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22 febrero 2024

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Los hijos de las presas políticas sufren una separación forzada que se parece al abandono

Tras 24 horas después del nacimiento de su bebita, Yusimar Montilla fue devuelta al Internado Judicial de Monagas, donde estuvo detenida desde su séptimo mes de embarazo. Ahora está en el Centro Nacional de Procesados Militares de Ramo Verde, en el estado Miranda, mientras su bebida permanece en oriente.

Aunque con residencia en el estado Lara, Emirlendris Benítez fue detenida en Portuguesa y trasladada a la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) en Caracas. Ahora está en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF) en Miranda. En el momento de su detención su hijo tenía cuatro años y, desde entonces, se han visto tres veces nada más. Algo similar ocurre con Aidaliz Guarisma, quien fue detenida en Mérida y trasladada a El Helicoide en Caracas. Ahora está en el INOF. Su hija tenía ocho años cuando fueron separadas. No se han vuelto a ver desde entonces.

Por su parte, Jennifer Osuna fue detenida en el Palacio de Miraflores y trasladada a una casa clandestina de torturas. De allí, se la llevaron a la DGCIM y ahora está en el INOF, donde ha visto a su hija apenas tres veces. En el momento de la detención la niña tenía tres años. Ocurre que en el INOF las visitas de niños son posibles una o dos veces al año, en las vacaciones escolares, en las decembrinas o en ambas.

“Si el Estado vulnera los derechos a la madre, vulnera los del hijo”

Laura Louza, abogada y directora de la ONG Acceso a la Justicia

Es cierto: así como están los centros de reclusión en Venezuela, llevar a un bebé y a un niño a estos lugares es exponerlos a condiciones no aptas de seguridad e higiene. Pero las separaciones de las madres y sus hijos violan demasiados derechos y estas violaciones comienzan así: en este país solo hay diecisiete anexos femeninos independientes en los centros penitenciarios, ninguno en los centros de detención transitoria y un único centro de reclusión para mujeres, que es el INOF.

De los 89 centros de detención en el territorio nacional monitoreados por la ONG Una Ventana a la Libertad, solo doce cuentan con áreas de visitas para que las detenidas tengan contacto con sus hijos. Pero un área de visita es solo eso, no es la guardería con personal pediátrico y psicológico calificado que, de acuerdo con las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos debe estar en los centros de reclusión de manera permanente.

Así que sin instalaciones diseñadas para mujeres, no hay modelo carcelario femenino eficaz para el desarrollo de la maternidad ni del vínculo vital entre la madre y el hijo.

Advierte la abogada Laura Louza, directora de la ONG Acceso a la Justicia: “Si el Estado vulnera los derechos a la madre, vulnera los del hijo. La víctima directa es la madre, pero hay otra víctima, que es indirecta o paralela, que es el hijo y ese niño tiene derecho a tener justicia. Aunque no esté directamente procesado, está afectado directamente, porque su mamá está presa y porque no hay Estado de Derecho”.

Dicho de otro modo: así como a Yusimar le violaron su derecho a amamantar, a su bebita le violaron su derecho a ser amamantada y de permanecer con su mamá hasta los tres años, como establece la Ley de Reforma del Código Orgánico Penitenciario. Y hay que decir más: siguiendo la misma ley, Yusimar ni siquiera debió ser aprehendida por estar en el último trimestre de su embarazo. En una separación como ésta, hasta se puso en riesgo el derecho a la vida de la madre y de la hija, sobre todo porque ninguna de las dos recibió atención médica especializada durante el período de lactancia. En junio de 2022, Decired Ortega, tía de Yusimar, declaró para un medio venezolano que la bebé había presentado amibiasis e infecciones urinarias.

Si este horror fue posible, también es posible cualquier pena, tortura, trato cruel, inhumano o degradante. Hoy, los niños de Emirlendris, Aidaliz, Jennifer y tantos otros crecen sin el derecho constitucional de vivir, criarse y desarrollarse con su familia de origen, y sin el derecho que tienen todos los niños del mundo para que toda decisión que los afecte tome en cuenta lo mejor para ellos. Todo esto, porque sus mamás son víctimas de detenciones arbitrarias por razones políticas.

La complejidad de esta tragedia cotidiana no es solo el incumplimiento de cualquier marco legal. Explica la psicóloga Daniela Rojas, de Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap):

“Estos niños saben que tienen una mamá, pero como no está tan presente, pueden tener muchas preguntas, inseguridades y cuestionamientos. Con estos grandes vacíos, los niños pueden caer en la sensación de ‘me abandonaron, porque no soy importante’ o ‘me abandonaron, porque hice algo mal’. Y esto afecta directamente su autovaloración y autoestima, mucho más con la ausencia de la madre”.

No es poca cosa lo que viven estos niños: sus preocupaciones constantes por mamá, de acuerdo con la psicóloga Rojas, pueden manifestarse en comportamientos disruptivos como dificultad en la concentración o para recordar, altos niveles de angustia y cambios en la respuesta emocional.

“En la visita -cuenta Jennifer- mi hija, al principio, no quería jugar. Me decía: ‘Mami, no voy a jugar ahorita. Yo vine a estar contigo, más tarde juego’. Tan bella mi pioja, pero yo quería que jugara. Al rato fue que lo hizo”. Y cuando la niña jugaba, quería estar más con su mamá y cuando estaba con su mamá, también quería jugar.

Concluye la psicóloga: “No es nada fácil para los niños. Mientras pasan por estos procesos sin poder racionalizar los motivos reales de por qué mamá no puede estar con ellos, tienen que adecuarse a otra crianza, a otro estilo de vida, a veces con familiares donde no han tenido un vínculo anteriormente o donde no hay disponibilidad emocional ni económica. Y mientras más larga sea la separación, esto podría derivar en conflictos familiares”.

Tampoco es fácil explicarles cómo es que mamá siendo buena está castigada donde están “los malos”.

“Cuando me detuvieron -recuerda Aidaliz- le dijimos a mi hija que yo estaba trabajando, que es lo que decimos casi todas [las detenidas], pero ella siempre supo que algo había pasado conmigo. Como ya leía, tenía comprensión lectora y escribía de forma fluida, se puso a buscar y se enteró por internet, porque es muy habilidosa. Este año fue que le hablamos con franqueza y ahora dice mucho que cuando sea grande le van a pagar lo que me hicieron, y me siento muy mal por eso… Ella es una niña que tiene que vivir cosas de niña”.

Y como ella, todos estos niños tienen que vivir cosas de niños y no la peor de las injusticias: el mismo Estado que debe garantizarles su protección, los condenó a una separación forzada que se parece al abandono.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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