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21 mayo 2024

Liberalismo popular en 12 lecciones: competencia vs. rentismo

«Una economía de mercado, sobre todo cuando se basa en la competencia, no solo es coherente con la libertad de las personas, sino que también promueve su capacidad innovadora y su espíritu emprendedor»

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Roberto Casanova | 19 abril 2024

Lección 3: competencia vs. rentismo

3.1 En la lección anterior, mencioné que las instituciones pueden ser definidas como reglas que incentivan o desincentivan comportamientos. En este sentido, las economías funcionan de manera diferente si están reguladas por instituciones distintas. Por ejemplo, para un empresario no es lo mismo operar en una economía donde las instituciones cuidan la libre competencia que en otra donde las instituciones estatales pueden dar forma a esquemas de protección para ciertos sectores productivos. Los incentivos, en uno y otro caso, generarán comportamientos diferentes, y estos a su vez moldearán los procesos económicos, que variarán en aspectos fundamentales. En ambos casos el interés individual estará presente, pero los resultados colectivos, no buscados por alguien en particular, serán disímiles. Analicemos esto a partir de dos casos «puros» que nos permitan identificar algunos mecanismos causales, útiles para comprender nuestras realidades económicas.

3.2 En una sociedad moderna, individuos y organizaciones, en tanto agentes económicos, se hallan, básicamente, ante dos vías para progresar. La primera consiste en ofrecer a las demás personas, a través de relaciones de mercado y en competencia con otros oferentes, bienes y servicios que aquellos valoren lo suficiente como para pagar (precios, salarios, alquileres, etc.) que compensen con creces los costos en los que se ha incurrido para producirlos o prestarlos. Esta es la vía de la competencia. La segunda vía supone la captura, directamente o a través de mecanismos de mercado, de recursos de los demás mediante el uso del poder, sobre todo del Estado, dando forma a lo que, de manera general, puede llamarse rentismo. 

3.3 Antes de analizar con algún detalle cada una de estas vías, es imprescindible hacer dos aclaratorias conceptuales. La primera se refiere a la noción, a menudo utilizada, de competencia “perfecta”. Este es un modelo teórico desarrollado por los economistas para aislar y comprender ciertas relaciones. Se le califica como “perfecta” porque se basa en supuestos ideales, como la disponibilidad total de la información necesaria para tomar decisiones. Sabemos, por supuesto, que en la vida real la información disponible es limitada, cambiante y subjetiva. Es precisamente debido a esta limitación que la función empresarial cobra sentido, ya que esta se orienta a descubrir información que configure oportunidades de negocio. Por lo tanto, aunque el modelo teórico de competencia perfecta pueda ayudarnos a entender ciertos aspectos basándose, como todo modelo tiene que hacer, en situaciones idealizadas, no es válido afirmar que los mercados presentan “fallos” simplemente porque no cumplen con los supuestos del modelo. Esta afirmación es, en realidad, una manera no tan sutil de justificar la intervención estatal. La segunda precisión se relaciona con el concepto de “rentismo”. Este término se deriva de la noción de renta o excedente que un agente económico puede obtener en un contexto en el que logra evitar la competencia de otros agentes. Normalmente, esto es posible si cuenta con el apoyo, por acción u omisión, del Estado. Por extensión, me refiero aquí a la renta como la ganancia que personas u organizaciones, en tanto agentes económicos, procuran obtener mediante el poder del Estado y no mediante la competencia en el mercado. Esto no significa necesariamente actuar fuera del mercado, sino más bien hacerlo con base en ciertas ventajas o privilegios.

3.4 Exploremos la vía de la competencia. Para ello me centraré en el análisis de los mercados de productos, pues lo que diré con respecto a estos valdrá también, con las debidas adaptaciones, para otros mercados. En una economía de mercado, cada individuo busca mejorar su situación voluntariamente, sin coacción, mediante el intercambio de algo que posee por algo que valora más en ese momento. No es necesario que los participantes en un intercambio se conozcan ni que compartan fines. Solo se requiere la existencia de información sobre lo que se compra o vende: su precio, su calidad, su disponibilidad, etc., y que ciertas reglas, como los derechos de propiedad y la autonomía contractual, se respeten. Es clave destacar que, como consumidores, valoramos los productos a partir de consideraciones personales y subjetivas. El valor no es un rasgo inherente a las cosas, sino algo que les atribuimos. Esta valoración subjetiva nada tiene que ver, en especial, con el costo ni el esfuerzo en los que el productor pudo haber incurrido para crear una mercancía. Esta es una información que nosotros, como consumidores, difícilmente podríamos conocer y que, de hecho, no necesitamos para decidir si pagamos o no el precio que el productor solicita. Es por ello, vale agregar, por lo que la noción de “precio justo”, como aquel que no se aparta significativamente del costo de producción, resulta errónea. Además de peligrosa, pues abre las puertas a iniciativas de controles de precios y sus funestos efectos. La justicia en un intercambio está, en realidad, en la ausencia de coerción, fraude o incumplimiento injustificado.

3.5 En un mercado en el que existe competencia, los productores tienen que hacer su mejor esfuerzo para satisfacer las necesidades de los consumidores, pues estos tienen siempre la posibilidad de acudir a otros oferentes y son quienes, en última instancia, definen, con base en sus valoraciones subjetivas, insisto, cuál es el precio que están dispuestos a pagar por un bien o servicio. De este modo, sin proponérnoslo, las personas, con nuestras decisiones individuales y no coordinadas entre sí, vamos dando forma a los precios, que actúan entonces como señales sobre lo que falta y lo que abunda, y nos permiten ir ajustando nuestras conductas como agentes económicos. Esa dinámica, que puede parecer casi trivial, significa en realidad que una economía de mercado, sobre todo cuando se basa en la competencia, no solo es coherente con la libertad de las personas, sino que también promueve su capacidad innovadora y su espíritu emprendedor. En tal sentido, la función empresarial juega un papel fundamental. La función empresarial, que no debe confundirse con el llamado sector empresarial, la ejerce cualquier persona o empresa que, al identificar una oportunidad de mercado derivada de una demanda insatisfecha, se dedica a crear bienes y servicios con el objetivo de obtener una ganancia. Este proceso implica coordinar recursos productivos de diversos tipos —mano de obra, tecnologías, activos físicos, capital financiero, etc.— y competir con otros proveedores en calidad, oportunidad o precios. La ganancia es entonces el ingreso obtenido por aquellos que desempeñan exitosamente esta función empresarial, gracias a su perspicacia para estimar acertadamente los movimientos de los precios de productos e insumos. 

3.6 Es importante añadir algunos comentarios sobre los monopolios, ya que existe la errónea percepción de que son más comunes de lo que realmente son. La confusión surge debido a la creencia de que una alta concentración en un sector específico por parte de una empresa, automáticamente implica que se trata de un monopolio. Sin embargo, aunque todo monopolio efectivamente disfruta de una alta concentración económica, no toda concentración económica implica necesariamente un monopolio. El mayor peso de una empresa dentro de un sector puede ser el resultado de su mayor eficiencia y es común que las empresas en una posición de predominio de mercado destinen importantes recursos a la investigación y desarrollo para mantener sus ventajas frente a posibles competidores. En este sentido, una empresa innovadora y eficiente puede disfrutar de algo similar a un monopolio transitorio. No obstante, si las ganancias obtenidas por empresas en estas circunstancias son especialmente elevadas, otras compañías se sentirán incentivadas a ingresar al sector. En última instancia, la competencia seguirá siendo un factor clave en este contexto. Sin embargo, cuando el propio Estado promueve la aparición de monopolios, ya sean estatales o privados, la dinámica cambia. Esto puede ocurrir mediante mecanismos como la reserva de actividades estratégicas para una empresa, la implementación de políticas industriales que protegen ciertos sectores empresariales de la competencia extranjera o la concesión injustificada de patentes, por citar algunos ejemplos. En este caso, sin embargo, ya no estaríamos en un contexto de competencia, sino de captura de renta, como veremos a continuación. Es relevante señalar, de cualquier modo, que esto no niega la posibilidad de que una empresa grande utilice, sin apoyo estatal, su poder de mercado para limitar el acceso a un sector a otros competidores potenciales que podrían ofrecer un mejor servicio a los consumidores. En tales casos, la intervención gubernamental se justificaría y debería enfocarse en eliminar estas prácticas monopolísticas y garantizar la competencia. Aunque es cierto que esta solución, a pesar de ser razonable, también conlleva el riesgo de captura de las agencias reguladoras por parte de grupos de interés.

3.7 Pasemos a considerar ahora el rentismo. En una economía donde el Estado interviene de una manera amplia y no basada en reglas de igual aplicación, surgen oportunidades para que individuos y grupos diversos intenten obtener beneficios mediante el acceso a los centros de decisión del poder público. Esta es hoy la forma más importante que adopta el fenómeno de captura de renta. Aunque el término puede incluir prácticas corruptas, su alcance va más allá. Se refiere principalmente a arreglos institucionales que, aunque legales, pueden resultar injustos. Las manifestaciones de esta captura son variadas y numerosas. Algunos ejemplos serían los altos aranceles que crean mercados internos cautivos para ciertos sectores empresariales, subsidios de distinto tipo para diferentes sectores, exenciones tributarias para sectores específicos, prebendas que sindicatos obtienen de administraciones públicas complacientes, el llamado “secreto militar” que permite gastos al margen del escrutinio público y empresas formalmente estatales que, en la práctica, sirven a intereses de grupos privados y políticos.

3.8 En el análisis de la captura de renta, dos mecanismos nos ayudan a comprender por qué surge y cómo opera este fenómeno. El primero de ellos está relacionado con los incentivos generados por el proceso político, tanto en democracias como en autocracias. En la medida en que los gobiernos pueden adoptar decisiones que benefician a ciertos sectores, más o menos amplios, surge un fuerte incentivo para que, en un contexto democrático, los políticos, que requieren votos y recursos para llegar al poder y para mantenerse en él, adopten ese tipo de decisiones. Hablamos, claro está, del conocido clientelismo, antigua práctica asociada a la democracia. En los regímenes autocráticos, por otra parte, el fenómeno en cuestión adquiere modalidades particularmente perniciosas, pues la búsqueda de apoyos se reduce solo a ciertos grupos. En tal sentido, en un contexto autocrático, el poder político y económico se entrelazan fuertemente, dando lugar a la formación de nuevas clases sociales: auténticas oligarquías compuestas por grupos privilegiados. Además, en esta realidad de uso arbitrario del poder, las denuncias pueden y suelen ser respondidas mediante amenazas, persecuciones y violencia por parte de los grupos de poder, que a menudo se convierten en auténticas mafias. Es interesante señalar que, con respecto a estos temas, se plantea en ocasiones una pregunta: ¿Es posible que una autocracia actúe con respeto a la lógica de los mercados y de la competencia económica? Aunque no puedo proporcionar una respuesta definitiva en esta lección, afirmo que los incentivos para que una autocracia utilice la captura de renta en su favor son muy fuertes. De cualquier modo, una autocracia de mercado no sería, desde luego, un orden liberal.

3.9 El segundo mecanismo que permite comprender la captura de renta se relaciona con la llamada “lógica de la acción colectiva”. Según esta lógica, cada miembro de un grupo pequeño tiene incentivos para contribuir con tiempo, dinero, contactos u otros recursos en la búsqueda de privilegios que beneficien a todos los integrantes del grupo. La razón es sencilla: cada miembro recibe un beneficio particular que supera los costos en los que incurriría para que el privilegio sea disfrutado por todos los miembros del grupo. Además, los integrantes de estos grupos pequeños pueden establecer acuerdos creíbles entre ellos. En contraste, en grupos grandes, como los consumidores, los contribuyentes o los usuarios de servicios, el beneficio derivado del logro de un bien colectivo no compensa, para cada individuo, el costo particular para materializarlo. Como resultado, los grupos pequeños orientados a la captura de renta tienden a surgir y mantenerse con más facilidad, mientras que los grupos grandes encuentran severas limitaciones para organizarse y actuar colectivamente de manera sostenida. En definitiva, no todos pueden ser capturadores de renta.

3.10 En los países donde la captura de renta se generaliza, existe el riesgo de destruir los incentivos para la innovación y la productividad, lo que a su vez, limita el desarrollo económico. Esto ocurre porque obtener privilegios resulta más rentable que competir en los mercados, y aquellos dispuestos a actuar como auténticos empresarios perciben riesgos en un contexto donde la institucionalidad está distorsionada y genera incertidumbre. Por el contrario, los países que han establecido y mantenido un marco institucional favorable a la competencia reconocen y premian la función empresarial, lo que fomenta la innovación y el desarrollo económico. Es crucial señalar, además, que la captura de renta es injusta, ya que implica pervertir leyes y políticas públicas en beneficio de intereses grupales, con perjuicios para el resto de la sociedad. Esa conducta rentista contrasta con la que los individuos deben seguir en una economía donde existe competencia, la cual es perfectamente compatible con los principios de la justicia. Aunque en el contexto del mercado puedan surgir ocasionalmente conductas rapaces y tramposas, estas no definen al mercado como un sistema de coordinación social basado en interacciones voluntarias.

3.11 Que una sociedad tome la vía del mercado y la competencia, o la vía del intervencionismo y la captura de renta depende, en gran medida, de lo que el Estado esté habilitado para hacer. Mientras mayor poder y discrecionalidad tengan gobernantes y legisladores; mayores también serán las posibilidades de que las instituciones y políticas del Estado sean puestas al servicio de grupos de intereses empresariales, políticos, gremiales y sindicales, entre otros. Se trata, como hemos visto, de una dinámica asociada a dos tendencias que, siendo opuestas en un sentido, tienen consecuencias similares. Me refiero al abuso democrático y al abandono democrático. Es muy preocupante que hoy, la frustración ante gobiernos democráticos está llevando a muchos a ser seducidos por discursos populistas y líderes autoritarios que culpan de los problemas a minorías oligárquicas y corruptas. Es un caso en el que el remedio resulta peor que la enfermedad, para decirlo coloquialmente. Los regímenes autocráticos, en efecto, suelen allanar el camino para nuevos grupos de interés ansiosos por aprovechar oportunidades de captura de renta, sin siquiera estar sujetos a los controles mínimos de la democracia. En lugar de resolver el problema de fondo, esta dinámica lo profundiza aún más. 

3.12 Nótese algo paradójico: a primera vista, el populismo y el liberalismo coinciden en denunciar la captura del Estado por diferentes grupos de intereses. Sin embargo, la gran diferencia radica en su enfoque: mientras el populismo busca reemplazar a los capturadores de renta con gobernantes supuestamente honestos y defensores del pueblo, el liberalismo se concentra en identificar y eliminar los mecanismos que permiten esta captura. El populismo deja abiertas las posibilidades para el parasitismo por parte de nuevos actores políticos y económicos. El desafío para el liberalismo consiste, en cambio, como hemos mencionado en varias ocasiones, en construir una institucionalidad justa, verdaderamente al servicio del interés general. No es una tarea sencilla: el camino que va desde el fracaso intervencionista hasta el éxito del mercado es, sin duda, accidentado. En cualquier caso, transitar este camino requiere, en democracia, el acompañamiento de las mayorías. Por eso insisto en la necesidad de popularizar el liberalismo. 

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