En la aldea
21 mayo 2024

Se arreglan países

“Todos quisiéramos que las cosas se arreglaran lo antes posible, mejor hoy que mañana, y cuando pensamos que tenemos la solución entre los dedos se escapa sin darnos ni la oportunidad de echarla de menos”. La autora habla de esperanza, aquella que se muestra en una clase media que se defiende con uñas y dientes para no desaparecer. En ciudadanos que le dan valor a la lectura, a la amistad, al trabajo retador. A los venezolanos que ante la falsa oferta del optimismo populista sostienen sus valores como pilares para el resguardo de la convivencia en sociedad. Imaginar el país que vendrá, que será distinto, y mejor que el presente.

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Ana Teresa Torres | 02 septiembre 2022

Es curioso cómo se acuñan frases que definen en pocas palabras el momento político, decires anónimos que de pronto todo el mundo repite y se instalan en el imaginario colectivo como un dictum indiscutible. ‘Venezuela se arregló’, es uno de ellos. A partir de ese enunciado, se abre una ardiente discusión para debatir si es verdad que se arregló, y surgen los optimistas que ven las señales del arreglo y los pesimistas que no las ven por ninguna parte. Esa calificación del optimismo y el pesimismo es la que me gustaría comentar a partir de las ideas de Arturo Peraza, s.j., expresadas en una entrevista reciente: la diferencia entre optimismo y esperanza, fácilmente confundidos en el diálogo.

La primera diferencia importante es que el balance de los cambios optimismo/pesimismo son inmediatos, ocurren en instantes. Si vemos a unos jóvenes sembrando un arbolito, por poner un caso sencillo, de inmediato nos sentimos optimistas, tenemos una juventud de la que podemos esperar cosas buenas porque ya están arreglando el país; y si, por el contrario, vemos a unos jóvenes que le arrancan la cartera a una viejita podemos sentirnos pesimistas por un buen rato. Este es un país de malandros, no hay nada que hacer. En realidad, ni lo uno ni lo otro. Un nuevo árbol es signo de vida, y otro robo es signo de malestar social, pero de ninguno de los dos casos podemos sacar conclusiones.

El optimismo y el pesimismo son circunstanciales, emotivos, hasta personales. Hay quienes se inclinan por ver la botella medio llena y otros, medio vacía. Lo difícil es comprender la esperanza, incluso presentirla, y más todavía, experimentarla, porque es lejana, a largo plazo, lo contrario del inmediatismo, es decir, la negación de los deseos de cualquiera. Todos quisiéramos que las cosas se arreglaran lo antes posible, mejor hoy que mañana, y cuando pensamos que tenemos la solución entre los dedos se escapa sin darnos ni la oportunidad de echarla de menos.

“Los que solamente saben del país presente, deberán imaginar uno distinto sin contar con la referencia que brinda haber disfrutado uno mejor”

Para los que hemos conocido el privilegio de vivir en otra Venezuela, no nos queda sino aceptar que no todos tendremos tiempo de ver la que vendrá, la que surja de las cenizas. Y los que solamente saben del país presente, deberán imaginar uno distinto sin contar con la referencia que brinda haber disfrutado uno mejor. Ya me parece escuchar las críticas de los que, si han tenido la paciencia de leerme, dirán que ese país del que hablo ofrecía privilegios solamente para algunos. Cierto. No estoy hablando de reinos utópicos donde todos son felices, buenos y justos. De un país cuya economía petrolera –no sustentable por mucho tiempo más- ofreció condiciones de vida aceptables para una gran mayoría de personas, no de una economía ‘burbujeante’ de manipulaciones cambiarias que solo favorecen a un grupete, y que consisten para muchos en el trapicheo de dólares y la ‘malandrización’ del intercambio. En fin, qué podría contarles que no sepan. Estoy hablando de un país, es decir, de una institución conocida como tal en el mundo contemporáneo, que a su vez contiene muchas otras instituciones, de las que se derivan valores indispensables para la sociedad.

A donde se dirigen estas líneas es al tema de la esperanza, que, repito, no es igual a optimismo. La esperanza, se me ocurre pensar, es atreverse a ver las señales que indican el camino hacia un país, que precisamente es lo que hemos perdido, porque la situación actual es la de un territorio sin instituciones ni regulaciones legítimas, ni aspiraciones sociales colectivas. Todo eso pienso que lo tuvimos y se perdió, pero al mismo tiempo creo que es posible construirlo de nuevo a partir de la esperanza que promueven, y doy solamente algunos ejemplos, los políticos  que entienden su oficio como vocación de servicio; una clase media que se defiende con uñas y dientes para no desaparecer; gestos de solidaridad que se iluminan espontáneamente por aquí y por allá; jóvenes (y algunos no tanto) empeñados en que se preserven la literatura, la música, el arte, el cine, la conversación, la amistad, en medio de todo lo que busca su desaparición; trabajadores que quieren vivir bien de su trabajo; y en fin, ciudadanos que empiezan a vislumbrar la posibilidad de un país que no esté dividido en bandos creados por la mentalidad totalitaria. Estas son semillas de esperanza que toman su tiempo para crecer, no dejemos que el optimismo las destruya.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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