen ha buscado la manera de que la pérdida no se sienta de veras, o porque la abulia colectiva lo ha consentido, puede suceder cualquier cosa cuando se trama desde los círculos del poder. El freno que se ha perdido sobre los confines entre el poder del Estado y las vivencias del pueblo, la extralimitación de los miembros de la cúpula llegada hasta a evidencias  escandalosas, puede conducir a cualquier tipo de aberración susceptible de trastornar la rutina de un simple columnista que cada semana se pone frente a la computadora a escribir unas simples letras semanales.

Seguramente la poca proyección de mis textos, que apenas llegan a un sector limitado de destinatarios, haya aconsejado a los censores la idea de no meterse con un adversario sin posibilidad de amenazarlos. Eso es probable, pero deja de producir tranquilidad cuando advertimos cómo un par de prepotentes protagonistas del régimen confunde lo privado con lo público, o, mucho peor, para expresar con claridad la idea, lo estrictamente familiar con la vida del resto de las personas que habitan el país. Es el caso de la conducta de dos de las figuras más prominentes del régimen de Nicolás Maduro, los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, quienes han dispuesto que asuntos específicos de su parentela, sentimientos que solo a ellos incumben, y a sus allegados, en el más edificante de los casos; lágrimas y facturas de un único domicilio, se conviertan en parte primordial e imprescindible de los asuntos del común.

Desde su orfandad doméstica, transformada en testimonio de una autoridad capaz de superar la barreras del pudor republicano y susceptible de exhibir el cambio de una pérdida familiar por una acumulación de  poder que compensa con creces el vacío de la  desaparición de la cabeza de su estirpe, lo doctores Delcy y Jorge, convertidos respectivamente en vicepresidenta de la República y en presidente de la Asamblea Nacional de cuño oficialista, han ordenado, a través del levantamiento de un pedestal en lugar prominente de la Ciudad Universitaria de Caracas, un estentóreo homenaje a la memoria de su padre. Sin detenernos ahora en la trayectoria del homenajeado, que en su momento destacó en actividades políticas debido a las cuales sufrió persecución y una inmolación brutal e inmerecida, es evidente cómo estamos ante un testimonio de preponderancia reñido con los hábitos que distinguen a la convivencia civilizada que se fue estableciendo entre nosotros después de esfuerzos infinitos.

La Ciudad Universitaria de Caracas es uno de los sitios más significados de Venezuela, no en balde las cualidades de su arquitectura hicieron que la Unesco la calificara como Patrimonio de la Humanidad. La UCV ha sido, desde tiempos coloniales, un lucernario intelectual y un centro de luchas cívicas que la han convertido en referencia ineludible para la sociedad. Tanto las peculiaridades de su constitución física, como el prestigio ganado en los conflictos por la creación de la República y por la formación sucesiva de  generaciones de profesionales, no es un lugar común sino todo lo contario. Sin la obligante consulta de las autoridades, de aquí y en la escala internacional; sin hacer memoria de las faenas en las cuales ha brillado una institución esencialmente intelectual, dejando de lado la evidencia de sus combates contra el autoritarismo desde el siglo XIX, la vicepresidente de la República y el presidente de la Asamblea Nacional madurista han levantado en su seno un pedestal para inmortalizar las ejecutorias de su padre.

Puede ser otra la ocasión para detenerse en los tramites que subestimaron o despreciaron los conmovidos hijos cuando urdieron el homenaje. Se puede volver a esos  pormenores después, aunque sea tarea que deben llevar a cabo el equipo rectoral de la institución y los otros miembros del Consejo Universitario cuando recuerden que no son el capítulo desconectado de una trayectoria estelar. Ahora solo conviene, me parece, llamar la atención sobre cómo dos altos funcionarios del régimen han provocado una confusión de valores y de espacios que no puede tener asiento en nuestra sociedad del siglo XXI después de recorrer una historia susceptible de respeto; una extralimitación que tal vez solo se sufriera en los tiempos oscuros del gomecismo, un reemplazo de la sensibilidad colectiva por unos pesares familiares que se quieren volver nacionales y, ¡quién sabe!, también universales.

Si por vanidad, o por la necesidad de demostrar el poder acumulado, los hermanos Rodríguez han provocado tal maraña sobre la diferencia de las instancias que deben funcionar en una República hecha y derecha, especialmente sobre el apartamiento que  necesariamente debe diferenciar lo público de lo privado y lo grande de lo pequeño, podemos vaticinar una oscuridad más insondable en el futuro próximo. Ya veremos de a cómo nos toca.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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