En la aldea
20 mayo 2024

Buscando liderazgo moral

“La lucha democrática en nuestro país se ha extendido en el tiempo y nadie sabe cuándo terminará el compás autocrático que abrió el chavismo-madurismo. Recuperar la esperanza es un desafío enorme y honrarla será aún mayor. La persona que aspire liderar nuestro movimiento democrático debe encontrar caminos de esperanza responsable para todos. En un país de mentiras y simulación, pedimos verdad y autenticidad”.

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Desde hace un tiempo, siento la imperiosa necesidad de ordenar y escribir lo que pienso. Por “imperiosa necesidad” entiendo el llamado ineludible a darle forma escrita a mis ideas. Aún no descubro la razón precisa de esta disposición. Quizás es un mecanismo psicológico para liberarme del peso de nuestra cotidianidad. Quizás son las migajas que uso para dejar rastro en el sendero que nos tocó transitar. Quizás es lo que quiero que lean mis hijos cuando se pregunten por qué su mamá decidió hacer política en dictadura. Honestamente, no lo sé. Lo cierto es que esta columna digital se ha convertido en el refugio predilecto de mis reflexiones.

Y, en esta oportunidad, compartiré con ustedes algunas ideas sobre los rasgos que considero imprescindibles en el liderazgo político que aspire dirigir nuestra lucha democrática. Como siempre, son ideas abiertas al tiempo y es mi mayor deseo contribuir al debate. Desde hace un tiempo, también valoro especialmente el disenso honesto que puede abrir puertas al consenso; sobre eso escribiré en otro momento.  

El pasado 21 de julio el Centro de Estudios Políticos FORMA presentó el informe de condiciones predemocráticas en Venezuela 2023. Es un estudio cualitativo y cuantitativo sobre las disposiciones que puede ofrecer nuestro contexto para promover y sostener una eventual liberación democrática. Si desean ver el informe completo, lo pueden buscar en www.red-forma.com. Esta investigación arrojó hallazgos interesantes. Entre ellos, algunas pistas sobre el tipo de liderazgo que demandan los venezolanos. Más de la mitad de los consultados -opositores, oficialistas y no alineados- afirmó que los dos atributos que más valora en el liderazgo político son la honestidad y la transparencia. Esta respuesta me pareció interesante. Estas cualidades son profundamente humanas.

“¿Es posible conseguir a ese venezolano o a esa venezolana que nos anime a trabajar unidos hasta alcanzar la democracia?”

Se pudiera pensar que nuestro caos cotidiano puede exigir otras cosas. Mano dura, eficiencia, experiencia de gobierno o preparación académica, entre otras. Sin embargo, después de más de dos décadas de chavismo-madurismo, parece que los venezolanos advertimos que nuestro problema no es técnico, si no moral. Y, por eso, aspiramos a un liderazgo de ese talante.

Pedir honestidad y transparencia es una buena noticia. Revela que tenemos la conciencia despierta y que somos sensibles al mal que padecemos. En un país de mentiras y simulación, pedimos verdad y autenticidad. Lo reitero: es una buena noticia. Esta demanda me llena de esperanza. Entre otras cosas, no en pocas oportunidades me he descubierto solicitándolas. Reconocerme parte de una demanda colectiva me da la alegría de pertenecer. Por eso, decidí ponerme en la tarea de reflexionar sobre el liderazgo moral que pudiera emerger en nuestro país y en nuestro tiempo… ¿Cómo es?, ¿qué virtudes lo deben revestir?, ¿es realizable? En los párrafos que siguen ofreceré algunas ideas.

Antes de seguir, quiero redundar en mi advertencia inicial: estas son consideraciones que no pretenden agotar el tema. Es mi mayor deseo recibir alguna réplica respetuosa o algún complemento que las enriquezca. En este artículo, me detendré en tres rasgos que considero indispensables en el liderazgo -honesto y transparente- que reclama nuestro país: empatía, firmeza y esperanza.

Comencemos por la empatía, entendida como la capacidad de identificarse con alguien y de compartir sus sentimientos. Esta disposición exige una condición previa. Sólo puede ser empático quien sale de sí mismo y quien se abre a los demás. Esta apertura es cercanía humana y capacidad para escuchar. Es disponerse a conocer y a valorar lo bueno que hay en el otro, especialmente en quienes piensan distinto o son críticos con nuestra posición. Estar en los zapatos del otro es difícil. Hay que entrenarse para ello.

Al donarnos con generosidad lo recibimos todo. Alegrías, gozos y anhelos. Reproches, dolor y miedo. En este camino, está la tentación de la crispación y del sentimentalismo. Crispación con la queja sostenida y con el potencial rechazo. Sentimentalismo o la exacerbación de las emociones que puede nublar el juicio y banalizar las dimensiones del mal que vivimos. Por eso, la auténtica empatía debe estar anclada en la humildad y en el respeto. En concreto, un líder o una líder política empática se hace experta en el otro, lo acompaña, reconoce sus fortalezas y las potencia. Dicho en términos cotidianos, un líder empático es una persona cercana y confiable.

Veamos ahora la firmeza. La firmeza es la fuerza moral de quién no se deja dominar ni abatir por nada ni por nadie. Es constancia, fijeza y coherencia. Esta virtud me recuerda a las espadas medievales. Hierros que, cuando son sometidos a altas temperaturas, se transforman en filos inquebrantables. Una espada perfecta es tan fuerte que puede doblarse sin romperse. Un líder de este talante tiene estas cualidades. La firmeza también puede degradarse y convertirse en tozudez o en pusilanimidad. Tozudez cuando se transforma en inmovilismo o en inflexibilidad ante los desafíos que impone la realidad. Y pusilanimidad cuando se evita el compromiso en algún propósito relevante. Por eso, el principal aliado de la firmeza es la prudencia o la capacidad de leer cabalmente el contexto y tomar buenas decisiones. Me atrevo a decir que esta virtud es especialmente importante en estos momentos. Más de veinte años de jaleo han enrarecido nuestro espectro político y no en pocas ocasiones cuesta entenderlo. En esta “tierra de sombras”, la firmeza cobra especial importancia.

Por último, la esperanza. Este es quizás el atributo más retador. La lucha democrática en nuestro país se ha extendido en el tiempo y nadie sabe cuándo terminará el compás autocrático que abrió el chavismo-madurismo. Los venezolanos lo hemos intentado todo: hemos marchado, hemos votado, hemos protestado… y aún no hemos logrado avanzar de manera definitiva hacia la democracia. Estos episodios inacabados han herido nuestra esperanza. Después de cada intento fallido, pareciera que la dictadura se perfecciona en su capacidad de dominación y nosotros nos debilitamos en nuestras ganas de luchar. Quizás, por eso, vemos con desdén las posibilidades de cambio que puede ofrecer el presente y nos entregamos a una apatía que solo beneficia a quienes desean permanecer en el poder.

Recuperar la esperanza es un desafío enorme y honrarla será aún mayor. La persona que aspire liderar nuestro movimiento democrático debe encontrar caminos de esperanza responsable para todos. Entiendo por esperanza como esa disposición interior que se abre con optimismo al porvenir. Y la considero responsable cuando está anclada en la realidad y en el esfuerzo personal. En contextos hostiles como el nuestro, puede existir la tentación de apaciguar la esperanza con un realismo exacerbado que saca de la ecuación imponderables a los democratizadores. Por eso, el arte estará en acompasar los datos que ofrece la realidad con las capacidades humanas que podemos desplegar, sin dejar de lado las nobles aspiraciones que aún hoy nos animan. 

No es mi aspiración resolver en estos párrafos el problema del liderazgo que queremos los venezolanos. Y, seguramente, si usted ha llegado hasta este punto de la lectura, se estará preguntando lo mismo que yo: ¿Es posible conseguir a ese venezolano o a esa venezolana que nos anime a trabajar unidos hasta alcanzar la democracia? Esta pregunta me la he hecho en distintos momentos. Y, honrado la honestidad que se cuela en estos artículos, debo confesar que he vivido periodos de oscuridad. Momentos en los que pienso que nunca saldremos de esto y que quizás no vale la pena luchar. Episodios catastróficos, dirían los especialistas. Cuando eso ocurre, me ayuda recordar que no somos el primer país que atraviesa estos desafíos y que tampoco seremos el único que no logre superarlos.

También me reconforta ver a mi alrededor y encontrarme con tanta gente buena que trabaja sin descanso por este país. Y, finalmente, me alivia escribir y lanzar estas reflexiones al espacio público bonsái que hemos confeccionado. Quizás, si el viento sopla a mi favor, esa venezolana o ese venezolano de carne y hueso que lucha por guiarnos hacia la democracia se topará con estas ideas, las lea y las encuentre interesantes…


*Periodista, política e intelectual venezolana. Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Rostock (Alemania). Presidente del Instituto de Estudios Políticos FORMA y editora de la revista “Democratización”.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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