En la aldea
24 junio 2024

Unos estoqueadores escurridizos

“Estamos ante los animadores de una batalla contra la barbarie que no redactan proclamas políticas, ni llaman a mítines escandalosos, pero que cuentan con unos parroquianos cada vez más numerosos y sutiles. Alrededor de sus obras se fortalecen espacios de resistencia cívica capaces de liquidar a la bestia de un volapié, no en balde son estoqueadores escurridizos”.

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El Premio Cervantes concedido a Rafael Cadenas es un triunfo de las letras venezolanas que supera los linderos de lo estrictamente individual. Lo hemos celebrado en artículos anteriores como el mayor reconocimiento que ha recibido un escritor venezolano. Pero hay un aspecto del suceso que no debemos pasar por alto, debido a que incumbe a un trabajo intelectual y a una relación con las bellas letras que parecía excesivamente decaído entre nosotros, y que no se reduce a la contribución de un solo protagonista. Seguramente el flamante galardonado de Alcalá de Henares tendrá nuevas alegrías al sentir que ahora nos valemos de su lauro para llamar la atención sobre un conjunto de  autores y de actividades gracias a cuya constancia se puede afirmar que no estamos ante una proeza solitaria.

La confirmación de que existe una actividad intelectual y creativa en términos colectivos  se ha demostrado en cómo se han puesto en evidencia los compañeros de camino del poeta cuando se han reunido a celebrarlo. Cuando manifiestan júbilo porque el Cervantes llegó a Venezuela, cuando se reconocen en el espejo de uno de sus semejantes especialmente digno de atención y lo pregonan, nos recuerdan que sus obras no han dejado de cumplir los propósitos de su vocación y continúan en la faena. Una exposición tan evidente de naturaleza colectiva ha puesto en primera plana a un oficio académico y artístico que parecía desterrado de la vida venezolana. Era, por consiguiente, apenas  reconocido por las mayorías de la población. Es un hecho susceptible de atención en una comarca de bibliotecas desvencijadas y universidades condenadas a la inanición, de catedráticos e investigadores muertos de hambre por el desprecio del régimen; de bardos ministros y vicepresidentes vates; de museos arrinconados y librerías con candado, de ausencias aplastantes en el mercado de las novedades editoriales que son esenciales para el impulso de la creatividad y de las ciencias en general.

“El Cervantes llegó a Venezuela (…) ha puesto en primera plana a un oficio académico y artístico que parecía desterrado de la vida venezolana”

Para acompañar la celebración de Rafael Cadenas, el portal Prodavinci publicó la nómina de sesenta y dos venezolanos que antes habían recibido premios y pergaminos del extranjero. Del reportaje se desprende que ya había antecedentes en la valoración de nuestros autores, y que ahora solo se continuaba. Poco después, hace apenas unos días, se recibió la noticia de que el joven novelista Rodrigo Blanco Calderón, premiado antes en Guadalajara con una distinción que lleva el nombre de Vargas Llosa, era escogido como el mejor narrador en un certamen de cuentos de prestigio internacional. Pero hay más. Dentro de poco, Germán Carrera Damas, un historiador de aportes dilatados y consistentes, recibirá el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Metropolitana.

Todavía más. Ayer, con auditorio repleto, se analizó en la UCAB la obra de Manuel Pérez Vila, quien vino de Cataluña a reanimar nuestros estudios históricos y a hacer compilaciones documentales de trascendencia. En el Palacio de las Academias no se han derrumbado los techos ni se han inundado sus salones porque las juntas directivas que lo administran se han ocupado de mantenerlo en pie, con un mínimo auxilio de las autoridades del ramo. En la Fundación para la Cultura Urbana, de la que formo parte, continuamos el trabajo de analizar el siglo XX venezolano y la preparación del Premio Transgenérico. María Fernanda Palacios no para de dar conferencias sobre temas literarios, como si las aulas universitarias no hubieran pasado por los vendavales del chavismo. Ana Teresa Torres le quita tiempo a su trabajo de novelista para hacer críticas cotidianas de oposición. Vemos al antropólogo Alfredo Chacón, también poeta de importancia, como consuetudinario acompañante de numerosas actividades culturales. Es un nuevo oficio de animación que se ha tomado en serio. El filólogo Francisco Javier Pérez funciona como adelantado de nuestras letras en Madrid, en su trajín de Secretario General de las Academias Hispanoamericanas de la Lengua. Desde Tenerife, Antonio López Ortega prosigue su tenaz vocación de promotor de nuestra cultura. Se acaba de dar la bienvenida, a casa llena, a la edición de un libro de Ariana Neumann sobre la aventura de su padre, quien importa por su vínculo con las artes plásticas en la segunda mitad del siglo pasado. Pese a los costos cada vez más elevados en el mercado de las publicaciones, tres o cuatro editores esforzados siguen publicando a los autores del patio.  No hay acto de La Poeteca, una convivencia caraqueña sin fines de lucro, que no sea cálido, concurrido y luminoso. Lo mismo sucede con la mayoría de las presentaciones de la también capitalina librería El Buscón

“Es un hecho susceptible de atención en una comarca de bibliotecas desvencijadas y universidades condenadas a la inanición, de catedráticos e investigadores muertos de hambre por el desprecio del régimen”

La descripción incompleta y subjetiva que precede reafirma la existencia de figuras del pensamiento y del lenguaje cuyo trabajo no ha tenido pausa pese a las trabas del régimen, groseras y tenaces. El hecho de que ahora sean incorporados a una realidad que no los había contemplado en su plenitud, se debe en buena medida al premio de Cadenas. Ese punto le ofrece un regocijo añadido a su medalla. Pero hay otro asunto susceptible de relevancia aquí: los autores que ahora pueden ser más reconocidos por la sociedad se deben juzgar como figuras de la resistencia contra la dictadura, junto con las personas que los leen y acompañan. Pueden ser más numerosos y enfáticos, las figuras y sus destinatarios, cuando se requieran armas sigilosas para arremeter contra la indigencia intelectual de la nomenklatura “bolivariana”. Estamos ante los animadores de una batalla contra la barbarie que no redactan proclamas políticas, ni llaman a mítines escandalosos, pero que cuentan con unos parroquianos cada vez más numerosos y sutiles. Alrededor de sus obras se fortalecen espacios de resistencia cívica capaces de liquidar a la bestia de un volapié, no en balde son estoqueadores escurridizos.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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