En la aldea
20 mayo 2024

“Con toda seguridad, en esos laboratorios de formación de cuadros, Caleca les advierte que el triunfo de un candidato depende, en un 80% si no más, de la maquinaria”.

Conque Caleca anda de gira…

“Andrés Caleca es alguien que alimenta no con lo que hay, sino con lo que quiere su público, prerrogativa que las masas populares venezolanas perdieron hace mucho (…) no hay duda de que está ejerciendo una labor pedagógica de gran relevancia en un momento en que parece haber un abismo entre la política/Caracas y la provincia/el desierto”.

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Milagros Socorro | 07 septiembre 2022

La situación es familiar. La vivimos en los años ‘90, cuando el país albergó la certeza de que la clase política no conectaba con las mayorías ni percibía sus angustias y prioridades. En esa década, como en la actual circunstancia, la sociedad no encontraba respuesta en ninguna figura política. Ni del gobierno ni de la oposición. Ahora, como entonces, las mayorías experimentan una sensación de orfandad, de absoluto desamparo. Y es comprensible que en tales circunstancias, tal como en el pasado, la gente empiece a mirar fuera del cuadro… Fue por eso que Rafael Caldera ganó las elecciones del ‘93 (porque se rebeló contra el statu quo y se postuló no solo fuera de Copei, sino incluso contra este); y fue por eso que Irene Sáez, una recién llegada a la política, encabezó por varias semanas las encuestas de intención de voto a la Presidencia.

En este momento ocurre algo parecido, pero aumentado. El régimen tiene un altísimo grado de rechazo y la oposición, lejos de aprovechar el descalabro de su adversario, “lo que hace es colaborar”, al decir de muchos. Y como al régimen le conviene una “oposición” complaciente, esta actitud ha sido premiada por quienes han perseguido, encarcelado y torturado a quienes demuestran intención y alguna capacidad de removerlo del poder.

Se podría pensar que está todo servido para un outsider que fuera verdaderamente opositor y cuya llegada al poder supusiera un cambio desde los cimientos… No es así, sin embargo. Ahora estamos ante una diferencia muy importante: la experiencia ha enseñado que los outsiders pueden ser letales y terminar empujando a los jóvenes a arriesgar sus vidas en el Darién y otras formas del infierno. A esta divergencia se suma un hecho singular y es que se viene registrando una apreciación mayoritaria en el sentido de que quien aspire no solo debe demostrar un profundo talante democrático, sino que debe tener “plataforma importante detrás”, como suelen verbalizarlo (por eso, Lorenzo Mendoza aparece en las encuestas como presidenciable sin haber dado la menor muestra de inclinación a ello, y es porque es un gerente exitoso y cuenta con la plataforma de Empresas Polar, como garantía de prestigio y de algo conocido y confiable). La gente sabe que para enfrentar a un monstruo como el chavismo, que emplea todos los recursos del Estado, así como los de la ilegalidad, para “ganar” elecciones, quien se le enfrente puede ser un outsider, pero eso sí, debe contar con el apoyo de la oposición en pleno y con una estructura que le sirva de aval.

Dicho esto, hay que establecer que lo del outsider no parece una opción para ninguno de los partidos en lista. Sin embargo, esta posibilidad siempre está en la fantasía de muchos y, sobre todo, en la de los observadores, que cada vez que alguien dice, como el Sebastián de “Casas muertas” (Miguel Otero Silva, 1955), “Hay que hacer algo”, se convierte en sospechoso de devenir candidato. Mucho más, si como ahora, hay elecciones en el panorama.

“Luchar con las armas de la institucionalidad, que para Caleca son las del voto, su conquista y su defensa; con criterio de realidad, sin fantasías, con coraje y sin desmesuras”

«No es posible soportar más», dijo Sebastián, el de “Casas muertas”, un domingo, cuando estaba de visita a la novia. «A este país se lo han cogido cuatro bárbaros, veinte bárbaros, a punta de lanza y látigo. Se necesita no ser hombre, estar castrado como los bueyes, para quedarse callado, resignado y conforme, como si uno estuviera de acuerdo, como si uno fuera cómplice».

Algo parecido debe haber pensado Andrés Caleca, cuya carencia de militancia partidista no equivale a conformarse con la placidez del buey ni con el oportunismo del imparcial. Muy por el contrario. Hace tiempo que anda en algo, pero es en los últimos meses que ha empezado a publicitar sus viajes al interior para dar conferencias y talleres sobre el voto y sus mecanismos: en sus redes sociales informa de que fue a dar un curso en Maracaibo, llamado por los jóvenes de Un Nuevo Tiempo (UNT); pero también documenta sus visitas a lo que antes llamábamos “fuerzas vivas” (ahora las fuerzas son armadas o vivitas), de manera que lo vemos muy zalamero con Monseñor Roberto Lückert y en otras actividades en la capital zuliana. Lo mismo cuando va a Maracay, lo anuncia con anticipación y después reseña sus diligencias. Es evidente que quiere dar la impresión de que anda de gira.

Y no se limita a informar de sus andanzas, sino que hace RT (es decir, da difusión) a los comentarios elogiosos que recibe («Un hombre ejemplar. Lo conocí cuando viví en Ciudad Guayana, todas las industrias básicas funcionaban de maravilla bajo su tutela desde la C.V.G.»), casi tanto como a quienes lo insultan («¿Y este?, quién lo financiará…»). Incluso divulga los tuits que sugieren que podría ser un buen candidato.

Conocido por su actividad en las Empresas Básicas y por su desempeño en el CNE, la figuración pública de Andrés Caleca tomó un nuevo impulso cuando empezó a usar las redes sociales como medio de comunicación. Ya que los medios tradicionales fueron arrasados por la dictadura, Caleca, cuyo mensaje podríamos glosar como: “hagamos todo lo posible con lo que hay, no con lo que quisiéramos que hubiera”, salió al ruedo con énfasis creciente y para ello afinó un mensaje y se creó un personaje.

El mensaje es denso y sencillo: Venezuela es un país oprimido por una dictadura cruel y voraz; y para salir de ella debemos unirnos, reconocer y respetar al otro, sumar las fuerzas de todos quienes quieren un cambio para el país y luchar con las armas de la institucionalidad, que para Caleca son las del voto, su conquista y su defensa; con criterio de realidad, sin fantasías, con coraje y sin desmesuras.

Sin apelar a fórmulas altisonantes, sin insultos ni pataletas, Caleca ha dejado muy claro con quién está, quizá porque parte del hecho de que para proponer algo debe impugnarse su contrario; y que, sin esta tensión dialéctica, no hay pronunciamiento ni hay nada. Sin más rodeos, Caleca se compromete y llama las cosas por su nombre. No es de esos guabinosos, que se las arreglan para estar bien con Dios y con el diablo, posición de la que sacan provecho y planean sacarlo en un futuro democrático; por suerte, las redes sociales constituyen un registro pormenorizado de la conducta ciudadana de todo el mundo. Y en Venezuela sabemos que los calladitos, los de rictus de Mona Lisa, no son neutrales, son cómplices de la dictadura.

Ese es el mensaje (corríjanme los expertos, si incurro en distorsiones). El personaje ya es más complejo. Caleca se ha postulado como el abuelo nutritivo. Buena idea. Con la diáspora y los generales destrozos obrados por veinte años de tiranía, una de las instituciones más afectadas ha sido la del abuelazgo, tan importante para la formación del individuo y, tal como he comprobado en las aulas, fundamental en el desarrollo verbal de los jóvenes. En un país, además, con enormes y dolorosas carencias alimenticias, el personaje público de Caleca es alguien que alimenta no con lo que hay, sino con lo que quiere su público, prerrogativa que las masas populares venezolanas perdieron hace mucho. Tan hábil ha sido que se ha cuidado muy bien de no revelar el nombre ni mostrar jamás el rostro de la nieta, que viene a representar al pueblo ávido de sustento, contención y consuelo.

También se muestra como padre muy presente, orgulloso de los logros de las hijas, y dolido de la separación con una de ellas. En contraste, pues, con cierta cáfila de maltratadores, Andrés Caleca se ha forjado una imagen de padre y abuelo de todos los días, apoyo seguro, consentidor y fuente inagotable de alimento. No sé si por diseño, este perfil público (no lo conozco personalmente) no incluye el carácter de marido irrestricto y, más bien, se permite piropear a mujeres jóvenes con desparpajo que sorprende por la sombra machista que proyecta y lo incómodo que puede resultar para las mujeres con tal ligereza abordadas. ¿El mensaje es que está disponible?, ¿para las carajitas lo mismo que para el pueblo?

Con toda seguridad, en esos laboratorios de formación de cuadros, Caleca les advierte que el triunfo de un candidato depende, en un 80% si no más, de la maquinaria. Y el maestro, que está desengañado y, como ya dijimos, no cree en soluciones mágicas, en “veteyás” ni en invasiones de Peter Pan, está muy consciente de que él tiene seguidores parlanchines en Twitter, fanáticos y odiadores, pero cero maquinaria. Tampoco aparece en el horizonte la posibilidad de que los partidos admitan que no tienen a nadie que calce los zapatos de un Betancourt y entonces se planteen, bueno, busquemos un outsider. En fin, no da la impresión. Ha ocurrido, claro que sí, pero ahora no se avizora esa eventualidad.

Entonces, en qué anda Caleca. Puede no ser más que una performance de vanidad, de negarse a desaparecer en la bruma de “Little London”, como alude al recodo de los Altos Mirandinos donde reside. Una cosa es ser el jubilado querendón que no sale de la cocina y otra es ser el abuelo de La Tipa, que lo llamen de todos lados, que lo entrevisten, que a cada rato se convierta en tendencia en las redes y, en fin, que no te olviden. Pero más bien parece la determinación de ser útil y hacerlo con actitud socarrona, sin solemnidad. Y no hay duda de que está ejerciendo una labor pedagógica de gran relevancia en un momento en que parece haber un abismo entre la política/Caracas y la provincia/el desierto.

Creo que Caleca sí anda de gira… con el objetivo de hacer comprender que para que los aspirantes -que ojalá fueran muchos y muy diligentes, para que lleven el mensaje de reconstrucción democrática hasta el último rincón de Venezuela-, tengan verdaderas opciones de ejercer el poder tienen que trabajar, primero, para que haya democracia. No para que la dictadura les deje un resquicio donde medio respirar. No, para refundar el país.

Quién quita que Caleca ande de gira para promover un nuevo Pacto de Puntofijo, aparente requisito para meter a todo el mundo en la misma barca y remar a la misma costa de promisión.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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