En la aldea
09 diciembre 2022

La psicopatía como amenaza contra el equilibrio geopolítico mundial (y II Parte)

El mentor de Vladímir Putin, Anatoly Sobchak, habría sido asesinado por un veneno colocado en la bombilla eléctrica de la lámpara de la mesita de noche. Voraz lector, el ex alcalde de San Petersburgo acudió a Kaliningrado por encargo expreso de Putin. Murió allí en una habitación de hotel. ¿A ese nivel podría llegar el instinto homicida del hombre fuerte del Kremlin? Putin y su círculo cercano cuentan ahora con su cementerio privado. Como Stalin. Y desafía a Occidente.

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Gloria M. Bastidas | 14 noviembre 2022

La periodista ruso-estadounidense Masha Gessen rescata un dato capital sobre la muerte de Anatoly Sobchak en el libro El Hombre sin rostro. El ex alcalde de San Petersburgo y mentor de Vladímir Putin fue hallado muerto en una habitación de Hotel en Kaliningrado días antes de que se celebraran las elecciones presidenciales de marzo de 2000, en las que su pupilo y antiguo espía de la KGB resultó vencedor. Gessen cita al investigador Arkadi Vaksberg, quien, inspirado en la máxima de que no hay crimen perfecto, se dio a la tarea de adelantar de manera independiente una serie de pesquisas para desvelar el misterio de la muerte de Sobchak. La autopsia hecha en Kaliningrado atribuía el fallecimiento a un exceso de medicamento (¿viagra?) y daba cuenta de un grado de alcohol elevado en sangre. Esto le habría producido un ataque cardíaco. Otra autopsia que hicieron en San Petersburgo descartó esta hipótesis. Hubo un fallo al corazón. Solo eso.

El investigador ruso se inquietó ante tanta discrepancia. Esto por no recordar que la propia esposa de Sobchak, la historiadora Lyudmila Narusova, mandó a hacer una tercera autopsia, cuyos resultados, al día de hoy, se mantienen inéditos. Lo que rodea la muerte del elegante Sobchak es un gran halo de misterio. Narusova se limita a decir que el informe forense está a buen resguardo en el extranjero. Su hija, Ksenia Sobchak, quien fue candidata presidencial en las elecciones de 2018 y es una conocida presentadora de televisión, acaba de escapar de Rusia. Su casa fue registrada sin que mediara orden judicial. Se le acusa de extorsión. La inquina de Putin contra la familia de su mentor -en un país donde la palabra purga no acaba de ser desterrada- es un elemento a considerar a la hora de plantear la hipótesis de que el ex alcalde de San Petersburgo haya sido víctima de un homicidio.

Gessen, por su parte, reconoce el aporte del sabueso ruso para descifrar el enigma de la muerte del político:

“Fue Vaksberg quien descubrió el detalle más desconcertante de las circunstancias de la muerte de Sobchak: sus dos guardaespaldas-asistentes, ambos jóvenes en buena forma física, tuvieron que ser tratados por síntomas leves de envenenamiento tras la muerte de Sobchak. Este era un sello distintivo de los asesinatos a sueldo por envenenamiento: muchas secretarias o guardaespaldas habían enfermado de manera similar cuando sus jefes eran asesinados. En 2007, Vaksberg publicó un libro sobre la historia de los envenenamientos políticos en la URSS y Rusia. En él, adelantó la teoría de que Sobchak fue asesinado por un veneno colocado en la bombilla eléctrica de la lámpara de la mesita de noche, de modo que la sustancia se calentaba y vaporizaba cuando se encendía la lámpara”.

¿Estaba realmente Putin detrás del asesinato? Fue Sobchak quien lo llevó a la política. Fue Sobchak uno de los que lo recomendó a Boris Yeltsin. Fue Yeltsin quien lo nombró primer ministro y quien lo designó como su heredero. Corren distintas versiones para explicar una eventual autoría intelectual de Putin en el envenenamiento de Sobchak. Una apunta a que Putin no llegó espontáneamente a la Universidad de Leningrado a hacer su tesis de doctorado, como él ha dicho. Putin habría sido seleccionado por el KGB para cuidar de Sobchak, que despuntaba como una importante ficha política toda vez que había desempeñado un papel importante en el desarrollo de la perestroika. La intriga vuela más lejos: que Sobchak mismo habría sido un espía (a su manera, pero un espía) de la agencia de inteligencia, consciente como estaba de que para desarrollar su carrera debía contar con el respaldo de esta organización. Otra de las conjeturas es que Sobchak disponía de información comprometedora sobre los manejos de Putin en la alcaldía de San Petersburgo cuando trabajó allí bajo su égida.

II

Serguéi Pugachev, un influyente multimillonario ruso que hizo jugosos negocios en la era Yeltsin, y que apoyó incondicionalmente a Putin cuando era apenas un delfín del líder de la vieja guardia, se preguntaba por qué el jefe del Kremlin lo había perseguido implacablemente si él lo había ayudado tanto. Pugachev pasó de patrocinante del nuevo zar de Rusia a paria en 2009. Su fortuna se calculaba en 15 mil millones de dólares. Dueño de un banco. De astilleros. De una mina de carbón. Tuvo que correr a Londres, una plaza muy atractiva para los oligarcas que florecieron tras el colapso de la URSS. Allí lo entrevistó varias veces Catherine Belton, quien se desempeñó como corresponsal de The Financial Times en Moscú. La reportera escribió el libro Los hombres de Putin. Cómo el KGB se apoderó de Rusia y se enfrentó a Occidente. Pero no solo habla de los estragos que figuras provenientes del mundillo del espionaje han causado en la potencia soviética, donde campea el crimen organizado. La periodista inglesa también advierte que los oligarcas rusos han ido extendiendo sus poderosos tentáculos hacia Europa y Estados Unidos.

“Cometemos un grave error si pensamos que la correlación de fuerzas en el globo se debe medir estrictamente por el número de ojivas nucleares que posea una u otra potencia. También ha de calibrarse desde el punto de vista de la salud mental de sus líderes”

Belton cita el comentario que formula Bob Levinson, exagente especial del FBI:

“Los líderes de las organizaciones criminales rusas, sus miembros y sus colaboradores se están introduciendo en Europa Occidental, adquieren propiedades, abren cuentas bancarias, crean empresas, se funden con el tejido de la sociedad, y cuando Europa se dé cuenta ya será demasiado tarde”.

También el de Serguéi Tretiakov, excoronel del Servicio Exterior de Inteligencia Ruso (SVR), destinado a Nueva York:

“Quiero advertir a los estadounidenses. Como pueblo, sois muy ingenuos con Rusia y sus intenciones. Creéis que como la Unión Soviética ya no existe, Rusia, ahora, es un país amigo. Pero no lo es, y puedo demostraros que el SVR intenta destruir aún hoy Estados Unidos, más incluso de lo que lo intentaba el KGB en tiempos de la Guerra Fría”.

Muchos políticos hablan de la patria. Exaltan la idea de nación. Cultivan el fervor por la geografía. Pero el libreto puede ser diferente cuando esas ideas las tiene en mente un hombre con una personalidad psicopática. Esto último es lo que explica que el jefe del Kremlin resuelva a tiros o a punta de venenos sus discrepancias. Caiga quien caiga. La autora de Los hombres de Putin aclara que Pugachev no es ningún ángel. Sin embargo, esa pregunta que se hace el oligarca ruso caído en desgracia (¿por qué fue capaz de hacerme esto?) da pie para otra pregunta: ¿y si le hizo lo mismo a Sobchak? Su mentor fallece en el 2000. Era muy pronto para tener la perspectiva que se tiene hoy: la serie de asesinatos en los que el Kremlin destaca como el primer sospechoso ya luce concluyente. Es un patrón. Vaksberg ha hecho una lista minuciosa: políticos, periodistas, oligarcas, espías. Todos han sido llamados a filas. Putin y su círculo cercano cuentan ahora con su cementerio privado. Como Stalin.

III

Es importante saber de dónde viene Putin y dónde se encuentra actualmente para poder interpretarlo. Interpretarlo, primero, desde un punto de vista geopolítico, histórico y cultural. E interpretarlo, asimismo, desde una óptica psicológica. Putin es vástago de un imperio que, con la disolución de la URSS, perdió 14 repúblicas y que, además, dejó de ejercer el dominio que tuvo en el pasado en los llamados países satélites de Europa del Este. Putin viene de una vasta extensión de territorio que con apenas verlo en el mapa -y aunque se haya estrechado con el tiempo- produce vértigo. Defender esas enormes fronteras, que son de por sí dinámicas y que cambian con el devenir de la historia, supone un desafío mayúsculo. “El precio del fracaso era la muerte”, recuerda el historiador Simon Sebag Montefiore al referirse al complejo papel que le tocaba desempeñar a los monarcas rusos.

Mark Galeotti, sovietólogo consumado y ex profesor de la Universidad de Nueva York, hace esta muy gráfica definición en su libro Breve historia de Rusia:

“Es un país sin fronteras naturales, sin una sola tribu o pueblo, sin una verdadera identidad central. Su misma escala asombra: se extiende a lo largo de 11 husos horarios, desde la región fortaleza europea de Kaliningrado, ahora aislada del resto de la Madre Patria, hasta el estrecho de Bering, a solo 82 kilómetros (51 millas) de Alaska. Combinado con la inaccesibilidad de muchas de sus regiones y la naturaleza dispersa de su población, esto ayuda a explicar por qué mantener el control central ha sido un desafío tan grande y por qué perder ese control sobre el país ha sido un terror para sus gobernantes”.

Galeotti recuerda que Rusia ha sido ocupada por fuerzas extranjeras desde hace siglos. El fantasma de la amenaza externa siempre palpita:

“Su posición en la encrucijada de Europa y Asia también significa que Rusia es el ‘otro’ perenne de todos, y los europeos la consideran asiática y viceversa. Su historia ha sido moldeada desde fuera. Ha sido invadida por forasteros, desde vikingos hasta mongoles, desde las órdenes teutónicas cruzadas hasta los polacos, desde los franceses de Napoleón hasta los alemanes de Hitler. Incluso cuando no está físicamente acosada, ha sido moldeada por fuerzas culturales externas, siempre mirando más allá de sus fronteras en busca de todo, desde capital cultural hasta innovación tecnológica. También ha respondido a su falta de fronteras claras mediante un proceso constante de expansión, incorporando a la mezcla nuevas identidades étnicas, culturales y religiosas”.

Por su parte, Ángela Stent, en su libro El mundo de Putin, también menciona el tema territorial. La académica norteamericana apunta que Crimea ha pertenecido a Rusia desde que Catalina la Grande“se la arrebató al Imperio Otomano y a los tártaros en 1783”. Subraya que la península ocupa un lugar muy importante en el imaginario ruso desde hace dos siglos. Recuerda que era un sitio adonde los rusos solían vacacionar y que fue inmortalizado en los escritos de Chéjov. ¿Cómo pasó a formar parte de Ucrania? Stent señala que, en 1954, con motivo de la celebración del tricentenario de la unión de Ucrania con Rusia, Nikita Jrushchov, en un gesto simbólico de cara a los fastos, tomó la decisión de otorgársela. Pero a la sazón, Ucrania era una de las repúblicas que pertenecían a la URSS.

“Esta maniobra tuvo mayores repercusiones una vez que la Unión Soviética se vino abajo en 1991. Por un accidente de la historia, Crimea se convirtió en parte de una Ucrania independiente”, añade Stent, cuyo libro fue publicado años antes de que Putin decidiera abrir fuego contra Kiev. La académica, por cierto, vaticinó que Estados Unidos se equivocaba si pensaba que Rusia aceptaría un papel subordinado a Occidente tras el cese de la Guerra Fría. Así que desde un punto de vista geopolítico podemos entender cuáles son las razones históricas que mueven a Putin. Ucrania -hay que hacer hincapié en esto- tiene todo el derecho de decidir con quién se alinea en el tablero mundial, sobre todo después de haber sufrido el totalitarismo comunista y la gran hambruna conocida como Holomodor.

“Putin es vástago de un imperio que, con la disolución de la URSS, perdió 14 repúblicas y que, además, dejó de ejercer el dominio que tuvo en el pasado en los llamados países satélites de Europa del Este”

En el caso de Crimea, el reclamo de Putin tendría una mayor legitimidad, si suscribiésemos lo que argumenta Stent y tratáramos de jugar a la diplomacia con fines de apaciguamiento. Como potencia al fin, Moscú cuida celosamente su territorio histórico y su espacio de influencia. Lo hace Estados Unidos. Lo hace China. El punto está en que no vivimos en tiempos de Catalina la Grande. Vivimos en una era en la que un error de cálculo se puede pagar muy caro. Putin se ha saltado las normas a la torera y ha puesto al mundo al borde de una conflagración nuclear. El exagente del KGB actúa a la manera de los bárbaros. La explicación de su conducta atropellada trasciende el área de lo estrictamente geopolítico. Atrevámonos a explorar otra causal.

 IV

¿De dónde partimos para afirmar que Putin entra en la categoría de psicópata? De lo que señala uno de los expertos mundiales en el tema, el psiquiatra argentino Hugo Marietán. Este especialista elaboró un Descriptor de rasgos psicopáticos en el que detalla las características que distinguen a este tipo de personas. Dentro del conglomerado de rasgos que menciona Marietán, sobresalen dos que con solo identificarlos en alguien ya resulta revelador. Uno es que haya cometido una masacre (mencionemos Chechenia, Siria y Ucrania), y otro es que haya ejecutado asesinatos en serie (la cadena de envenenamientos y de crímenes producidos a tiros habla por sí misma). Esto es lo que Marietán denomina actos psicopáticos graves. Con que califique para uno solo de ellos ya es suficiente aval para que sea incluida en la lista.

Marietán dice: “El hecho es tan brutal y tan tremendo que ya no es necesario ningún tipo de sutileza para tipificar al psicópata”. ¿Lo puede catalogar un lego en psiquiatría o en psicología?, ¿no sería esto un acto de charlatanería? En su libro El jefe psicópata: radiografía de un depredador, el especialista extiende esta suerte de licencia: “Estos actos son lo suficientemente contundentes como para que cualquiera, sin tener conocimientos especiales sobre el tema, los califique con un término equiparable al de psicópata aquí utilizado”.

Cometemos un grave error si pensamos que la correlación de fuerzas en el globo se debe medir estrictamente por el número de ojivas nucleares que posea una u otra potencia. También ha de calibrarse desde el punto de vista de la salud mental de sus líderes. Porque un líder que cuente con menos ojivas pero que esté tocado por una personalidad psicopática puede causar más estragos que aquel que disponga de más ojivas nucleares y se mantenga en el teórico ámbito de la coacción. Las ambiciones desmesuradas son parte del arsenal. Es preciso aclarar que cuando hablamos de salud mental no nos referimos, en modo alguno, a que los psicópatas estén locos. Este aspecto lo explica Marietán: saben perfectamente lo que hacen; tienen plena consciencia de sus actos. Carecen, eso sí, de empatía.

Marietán se basa en la definición que formulara el psiquiatra alemán Kurt Schneider sobre las personalidades psicopáticas:

“Según él, estas personas no son enfermas, sino que son anormales en el sentido estadístico del término. Son aquellas que se destacan, por su forma conductual, del resto de las personas. En los extremos de la curva estadística de Gauss, decía Schneider, pueden ubicarse personas que conductualmente son distintas del grueso de la población. Están los que son socialmente aceptados y se destacan por algunas características (genios, artistas, etcétera) y no son desde el punto de vista social ‘negativos’. Y otros que sí lo son, aquellos marginados o los llamados asociales. Para dar mayor precisión al concepto de psicopatía y no considerar a todos los anormales como psicópatas, él tiene aquella famosa frase que delimita: ‘son aquellos anormales que sufren o hacen sufrir por su anomalía’”.

El peligro que enfrentó la humanidad cuando figuras como Hitler, Stalin o Mao llegaron al poder y provocaron grandes tragedias no ha sido superado. La crueldad con nuevos bríos que nos restriega Putin en la cara lo demuestra. Esto constituye un gran desafío para el orden geopolítico mundial. Lo peor de todo es que tampoco resulta tan sencillo evitar que este tipo de personalidades ocupen posiciones elevadas. No se les puede hacer un test antes de que opten a la Presidencia. Eso equivaldría a levantar las banderas de un apartheid mental. Y si se les hiciera, puede que salgan bien parados porque saben fingir. Lo que sí podemos hacer es analizarlos en su justa dimensión. Aprender a identificarlos. Porque, si no los atajamos, si simplemente pensamos que hay que ponerles una camisa de fuerza porque están desquiciados, los eximimos de responsabilidad y les extendemos una patente de corso para que cometan sus crímenes. El Gulag sigue al acecho.

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