Tertulia en lga
09 diciembre 2022

Collage hecho por Rodrigo Gil Bermúdez (a partir de la novela gráfica Persépolis).

En la búsqueda del hombre moderno

“La lucha por tener una sociedad de ‘hombres modernos’ ha tomado más de 300 años para materializarse, y parece que aún estamos lejos de alcanzarla”.

Coordinador: Ernesto Borges
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Rodrigo Gil Bermúdez | 13 noviembre 2022

El estándar mínimo de derechos y expectativas sociales, es en realidad una lucha de siglos.

La muerte de Mahsa Amini desencadenó una de las olas de protestas más fuertes que haya sufrido el régimen iraní desde que se conformó la República Islámica. Por tener el cabello descubierto y no llevar puesto su hijab, la joven Mahsa, de apenas 22 años, fue abatida por miembros de la policía moral; el cuerpo de seguridad iraní que se encarga de velar por el uso correcto del código de vestimenta pública establecido en sus leyes. Su muerte desató la ira de gran parte del pueblo iraní que decidió salir a las calles para manifestar su indignación con lo ocurrido.

Dos meses después, con las manifestaciones aún presentes y con pocas señales de que se agoten, se observa un cambio fundamental en las exigencias de los iraníes. Lo que comenzó con cientos de mujeres quitándose el hijab y retando a la autoridad para expresar su inconformidad con los códigos de vestimenta y la desigualdad de las mujeres, se convirtió en un movimiento nacional que demanda un cambio de régimen político y busca la disolución del Estado Islámico. Un cambio fundamental porque no se trata de algo puntual; la disolución del régimen implica la sustitución de un sistema por otro. Pero entonces cabe preguntarse, ¿cuál es ese sistema al que aspira el pueblo iraní?

Irán es un caso muy particular. Su régimen anterior, la monarquía de los Pahleví, tenía algunos rasgos de libertad ligeramente mayores que los que encontramos en el Irán de hoy, y que estaban presentes por las alianzas que tenía la monarquía con Reino Unido y los Estados Unidos. Irónicamente, estos eran insuficientes ante las exigencias de la sociedad, y es por esto que la revolución islámica, que se impulsa del descontento manifestado con el régimen monárquico, se instauró en 1979, dando paso a una república con matiz teocrática: una república fundamentada en el Islam y que despojó al pueblo iraní de las pocas libertades a las que ya estaban acostumbrados como hombres modernos.   

Adelantándonos a los hechos, hoy el pueblo iraní manifiesta su desacuerdo con la República Islámica porque aspira a los derechos y libertades que el sistema no les garantiza. Exigencias de mayores libertades políticas, económicas, de igualdad ante la ley -en particular las de las mujeres en el ámbito público-, garantía de derechos individuales. Hoy en día todas estas son consideradas un estándar mínimo universal, y el único sistema que puede garantizar en mayor medida estas demandas, aunque no perfectamente, es el democrático liberal.

¿Por qué estas exigencias que demanda el pueblo iraní son un estándar mínimo universal?, ¿no sería de esperarse que cada sociedad tuviera su propio canon de valores que guiara el camino para su desarrollo social? Y así como existe este estándar, ¿por qué lo asumimos como universal?

Lo cierto es que estas ideas que aceptamos hoy en día y que las entendemos como necesarias para el desarrollo de la sociedad, no siempre fueron universales. La manifestación de este “nuevo estándar” tuvo su origen gracias a las obras de los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII, y una de las primeras manifestaciones políticas que estuvo influenciada por estas ideas fue la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.

“El Juramento del Juego de Pelota” de Jacques-Louis David, ilustra la reunión del Tercer Estado en una cancha de Tenis tras haberle cerrado su lugar habitual de reunión; luego se convertiría en la Asamblea Nacional que redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Cuando la Asamblea Nacional francesa, que se constituyó a partir de los representantes del tercer estado (plebeyos, artesanos y burgueses), redactó este documento, cambió radicalmente la composición normativa del mundo, poniendo la libertad, la igualdad y los derechos ciudadanos en el epicentro de las demandas sociales, y suplantando los privilegios preestablecidos del clero y la aristocracia, basados en la tradición y el dogma religioso por ideas fundamentadas en la razón. En otras palabras, buscó la ambiciosa creación de una sociedad más justa.

La realidad, a pesar de lo ambicioso del proyecto ilustrado, es que la lucha por las libertades y la igualdad, como ocurrió en la Revolución Francesa, tuvo su retroceso poco después de haberse manifestado. Las grandiosas luchas del pueblo francés en búsqueda de una sociedad más justa acabaron sucumbiendo ante las persecuciones y acusaciones del Reinado del Terror, para luego terminar en el imperio de Napoleón Bonaparte.    

Portada de la novela gráfica Persépolis.
Portada de la novela gráfica Persépolis.

Estos retrocesos, como el sucedido durante la Revolución Francesa, son recurrentes en la historia. A pesar de los avances intelectuales desde el Siglo de las Luces y la aceptación de estos ideales como necesarios y universales, más de la mitad de la población del mundo vive hoy en sistemas políticos no democráticos, que no garantizan el estándar mínimo que como hombres modernos esperamos. En lo que va de siglo han ocurrido protestas en Rusia, Myanmar, Cuba, Egipto y Hong Kong, para nombrar algunos casos, exigiendo los mismos derechos que hoy expresa el pueblo iraní. Algunos con mayor éxito que otros, pero inevitablemente con algunos retrocesos.

Aunque hoy en día contamos con documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, muchas sociedades deben seguir luchando por este estándar mínimo universal. Las ideas de libertad, igualdad y derechos individuales, heredadas de la Ilustración, hoy en día no están garantizadas. Todo lo contrario, están lejos de serlo. La lucha por tener una sociedad de “hombres modernos” ha tomado más de 300 años para materializarse, y parece que aún estamos lejos de alcanzarla.

*Las fotografías fueron facilitadas por el autor, Rodrigo Gil Bermúdez a Ernesto Borges, y de este al editor de La Gran Aldea.

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