En la aldea
31 julio 2026

La ilusión de la estabilidad

La estabilidad no se construye solo con crecimiento económico ni con acuerdos coyunturales. También depende de la legitimidad política, la confianza institucional y la capacidad de los ciudadanos para elegir libremente su destino.

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Henkel García U. | 31 julio 2026

La situación de Venezuela es compleja y agotadora. No me gusta usar el término «complejo» porque suena a lugar común, pero lo que vivimos tiene exactamente ese perfil. Apelar a la idea de agotamiento es, quizás, más empático; estoy seguro de que quien lea estas líneas coincidirá plenamente con ese estado de ánimo. Ha sido un camino duro, extenso y desgastante. Hoy tenemos una ventana de oportunidad que, más allá de responder a un golpe de coyuntura, debe asumirse como un evento que recoge todo el esfuerzo y el sacrificio realizados.

El trayecto parece habernos dejado frente a una encrucijada con vectores divergentes. Por un lado, está la continuidad de un régimen tutelado que, si bien se comporta de manera diferente, sigue conformado por los mismos actores responsables de las atrocidades vividas en los años pasados, tanto en lo político como en lo económico y lo social. Un régimen que, hasta el momento, no transmite la confianza ni la certidumbre mínimas necesarias para los distintos actores que hacen vida dentro y fuera del país. El otro camino es culminar la tarea que la gran mayoría de los venezolanos anhela: un cambio político a través de elecciones que abra las puertas a un proceso profundo de reinstitucionalización y nos lleve hacia una Venezuela libre, virtuosa y próspera.

Régimen con techo operativo

Han pasado siete meses desde los eventos del 3 de enero de 2026 y los resultados, tanto en lo macro como en lo micro, están muy lejos de las expectativas iniciales. Por ejemplo, la producción petrolera es apenas un 11 % superior a la de 2025, recordando que los niveles de comparación siguen siendo dramáticamente inferiores al promedio histórico de las últimas décadas. Si bien hay empresas petroleras que han mostrado interés e, incluso, firmado acuerdos, los niveles de inversión planteados están muy por debajo de lo que realmente requiere el país.

Las grandes inversiones energéticas exigen un horizonte de largo plazo. Aunque las empresas reciben con agrado la invitación de la administración estadounidense para operar en el país, lo que les otorga seguridad en el corto plazo, comprometer capital masivo exige un diseño estratégico de otra escala que necesita estabilidad política, social y económica durante décadas. Hoy las garantías las ofrece la Casa Blanca, pero, dada la alternabilidad democrática en ese país, no pueden darse por un hecho inamovible hacia el futuro. La estabilidad y la confianza reales deben tener un origen endógeno.

Marco institucional propio y sostenible

Hay muchas fuerzas que hoy trabajan para evitar que la ruta de nuestra nación sea escogida por la gente. Unos dicen, abierta y descaradamente, que el venezolano no está preparado para elegir su destino; otros coquetean con la idea de que el actual régimen gane cierta «legitimidad de desempeño», y no son pocos los que sostienen que Venezuela debe transitar por una dictadura tecnocrática durante un tiempo indefinido.

En estos últimos años no ha dejado de sorprenderme cómo se minimiza sistemáticamente el deseo ciudadano, como si ese hecho no fuese determinante para la estabilidad. A diario veo entrevistas en las que diversos analistas omiten, de forma desvergonzada, lo ocurrido el 28 de julio de 2024: no mencionan que Nicolás Maduro no fue elegido, ni mucho menos Delcy Rodríguez; tampoco reconocen que los alcaldes, gobernadores y diputados de la actual Asamblea Nacional fueron «escogidos» mediante procesos cuestionables y carecen de la legitimidad que exigen sus cargos. ¿De verdad creen que esa realidad, del tamaño de una montaña, no incide en la falta de confianza y en la estabilidad futura del país?

El juego está trancado y la realidad no se ajusta a las expectativas porque seguimos en el mismo foso al que nos metió una dinámica perversa. Para salir de él necesitamos, hoy más que nunca, un liderazgo, unos representantes, un cuerpo legislativo, un sistema judicial y unos poderes públicos plenamente legitimados. La imposición tendrá patas cortas; solo aquello que tenga un origen soberano, legal y legítimo podrá generar verdadera seguridad, confianza y estabilidad.

La obligación de no perder este tren

Este es un momento histórico que representa una oportunidad real de transformación. Como sociedad, no nos falta talento, ni recursos, ni vocación de trabajo. Lo que requerimos es la consolidación de un entorno claro de certidumbre, donde la inversión, el esfuerzo individual y la iniciativa privada encuentren un terreno propicio para prosperar. Si logramos articular a las distintas fuerzas democráticas en torno a un compromiso ineludible enfocado en el fortalecimiento institucional, Venezuela no solo superará la coyuntura actual, sino que retomará el camino para convertirse en la economía próspera, dinámica e incluyente que todos anhelamos y merecemos construir.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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