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09 diciembre 2022

Populismo y democracia

"La decepción de las mayorías que derivó en la victoria de Chávez en 1998 no era otra cosa sino el reflujo ante los intentos de las élites de equilibrar el sistema en torno a un manejo más ortodoxo del Estado, mientras que la población estaba condicionada a una expectativa redistributiva".

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Guillermo Tell Aveledo | 13 noviembre 2022

Tengo un gusto intelectual hacia las instituciones democráticas, pero yo soy aristocrático por instinto, es decir, siento desdén y temor de la multitud. Amo apasionadamente la libertad, la legalidad y el respeto a los derechos, pero no la democracia… No me gusta la demagogia, la acción caótica de las masas, su violenta y desinformada intervención en los asuntos públicos, las pasiones envidiosas de las clases bajas, y las predilecciones irreligiosas”.

Estas palabras las escribió Alexis de Tocqueville poco tiempo antes de su muerte, en una hojita suelta titulada “Mon instinct, mes opinions”. El pensador y político francés, que identificamos indeleblemente con la teoría democrática, terminaba sus días asustado por sus carencias y angustiado por su futuro. Asombrado por los logros de la Revolución americana, no dejaba de encontrar una frustrante mediocridad en su democracia jacksoniana. Emocionado con la posibilidad de instaurar un sistema constitucional duradero en su propio país, terminó sus días frustrado porque un nuevo auge de gobiernos populares derivó nuevamente, acaso fatalmente, en un régimen personalista apuntalado por la voluntad popular: el segundo emperador Bonaparte.

Quiero comenzar por aquí mi reflexión sobre el populismo. Por una parte, me sobrecoge la inclinación reflexiva del genio normando, que muestra un ambiguo horror hacia los extremos de la democracia, habiéndola declarado inevitable casi tres décadas antes. Por otro lado, porque hoy la literatura sobre el populismo lo abarca más como una enfermedad que ocurre a las democracias, opuesto a ellas, y no como un fenómeno subyacente a su despliegue. La democracia liberal vive en la constante tensión de mitigar sus exigencias populares por sus aspiraciones moderadas, y es por eso que la literatura política y social de Occidente suele olvidar el conflictivo origen de sus propias instituciones.

I

Todo sistema democrático que en el mundo ha existido, y que hoy identificamos con el pluralismo liberal, surgió de las presiones de los miembros menos aventajados de la comunidad política para promover el reconocimiento o el avance de sus propios derechos, con una tensión clara ante el elitismo, incluso el elitismo propio del primer liberalismo. Ya sea que las élites decidieran acceder a las demandas populares buscando sobrevivir, o porque esas demandas se impusieran sobre sus respectivos sistemas de una manera más o menos revolucionaria. Llamemos a esta presión el «momento populista», usando la expresión del holandés Cas Mudde, el Zeitgeist populista[1].

Normalmente, el populismo fue considerado un ardid, una táctica de relevancia política que buscaba la legitimación de un movimiento al apalancarse en la ocasión permitida por el sufragio universal, y las inclinaciones mayoritarias del electorado, en circunstancias sociales de desigualdad o de acelerado cambio social. Era esta la crítica leninista a los Naródniki rusos (de donde viene el término “populista”)[2], pero también la descripción académica de regímenes personalistas populares en países del “Tercer Mundo”, típicamente el nasserismo, el peronismo y algunos partidos nacional-populares. Para autores como Germani, Di Tella, Worsley o Vallespín, ha sido más una estrategia de poder que una ideología. Mudde difiere controversialmente de esta tradición, definiendo al populismo como una doctrina que considera que la sociedad está en última instancia dividida entre dos grupos homogéneos y antagónicos, el pueblo “puro” y la élite “corrupta”, por lo que el verdadero liderazgo debe responder a la voluntad mayoritaria de ese pueblo verdadero, la cual entra inevitablemente en tensión con las instituciones formales porque no puede verse canalizado por éstas.

Con el paso del tiempo, las instituciones democrático-liberales fueron viendo mellado ese instinto original, domesticado por la normalidad electoral y el consenso en políticas públicas. Lenta e imperceptiblemente, las concesiones iniciales que forjaron los delicados equilibrios entre élites fueron olvidándose, siendo así sustituidos por una convicción que recorría a élites políticas e intelectuales según la cual, alcanzado cierta estabilidad política y cierto desarrollo económico, la democracia liberal era no sólo indetenible, sino irreversible[3]. Las manifestaciones populistas eran atavismos folclóricos, intentos inútiles o excéntricos de “retrotraernos a etapas ya superadas”.

La ciencia política occidental escribe hoy alarmada sobre el populismo, porque siente su amenaza cercana como nunca. Lo que era considerado un fenómeno exótico, periférico propio de democracias jóvenes o débiles como las de América Latina, África o Asia (aunque a veces también se incluía a Italia, Grecia o países Europa Oriental), es ahora una presencia clara o difusa que ataca incluso a las democracias liberales que se creían sólidas: Donald Trump en los Estados Unidos, Boris Johnson en Gran Bretaña, Podemos y Vox en España, la AfD alemana y el Frente Nacional francés.

Hubo una democracia liberal otrora considerada sólida, que colapsó ante una emergencia populista: Venezuela.

II

Entre nosotros, los venezolanos, decir «populismo» evoca típicamente una connotación negativa. Desde el criterio de analistas de izquierda, «populista» fue Acción Democrática (AD), como una falsa apropiación de la identidad y de los intereses de las clases explotadas en favor de un proyecto político «policlasista» liderado por la pequeña burguesía, que se desplegaba “en nombre del pueblo”, sin realmente cambiar su condición desfavorecida. Desde una perspectiva más conservadora, la democracia venezolana, también hecha organización en AD (y en menor medida en Copei), no era sino la estimulación manipuladora del resentimiento social, que se manifestaba necesariamente en clientelismo, expansión del Estado y gasto desenfrenado. Con la Revolución Bolivariana, ambas líneas se proyectaron sobre el nuevo sujeto de poder: desde alguna izquierda se apreció en Hugo Chávez, finalmente, una revolución popular genuina, mientras que para sectores de derecha el chavismo no era otra cosa más que la continuación del adequismo y el partidismo, exacerbado en sus peores instintos por el fracaso de éste. Estos dos modos de decir “populista” se veían interpretados en una mala lectura del concepto clásico del profesor Juan Carlos Rey, quien definió a la democracia venezolana del siglo pasado como un “sistema populista de conciliación de élites»[4]. No, no quería decir el maestro que era un sistema manipulador y disoluto, sino que tenía el fundamento de su legitimidad en el mandato popular.

Si examinamos la larga transición a la democracia en Venezuela, el concepto de Rey se torna meridiano. Las élites derivadas de la prolongada paz gomecista veían como una aspiración el alcanzar eventualmente un sistema de libertades políticas, pero temían que la mayoría popular no estuviese aún lista para tales reglas, por lo que intentaron aperturas limitadas y paternalistas. Por su parte, las élites emergentes también originadas bajo la estabilidad económica y social del régimen andino no sólo demandaban esa apertura, sino que se declaraban los esforzados defensores de una demanda colectiva, nacional, hacia el sufragio universal. Ambas actitudes terminaron chocando, y su conflicto dio lugar a las décadas de inestabilidad entre la caída de Medina y el final de la Lucha Armada: tres cambios de régimen, plebiscitos, magnicidios, golpes de Estado y el primer tiempo de la movilización electoral de masas en el país.

Las pretensiones populares y elitistas, por medio de sus representantes sociales y políticos, terminaron asentándose de manera mitigada en las reglas “puntofijistas”: no solo el Pacto homónimo, sino además en el Concordato con la Iglesia, los acuerdos gremiales y sindicales, la Constitución de 1961, la participación social en el Estado, etc. Todo esto con la contribución y el apoyo del electorado, resueltamente, hasta la crisis económica iniciada en la década de los ochenta. El sistema tenía un fundamento de legitimación populista: la concesión de autoridad derivada del voto a los grandes partidos nacionales como expresión de la aspiración de las mayorías a una vida mejor, lograda por medio de diversos mecanismos de redistribución económica esencialmente alcanzados con la renta petrolera.

En su crisis, se acusó al sistema de ser estatista y populista, lo cual era una verdad a medias: ciertamente, la expansión de las tareas estatales era consecuencia del fundamento populista del sistema, pero su crisis no era sino una expresión de la corrección aplicada a tal fundamento.

La decepción de las mayorías que derivó en la victoria de Chávez en 1998 no era otra cosa sino el reflujo ante los intentos de las élites de equilibrar el sistema en torno a un manejo más ortodoxo del Estado, mientras que la población estaba condicionada a una expectativa redistributiva. Este reflujo era claramente populista, en el sentido muddiano: la apelación a una genuina venezolanidad ante el dominio de una élite definida como extranjerizante, globalizadora y neoliberal. Era, para algunos, demagogia, caos e ignorancia; para la revolución, no era otra cosa sino la verdadera democracia.

III

Las instituciones democrático-liberales en Occidente tienen un fundamento redistributivo en recursos materiales y de libertad. El sufragio universal, los derechos económicos y sociales, las constituciones welfaristas, son consecuencias de presiones que no podemos sino calificar de populistas: movimientos prolongados de protesta, o de cataclismos que mellaron las legitimidades tradicionales. La convicción de las élites en torno a la democracia y su inevitabilidad, como apuntó Tocqueville, estaba no solo basada en la creencia ilustrada en la dignidad de todos los miembros de una comunidad, sino también en la resignación acerca de la necesidad de otorgar concesiones que domesticasen al amenazante espectro populista. La convicción de las mayorías en este nuevo compromiso descansaba, por su parte, en la convicción paralela de que obtenían un nuevo trato que, ahora sí, les iba a beneficiar, por lo que una ruptura revolucionaria se hacía innecesaria.

Venezuela fue, en algún momento de su historia, un ejemplo de tales instituciones. Por razones que no podemos ahora examinar, el pacto implícito entre élites y mayorías se hizo inviable, y los resultados de su reformulación revolucionaria se nos presentan hoy con un Estado cuya viabilidad está seriamente comprometida, y una sociedad que no escapa de la pobreza y es además crecientemente desigual. La solución puramente populista ha fracasado, porque su corrección pasó alternativamente del abandono, a la revancha, y nuevamente al abandono.

Decimos a veces que venimos del futuro, y esto a veces se asume como sardónica amenaza. La verdad es que el surgimiento de los movimientos antiliberales populistas se hace plausible porque la democracia liberal es percibida crecientemente como un trato desigual, una avivada de las élites que son indiferentes al cambio de vida que experimenta el “pueblo verdadero”. El que un votante medio del sur de Inglaterra o del Medio Oeste norteamericano sienta que sus perspectivas de futuro no eran lo que fueron hace décadas o que su vida está dominada por fuerzas poderosas e irresponsables que quieren hacerle desaparecer, corresponde a algunos prejuicios y paranoias insostenibles, pero también a la realidad del estancamiento de sus expectativas vitales: la disminución del salario real, el cambio del paradigma laboral en una fuerza de trabajo poco preparada y lentamente adaptable. Si hay figuras políticas que, en medio de la difuminación de las diferencias ideológicas y de políticas públicas entre las alternativas electorales ordinarias, apelan a un “verdadero pueblo” y tienen un relativo éxito, es que hubo un vaciamiento de los acuerdos tácitos que sostenían a las democracias liberales. ¿Cuánto de ello es responsabilidad del electorado? Esto puede discutirse en torno a cada caso nacional, pero lo cierto es que hay incentivos disolventes a cada paso: el encierro en lo privado, los viejos resentimientos raciales y culturales, la estructura simplista de nuestra esfera pública, y las dificultades de reinventarse positivamente ante las transformaciones digitales, son factores que estimulan la viabilidad populista en su peor cara.

El mundo se encuentra hoy en una época de transición, y las amenazas a la democracia liberal así lo reflejan. Las respuestas usuales, sin embargo, no alcanzan hoy el equilibrio delicado que debían proteger. No hemos dado con la fórmula que contenga las aspiraciones de prosperidad y libertad particulares con el cambio de paradigma climático, tecnológico y energético. Si sirve de algo, esta no es la primera vez que nos encontramos en tal desfase: la revolución industrial tardó en establecer a la democracia liberal representativa como su forma política consustancial; sin embargo, a la larga, el pesimismo de Tocqueville sí fue desmentido. Las nuevas instituciones derivadas de la corrección mutua entre el liberalismo y la democracia emergieron airosas de los grandes conflictos de los últimos dos siglos. Acaso este shock populista sea el correctivo necesario para levantarnos de nuestra complacencia, y volver a calibrar la razón democrática con el sentimiento elitista.

Confío en que Venezuela será pionera en ese camino, como ya le tocó antes serlo.

[1] Mudde, C. (2004). “The Populist Zeitgeist,” en Government and Opposition, 39(4), Cambridge University Press, pp. 541-563; también Mudde C. y Rovira Kaltwasser C. (2017). Populism: a very short introduction, Oxford University Press.

[2] Notablemente, autores como Laclau y Mouffe señalan que el leninismo, y el socialismo en sentido amplio, son la expresión más acabada del populismo, como realización última de la democracia genuina.

[3] Este es el argumento de Runciman D. (2015). The Confidence Trap: A History of Democracy in Crisis from World War I to the Present. Princeton University Press.

[4] Rey, J.C. (1972). «El Sistema de Partidos Venezolano», en Politeia, (1), Universidad Central de Venezuela, pp. 175-230.

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