En la aldea
23 junio 2024

La ineptitud de la mujer, según un científico venezolano

«López Méndez reconoce la existencia de «mujeres superiores», como Juana de Arco, Isabel de Castilla, Madame Stael y George Sand, pero entiende que la generalidad de ellas es inferior debido a características anatómicas y embriológicas»

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Elías Pino Iturrieta | 02 junio 2024

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se establece en Venezuela el pensamiento positivista, una especie de proclamación de la infalibilidad de la ciencia que terminará con las vaguedades del conocimiento que reinaban desde la época colonial. Una especie de fiebre científica se apodera entonces de las nuevas generaciones, especialmente en los claustros de la universidad, para anunciar el establecimiento de un período de Orden y Progreso que iluminará a la sociedad. Desde la medicina hasta la crítica literaria se presentan como objetivas y como revolucionarias, para reinar en las alturas hasta las primeras décadas del siglo XX. 

Uno de los autores que más influye entonces es Luis López Méndez, un laborioso joven que escribe en 1888 un Mosaico de política y literatura a cuyas páginas acude una multitud de lectores entusiastas. Ahora veremos lo que opinaba sobre la mujer, para sentir cómo  han cambiado entre nosotros los pareceres  hasta volverse irreconocibles los de antes. Solo con mirar hacia el avasallante prestigio que hoy ha adquirido María Corina Machado, basta para sentir las distancias entre pasado y presente que nos hacen distintos hasta extremos siderales. 

López Méndez reconoce la existencia de «mujeres superiores», como Juana de Arco, Isabel de Castilla, Madame Stael y George Sand, pero entiende que la generalidad de ellas es inferior debido a características anatómicas y embriológicas. Escribe así en su Mosaico, por ejemplo: «El cerebro de una mujer pesa una décima parte menos que el del hombre… A lo que debe agregarse que las diversas regiones cerebrales no aparecen igualmente desarrolladas; en el hombre lo está la región frontal, y en la mujer la lateral y posterior… todo lo cual ha llevado a la conclusión de que la mujer es un ser perpetuamente joven que debe colocarse entre el niño y el hombre». 

¿Pueden, partiendo de esos parámetros, trabajar en oficios como la medicina? Esta es la despreciativa respuesta: «En los exámenes se desempeñan perfectamente, siempre que no se acuda sino a su memoria; porque cuando se les plantea una cuestión tratada ya en el curso, pero bajo otra forma, se desconciertan y pierden completamente la cabeza. En los laboratorios son torpes y poco cuidadosas. Los compañeros se quejan siempre de las estudiantas que los asedian a preguntas, y les piden a cada instante consejos sobre cualquier bagatela». La mujer no está preparada para el raciocinio, en suma, porque es una faena propia del sexo masculino. 

En las postrimerías de nuestro siglo XIX algunas voces plantean la posibilidad del voto femenino, y ciertas damas atrevidas lo sugieren en tímidas notas que no pasan inadvertidas. Por consiguiente, López Méndez aprovecha el trance para meter el dedo en la llaga antes de que se convierta en deformación  peligrosa o mortal. Aparte de que la mujer pudiera caer en la probable manipulación del esposo, de los hermanos, los tíos y los hijos;  más duchos en un asunto que han monopolizado desde la antigüedad, y por su innata superioridad intelectual, afirma sin parpadear, podrían crearse discusiones que trastornarían la paz del hogar doméstico para que la familia perdiera su «natural encanto». «La mujer es un ser exclusivamente familiar», concluye. En resumen, la sociedad entraría en un indeseable desequilibrio. Que se quede en casa, pues, sin pensar en elecciones ni en partidos políticos. 

Como se supone que nadie en sano juicio piensa hoy como pensaba y juraba Luis López Méndez en 1888 con el apoyo de sus lectores, se comprueba que la sociedad no solo se levanta poco a poco contra prejuicios inveterados hasta volverlos polvo, sino que también se convierte en su antípoda. El encumbramiento político de la ingeniera María Corina Machado, excepcional no solo en los anales de la vida venezolana sino también en situaciones semejantes de los negocios públicos en América Latina, lo demuestra con creces. Y no es una cuestión de anatomía, como planteaba el positivista, sino de afectos y sentimientos. 

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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