En la aldea
27 mayo 2024

La dedicatoria de Maquiavelo

"El príncipe", de Maquiavelo, no es un recetario de actualidad, es una orientación que nos llega de otros tiempos: de mirar al pasado. Para el análisis político es necesario conocer de historia, no basta con la "celebridad" en las redes sociales

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Elías Pino Iturrieta | 17 marzo 2024

Maquiavelo dedica El príncipe a Lorenzo de Médicis, quien era duque de Urbino y uno de los mandatarios más importantes de su tiempo. Quiere hacerle un servicio, quiere obsequiarle una merced de utilidad, y por eso escribe en la dedicatoria:

Deseando yo, pues, ofreceros una prueba de mi adhesión y respetuosa obediencia, he encontrado que la alhaja de más valor, y tal vez la única que poseo, es el conocimiento de lo que han hecho los grandes hombres; conocimiento que he adquirido con una larga experiencia de la política moderna, y una lectura continua de la que seguían los antiguos. De todo esto, meditado y examinado con detención escrupulosa, he formado un pequeño volumen que os envío, pues, aunque creo que mi obra es indigna de tamaño honor, sin embargo, confío en que será acogida con benevolencia, considerando que no puedo ofreceros mayor regalo que el conocimiento instantáneo de lo que tantos años y peligros me ha costado aprender.

Es una obra redactada en 1513, después de haber ejercido de secretario del gobierno de Florencia, su ciudad natal, y de dirigir misiones diplomáticas en dominios vecinos y en los estados pontificios. Escribe desde su experiencia de alto funcionario, pero advierte que sus conocimientos provienen del análisis de una antigüedad a la que ha dedicado tiempos  de meditación e investigación.

No escribe solamente desde la luz que podía ofrecer una rutina burocrática de escala elevada, faro de valor cuando se trabaja para la utilidad de un gobernante enfrentado a los desafíos propios de su oficio, sino también desde la profundidad de sus conocimientos de la historia clásica. O más bien de los historiadores clásicos, porque dedicó años a la investigación de uno de los autores fundamentales para el entendimiento de los orígenes de la civilización que, aunque en segmentos descoyuntados, cada uno a su aire, vivía el esplendor renacentista.

El Renacimiento Italiano impulsó técnicas desconocidas hasta entonces por la investigación histórica, un tratamiento más riguroso de la documentación, un cotejo de versiones susceptible de intentar una aproximación razonable a la verdad de los hechos, o a su verosimilitud.

Maquiavelo militó con fervor en esa escuela bajo la dirección de Francesco Gucciardini, uno de los historiadores más célebres de entonces, maestro del claustro moderno pero también personaje interesado en los trajines del poder de la época, laicos y religiosos. De tal magisterio surgió una de las obras de mayor trascendencia que produce la historiografía de la época: los Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

Partiendo de las descripciones de Tito Livio, Maquiavelo quiso en los Discursos fijar las fuentes de inspiración de los magistrados y los políticos de la república romana. Como Livio no era dado a especulaciones sino a búsquedas fieles a la realidad de un dominio que pretendía inspirar a su sociedad y a sociedades parecidas, el secretario-historiador las rescató para beneficio de la posteridad. Es lo que ofrece como brújula a Lorenzo de Médicis y lo que concede excepcionalidad a El príncipe, que no es un recetario de actualidad sino una orientación que viene de itinerario remoto, de pasos lejanos sin cuya memoria no se superarían los vaivenes de una actualidad que solo es manejable en apariencia si apenas se mira  hacia el presente. «Nadie se acercó tanto como él a los antiguos», afirmó Menéndez y Pelayo.

Maquiavelo insiste en la orientación cuando escribe las Historias florentinas, que es más filosofía de la historia que relación o descripción de unos sucesos. Aquí reflexiona sobre hechos concretos para atreverse a conclusiones de naturaleza genérica, a pensamientos capaces de distinguir el comportamiento de su sociedad y de pronosticar conductas posteriores. Sin tales pensamientos no se calibra la profundidad del librito que puso en las manos del Duque de Urbino, ni el interés que continúa despertando.

Ni las ganas que tenía yo de afirmarlo con todo el entusiasmo del mundo para poner en su lugar a los analistas de moda, a los consejeros de redes sociales y a mucho charlatán que pontifica sin haberse leído un solo volumen de historia patria.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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