En la aldea
28 enero 2023

El 14 de diciembre 1922, el Reventón

“Se cumplen 100 años del Reventón del Barroso II. Un evento lejano en el tiempo, en una tierra misteriosa llena de retos y oportunidades. Fuimos alguna vez una nación atrasada que aspiró a unirse a la modernidad de la mano de gente excepcional (que no pensaban que hacían historia, solo trabajaban)”.

Lee y comparte
Luis A. Pacheco | 09 diciembre 2022

“En principio éramos solamente seis trabajadores. Pero después fueron cientos. La noticia corrió por todas partes y la Compañía comenzó a contratar gentes para trabajar. En burros, mulas, carretas de bueyes, piraguas y camiones llegaban a ver el lago de petróleo y a buscar trabajo. Fue algo sensacional”

Alcibíades Colina, cuadrilla de perforación del Barroso II – Tópicos Shell,
Diciembre 1952.

Una de las cosas que más lamento de mi infancia, es no haber podido sentarme con mi abuelo, Luis Julio Pacheco Soublette, a que me contara sus aventuras, primero como topógrafo y luego como ingeniero, en la Venezuela de principio del siglo XX, escenario de lo que el geólogo norteamericano Ralph Arnold llamó en su imprescindible memoria geológica: “The First Big Oil Hunt” (La Primera Gran Cacería del Petróleo)1.

Esta deficiencia en mi infancia, además de un lamento, es un ejemplo de la ambigua relación que la mayoría de los venezolanos hemos tenido con el petróleo y sus “guardabosques”: somos un producto directo de la explotación de ese recurso, pero crecimos demonizándolo o, en el mejor de los casos, siendo indiferentes a él. La Venezuela que describe Ralph Arnold en su diario de exploración es un país atrasado, sin carreteras, cundida de enfermedades tropicales, apenas saliendo de las continuas guerras del siglo XIX sobre cuyos escombros la hegemonía Juan Vicente Gómez comenzaba la creación de un estado nacional.

“En este siglo que aspira ver el fin de la energía fósil, recordemos a los héroes civiles de nuestro petróleo, venezolanos y extranjeros, constructores de civilización”

Arnold y sus  amigos fueron contratados por la General Asphalt Company, para llevar a cabo una las más importantes campañas exploratorias de la industria petrolera mundial. El territorio abarcaba la parte norte de Venezuela y el sur de Trinidad durante el período comprendido entre 1911 y 1916. Con una sola excepción, ninguno de los geólogos que acompañó a Arnold hablaba español.

Arnold reporta en su crónica, escrita 50 años después de los hechos, la participación de algunos profesionales venezolanos en esa gran cacería:

“Los ingenieros venezolanos variaban entre aquellos que eran excelentes y llenos de energía y otros menos ambiciosos. Entre los ingenieros en el oriente de Venezuela mencionaremos a Rafael Torres, Santiago Aguerrevere, Enrique Jorge Aguerrevere, Pedro Ignacio Aguerrevere, Martín Tovar Lange y Luis Julio Pacheco, a quienes considero como trabajadores capaces y conscientes”.

Probablemente, este pie de página en la historia no era algo que le quitara al sueño a esos jóvenes ingenieros (y a otros tantos actores anónimos), que sin duda consideraban la campaña de Arnold como una aventura, probablemente mejor pagada o al menos más emocionante que las alternativas en un país con pocas oportunidades. El primer reporte de Arnold  en 1912 no encontró muchos interesados en los Estados Unidos. En Europa, Sir Henri Deterding, presidente de Royal Dutch Shell, se interesa por el informe de Arnold y decide pagar la suma de diez millones de dólares por el 51% de los intereses que poseía General Asphalt Company en la Caribbean Petroleum Company, que a su vez controlaba los intereses en los territorios de exploración en Venezuela.

El 12 de junio de 1914, la Caribbean Petroleum comienza a perforar el pozo Zumaque 1 en la población de Mene Grande, municipio Baralt del estado Zulia, en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo2 y fue completado en julio del mismo año, con una producción de 260 barriles diarios. Le ruego al lector que se traslade en su imaginación a la época: transporte fluvial, burros de carga y bueyes de tiro, taladros de percusión, cabrias hechas de madera de la selva circundante, malaria, cero servicios médicos, etc. Entre 1911 y 1916 Arnold visitó Venezuela en seis ocasiones, pero nunca por largos períodos dadas las condiciones inhóspitas del país.

La Primera Guerra Mundial paraliza muchas de las actividades petroleras en Venezuela. Así que retomaremos nuestra historia en 1922. Aunque Arnold hacía ya tiempo había finalizado sus reportes, en ellos identificó la Costa Oriental del Lago de Maracaibo como un área prospectiva, de ahí el descubrimiento del Campo Mene Grande.

Como parte de las campañas exploratorias en el área de Cabimas, la Venezuelan Oil Concessions3 había perforado varios pozos: Santa Bárbara I (1913), que resultó seco; Santa Bárbara II (1916), que produjo algo de petróleo, y el Barroso I, que también resultó seco. En mayo de 1922, se comenzaron operaciones en el Barroso II, en las inmediaciones del Barroso I.

La crónica relata que, como todo buen pozo descubridor, el Barroso II tuvo problemas operacionales y el taladro utilizado finalmente se atascó y la perforación se paralizó. Un experto que la compañía tuvo que traer del extranjero logró liberar el taladro, que a todas estas, y sin saberlo la cuadrilla, estaba sirviendo de contención mecánica; al desatascarlo, se produjo el reventón (el flujo descontrolado) del pozo Barroso II, el 14 de diciembre de 1922.

Lo que hoy día sería solo noticia por considerarse un accidente operacional, en esos días fue una noticia que corrió en todo el mundo confirmando el potencial petrolero de Venezuela, que ya había proyectado Arnold. Mucha tinta ha corrido para discutir el impacto que este evento tuvo, no solo en el mundo que se despertaba al siglo del petróleo, sino en Venezuela y su posterior desarrollo económico y político a lo largo del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

A este evento particular, como al petróleo en general, se le ha asignado una leyenda “dorada” y una leyenda “negra”. No hay déficit de opinadores sobre los efectos perniciosos o modernizadores del petróleo y seguramente mi atento lector tendrá, en esta fecha centenaria, muchos párrafos de donde escoger. Pero recuerden, esto es acerca de mi déficit conversacional con mi abuelo, no un análisis político-social. En diciembre de 1982, mi padrastro, Carlos A. Rico, también petrolero, me hace llegar una copia de la revista Tópicos, vehículo comunicacional de Maraven, S.A.4 En esa revista, en su edición de diciembre de 1952, se conmemoraban los 30 años del Reventón del Barroso II por vía de hacerle entrevistas a algunos de los trabajadores que estuvieron presentes en el Reventón: Alcibíades Colina y Samuel Smith, de Cabimas y La Concepción, respectivamente; y Luis Julio Pacheco Soublette, de Caracas.

En la entrevista, Luis Julio ofrece sus recuerdos del “reventón”:

“Como no se esperaba un pozo de tal magnitud y con semejante potencia, no se disponía de elementos suficientes para su debido control, transporte y almacenamiento. Por consiguiente, la tarea principal consistió en abrir contrafuegos y almacenar la mayor cantidad de petróleo en un tanque natural de tierra, construyendo un muro en la depresión natural o salina que existía entre Cabimas y La Rosa, en el cual llegó a depositarse una cantidad considerable. Al mismo tiempo tendíamos tuberías y montábamos bombas y calderas, y construíamos un muelle provisional para poder embarcar el petróleo, ya que en La Rosa solo había un tanque de 55.000 barriles, o sea la mitad de la producción diaria, que se calculó en unos 100.000 barriles”.

¿Cómo puede ser posible que nadie me haya contado esto?, ¿cómo así que aquel que me enseñó a hacerme el nudo de la corbata, el que caminaba a la parroquia El Recreo a misa diaria, que hiciera me gustaran los crucigramas, que gimoteara cuando algo se le perdía, hubiera participado en una refriega epopéyica contra la naturaleza, que nos cambió el rumbo de la historia, y que nunca lo contara?, ¿dónde estaban las anécdotas heroicas, las peleas con las nubes de mosquitos, el abrirse caminos a punta de machete en territorios inexplorados? Si hubiera sido inglés, quizá hubiera dejado un diario. Pero supongo que para él, como para sus compañeros, era solo una manera de ganarse la vida.

De repente, el estudio en su casa de Sabana Grande en Caracas, con sus tesoros, cobraba sentido: el teodolito; los binoculares en su estuche de cuero desteñido; la regla T y el transportador; el casco de explorador; el cuchillo a lo Jim de la selva; el revólver de cacha nacarada; todos tenían una historia que contar y que nunca tuvieron audiencia. La historia de Luis Julio, y de todos aquellos que entregaron y siguen entregando su vida y sus afectos en la búsqueda de la idea de la modernidad que la industria petrolera siempre ha simbolizado, no ha tenido un narrador criollo.

Luis Julio trabajó con Ralph Arnold y estuvo en el Barroso II. Con mucha razón protestó cuando Rafael Caldera, en 1971, anunció la Ley de Reversión Petrolera: ‘¡Rafael, vas a destruir la industria!’ Le gritaba a la televisión. Claro, yo andaba en otra cosa, como la mayoría de los venezolanos, el petróleo era la más lejana de mis preocupaciones.

No sé si uno nace con un surco en la tierra que se ve obligado a transitar o uno lo va haciendo mientras transita. Vengo, como podrán haber deducido de esta historia, de una familia que vivía en el petróleo (abuelo, padre, hermano, suegro, esposa), pero para quien eso no era más que una ocupación. Yo me propuse desde muy joven no ser parte de esa industria, por razones que francamente no alcanzo a recordar. Las vueltas de la vida me trajeron, sin embargo, al lugar de origen y terminé, como mi abuelo, siendo actor involuntario de una historia aún por escribirse: aunque la de Luis Julio debe haber sido más aventurada y aventurera.

Se cumplen 100 años del Reventón del Barroso II. Un evento lejano en el tiempo, en una tierra misteriosa llena de retos y oportunidades. Fuimos alguna vez una nación atrasada que aspiró a unirse a la modernidad de la mano de gente excepcional -que no pensaban que hacían historia, solo trabajaban-. En este siglo que aspira ver el fin de la energía fósil, recordemos a los héroes civiles de nuestro petróleo, venezolanos y extranjeros, constructores de civilización.

A Luis Julio, mi abuelo, cómo lamento no haber sabido qué preguntar.

Nota del autor: Les recomiendo el documental de Carlos Oteyza: El Reventón. Los inicios de la producción petrolera en Venezuela (1883-1943).

(1)The First Big Oil Hunt: Venezuela, 1911-1916. Vintage. New York, 1960.
Andrés Duarte Vivas comisionó una traducción al español de este imprescindible testimonio que tuvo una muy limitada impresión: “Primeros Pasos. Venezuela Petrolera, 1911-1916” Ralph Arnold, George McCready y Thomas Barrington. Fundación Editorial Trilobita, 2008.
(2)Este es el lugar donde el presidente Carlos Andrés Pérez decide llevar a cabo el acto formal de “nacionalización” el 1 de Enero de 1976, un simbolismo político importante.
(3)Venezuelan Oil Concessions Ltd. (VOC) era una compañía petrolera establecida el 23 de mayo de 1913 en Venezuela para operar la concesión dada en 1904 por el gobierno de Cipriano Castro a Antonio Aranguren en los distritos Bolívar y Maracaibo del estado Zulia. Esta compañía pasa bajo el control de la Royal Dutch Shell (Caribbean Petroleum Company) en 1915.
(4)Maraven, S.A. era el nombre dado después de la estatización de la industria petrolera en 1975 a lo que había sido la Shell de Venezuela, heredera de la Caribbean Petroleum Company.


*El Collage es cortesía del autor, Luis A. Pacheco, al editor de La Gran Aldea.


*Non-resident fellow at the Baker Institute Center for Energy Studies.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Históricos