En la aldea
20 mayo 2024

Los periodistas Jesús Piñero y Valeria Pedicini retratan en este libro las carencias de la comunidad pemón

Canaima más allá del selfie

En el libro "Canaima de carne y huesos", dos periodistas venezolanos se internan en el parque nacional para describir las precariedades que sacuden a 10 mujeres de la comunidad indígena pemón y su vulnerabilidad frente al negocio de la minería.

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En uno de los escenarios más antiguos del planeta y privilegiados por la naturaleza, la pobreza hace ruido y se disimula entre el brillo que brota de las minas y las fotografías de la cascada más alta del mundo. Entre tepuyes y ríos de piedras carmesí, es cotidiano atender un parto de una niña de 13 años.  El oro se erige como un espejismo de calidad de vida,  pero al final del día, se vuelve miseria, violencia sexual, enfermedad y muerte.  Esto es Canaima de carne y huesos, de Editorial Dahbar.

En el libro, publicado este año, los periodistas Valeria Pedicini y Jesús Piñero viajan a esta joya del sur de Venezuela para contar las historias de 10 mujeres de la comunidad indígena de la etnia pemón kamarakoto, golpeadas por las precariedades y el autoritarismo; pero quienes subsisten con valor, disciplina y revisitando sus conocimientos ancestrales. 

El texto es, según Piñero, “una mirada a una Canaima que pocos conocen”. Los autores se internaron en el parque nacional durante una semana de agosto de 2022 para escuchar los relatos de las protagonistas y retratar cómo esta población “a la que solo se puede acceder de forma área, ha enfrentado en estos últimos años los problemas propios de un pedazo de tierra que para muchos es un paraíso pero para sus habitantes es un infierno, más allá de la postal de Instagram y del viaje en helicóptero por el Salto Ángel. Es una invitación a salir de la burbuja caraqueña, para conocer a una Venezuela que yace escondida detrás del turismo fancy que muchos exponen en redes sociales, una Venezuela que vive en el medio de la selva, en el corazón de la Gran Sabana”, cuenta Piñero en conversación con La Gran Aldea.

Se trata de mujeres sobrevivientes, tanto a la crisis humanitaria como a la pandemia de coronavirus, quienes recurrieron a la tierra para poder alimentar a su familia en los peores tiempos. Son también los testimonios de mujeres que unen piedras, semillas y canutillos para crear un accesorio que sirva de souvenir. Mujeres que luchan por hacer música con instrumentos donados, que cuidan con excesivo celo para que la humedad no cambie el acorde. Mujeres que han convertido la sombra de un limonero en el centro de acceso a internet de la comunidad.  

“Son mujeres, que además de estar desplazadas históricamente, han podido abrirse camino en medio de una sociedad de hombres, aunque muchos digan que su cultura es matriarcal. Son mujeres que la han tenido difícil, no solo desafiando los valores impuestos sino también enfrentando a un Estado que se dice indigenista y feminista. Elegimos ese perfil precisamente por eso, porque han sido una víctima histórica y creemos que son las principales protagonistas de la crisis”, explica Piñero.

Si bien en Venezuela hay crisis en cada esquina, ¿por qué escoger Canaima?

– Porque ves el contraste al llegar, las dos Venezuela, o las tantas Venezuela. Un destino que se ha convertido en el predilecto de un grupo minoritario capaz de pagarse unas vacaciones en ese lugar que esconde una cruda realidad que no se lee en los anuncios de las agencias de viaje, ni mucho menos de Conviasa. Quisimos desmontar un poco la idea que existe sobre el parque nacional. No, no solo son los tepuyes, que son bellísimos, ni el Salto Ángel que es extraordinario, es también un grupo social que no ha escapado de la compleja situación que vive el país y que ha sufrido, como nadie, la falta del Estado y ha tenido que resolver, como la mayoría de los venezolanos, por cuenta propia para poder llevarse un pan a la boca. La mayoría ha tenido que volver a los orígenes: al conuco, como si viviéramos en el Neolítico, y a la minería ilegal, por supuesto.

-¿Cuánto pesa la actividad minera en la vida de estas mujeres?

– Muchísimo, tienen nietos, hijos, hermanos y esposos en las minas. Muchas de ellas han tenido que ir a cocinar, a lavar, a atender a los mineros de muchas maneras para poder ganarse la vida que ya de por sí es bien cara por el alto flete que deben pagar para traer comida desde Santa Elena de Uairén, Ciudad Bolívar, Puerto Ordaz, o desde Caracas. La minería es su día a día y se refleja hasta en los pagos que hacen con gramas de oro, que es la «moneda» después del dólar que más usan. Ahí no existe el bolívar: ni el fuerte, ni el soberano, ni el digital… Nada, no hay pago móvil ni Zelle, solo efectivo.

-¿Qué sensación le dejó  escuchar esos testimonios de miseria en un lugar cuya majestuosidad es indiscutible?

-Salí con ganas de hacer, terminar y publicar este libro rápido. Quiero que la gente lo lea, que conozca y comprenda que existe una realidad más allá del selfie. Que los problemas del estado Bolívar, por ejemplo, trascienden las consecuencias ambientales que nos deja el Arco Minero, que hay un impacto social muy fuerte de ese problema y de lo que vivimos en Venezuela desde hace dos décadas. Que dejemos de pensar que porque es un lugar turístico, en el que circula mucho dinero, esa riqueza no necesariamente se ve materializada en la vida de quienes viven ahí. Mucha gente piensa que, como se trata de un parque nacional, no hay casas. No, en Canaima hay gente que jamás ha salido de allí, gente que sueña con conocer el Salto Ángel, a pesar de tenerlo a un lado, porque no pueden darse el lujo de pagar el recorrido. Son personas que sueñan con mejorar, con salir adelante, con aprender inglés.

En el texto hablan de lo común que es atender un parto de una adolescente de 13 años ¿qué teme para esas niñas? ¿Piensan en futuro? ¿Cómo vio, en líneas generales, a esas mujeres ¿Esperanzadas? ¿Derrotadas? ¿Resignadas?

-Muchas de esas mujeres, pese a los golpes, siguen esperanzadas. El libro también da cuenta de eso, no todo es trágico. Ellas han podido abrirse paso pese a la adversidad. Una de ellas, por ejemplo, Gina, fundó el primer registro civil en 2009… O sea, una cosa que Antonio Guzmán Blanco decretó en el siglo XIX no llegó a Canaima hasta el siglo XXI. Otra lucha para que la lengua pemón kamarakoto se mantenga viva en la única escuela, otra sueña con tocar en alguna orquesta fuera del país, con que sus hijos puedan estudiar una carrera universitaria. Hay esperanza, hay deseo de superación y eso no significa que desprecien de donde viene, se sienten orgullosísimas de ser canaimeras, pero quieren condiciones de vida dignas, cosa que no tienen porque viven al margen de los grandes campamentos, que por cierto, son administrados por foráneos, porque los de ellos no cuentan ni con la capacidad para competir ni con los privilegios que el gobierno les otorga a los negocios de sus amigotes.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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