En la aldea
04 agosto 2026

Lo que los terremotos revelaron sobre Venezuela

Cómo la respuesta del país ante la tragedia dejó al descubierto las redes de confianza, coordinación y solidaridad que han sostenido silenciosamente a la sociedad venezolana durante años.

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Juan Pio Hernández | 04 agosto 2026

Los desastres naturales suelen revelar mucho más que las vulnerabilidades físicas de un país. También dejan al descubierto las relaciones, los hábitos y las instituciones en las que las personas se apoyan cuando la vida cotidiana se ve repentinamente interrumpida. Mucho después de que pasa el impacto inicial de un terremoto o un huracán, lo que suele determinar la capacidad de una comunidad para resistir no es únicamente la calidad de su infraestructura o la rapidez de la respuesta oficial, sino la fortaleza del tejido social que mantiene unidas a las personas.

Los devastadores terremotos que recientemente golpearon a Venezuela fueron uno de esos momentos.

Mientras las imágenes de edificios colapsados y comunidades afectadas recorrían el país, comenzaron a aparecer otras igualmente reveladoras. Vecinos removiendo escombros antes de que llegara la maquinaria pesada. Bomberos voluntarios, personal médico y ciudadanos comunes trabajando homb a hombro para rescatar sobrevivientes. Iglesias que abrían sus puertas para recibir alimentos, medicinas y ropa. Organizaciones comunitarias que, de la noche a la mañana, se transformaban en centros de coordinación. En cuestión de horas, asociaciones de venezolanos en el exterior organizaban campañas de recaudación de fondos, centros de acopio y envíos de ayuda humanitaria desde ciudades tan distantes como Miami, Madrid, Bogotá, Santiago o Ciudad de Panamá.

Gran parte de esa respuesta surgió de manera orgánica. Organizaciones, comunidades e individuos actuaron de forma independiente, muchas veces sin esperar instrucciones ni coordinación centralizada. Sin embargo, detrás de esa aparente espontaneidad existía un notable grado de articulación. Las personas sabían a quién llamar, en qué organizaciones confiar, cómo movilizar voluntarios y dónde se encontraban las necesidades más urgentes. Esas relaciones no fueron creadas por el terremoto. Habían sido construidas a lo largo de años de enfrentar crisis juntos. La emergencia simplemente las dejó al descubierto.

Durante muchos años, las conversaciones sobre Venezuela se han centrado, con razón, en el deterioro de las instituciones públicas. Mucha menos atención se ha prestado a lo que surgió paralelamente a ese deterioro. A medida que las instituciones formales fueron perdiendo capacidad para responder a desafíos cada vez más complejos, otras formas de organización comenzaron a adquirir mayor relevancia. Las familias ampliaron su papel como redes de protección social. Las organizaciones religiosas se convirtieron en espacios de apoyo comunitario. Universidades, asociaciones de vecinos, organizaciones humanitarias, empresas y una infinidad de redes informales desarrollaron la capacidad de resolver problemas de manera colectiva, muchas veces con recursos limitados, pero con una enorme dosis de creatividad y perseverancia.

Ninguna de estas organizaciones fue concebida para sustituir al Estado, ni debería hacerlo. Su aparición responde más a la adaptación que al diseño institucional. Sin embargo, con el tiempo fueron acumulando algo que resultó invaluable en momentos como este: relaciones basadas en la confianza, un conocimiento profundo de las comunidades y la capacidad de coordinar esfuerzos alrededor de un propósito común.

La diáspora venezolana representa uno de los ejemplos más claros de esta evolución.

Durante años, las conversaciones sobre la diáspora han tendido a centrarse en las remesas, y con razón. El apoyo económico enviado por millones de venezolanos en el exterior se ha convertido en una fuente esencial de estabilidad para innumerables familias dentro del país. Pero reducir la contribución de la diáspora únicamente al dinero significa ignorar una realidad mucho más amplia. La migración también genera redes de conocimiento, experiencia profesional, capacidad organizativa y relaciones internacionales que pueden activarse cuando ocurre una crisis.

Eso fue precisamente lo que sucedió después de los terremotos. Los venezolanos en el exterior no se limitaron a donar. Se organizaron. Asociaciones profesionales conectaron médicos con organizaciones humanitarias. Empresarios movilizaron recursos a través de sus redes corporativas. Organizaciones comunitarias identificaron socios locales confiables para distribuir ayuda. Amigos y familiares se convirtieron en coordinadores logísticos informales, conectando las necesidades identificadas en las comunidades afectadas con personas dispuestas a colaborar desde miles de kilómetros de distancia. La respuesta demostró que la migración no necesariamente debilita la capacidad de una sociedad para actuar colectivamente. En determinadas circunstancias, puede incluso ampliarla significativamente.

El sector privado también ilustra cómo años de operar en condiciones difíciles pueden generar capacidades que resultan indispensables durante una emergencia. Con frecuencia, las empresas son vistas como aliados importantes en las respuestas humanitarias por su capacidad para aportar recursos financieros. Aunque eso sigue siendo cierto, su mayor valor suele encontrarse en otro lugar. Las empresas entienden de logística, comunicaciones, transporte, abastecimiento, cadenas de suministro y gestión de operaciones complejas. Son capacidades que rara vez ocupan titulares, pero que se vuelven esenciales cuando los sistemas habituales dejan de funcionar.

Hace varios años participé en un proyecto que analizaba el papel del sector privado dentro de la respuesta humanitaria venezolana. Una conclusión aparecía de manera recurrente: a medida que el entorno operativo se volvía más complejo, muchas empresas fueron ampliando silenciosamente el papel que desempeñaban dentro de sus propias comunidades. Encontraban maneras de transportar a sus empleados cuando colapsaba el transporte público, suministraban alimentos y asistencia médica a trabajadores y familiares, mantenían sistemas de comunicación y preservaban operaciones esenciales en circunstancias extraordinariamente difíciles. Ninguna de esas experiencias fue concebida como un programa de preparación para desastres. Sin embargo, contribuyeron a desarrollar capacidades logísticas, disciplina organizacional y relaciones de confianza que resultan indispensables cuando ocurre una emergencia.

La sociedad civil ocupa una posición igualmente importante, aunque por razones distintas. Las organizaciones arraigadas en las comunidades poseen formas de conocimiento que difícilmente pueden replicarse desde afuera. Conocen cuáles sectores permanecen aislados, cuáles familias son más vulnerables, quiénes cuentan con la confianza de la comunidad y cómo movilizar voluntarios con rapidez. En una respuesta humanitaria, la información y la confianza suelen ser tan importantes como los recursos financieros, porque determinan si la ayuda logra llegar a quienes más la necesitan.

En conjunto, estas experiencias apuntan hacia algo más amplio sobre el presente y el futuro de Venezuela. La capacidad del país para responder a las crisis depende cada vez más de un ecosistema de actores que va mucho más allá de las instituciones gubernamentales. Organizaciones de la sociedad civil, comunidades de la diáspora, empresas, universidades, instituciones religiosas, asociaciones de vecinos y organizaciones humanitarias aportan capacidades diferentes. Ninguna puede responder por sí sola, ni debería esperarse que lo haga. Su mayor fortaleza reside precisamente en la manera en que se complementan unas a otras.

Esta observación también tiene implicaciones importantes para la reconstrucción. La recuperación de viviendas, escuelas, hospitales e infraestructura pública requerirá, sin duda, inversiones significativas y apoyo internacional. Pero reconstruir es mucho más que un desafío de ingeniería. También es un ejercicio de coordinación social. Las mismas redes que hoy ayudan a responder a la emergencia desempeñarán un papel fundamental en la recuperación durante los meses y años que vendrán. Las relaciones que permiten movilizar recursos con eficiencia, organizar voluntarios con rapidez y generar confianza entre las comunidades no se construyen de la noche a la mañana. Son el resultado de años de experiencia compartida.

Quizás una de las lecciones más duraderas de esta tragedia tenga menos que ver con el terremoto en sí mismo que con lo que reveló sobre la sociedad venezolana. Debajo de las estructuras formales que suelen dominar el debate público existe otra capa institucional que rara vez recibe atención. Está formada por familias, organizaciones comunitarias, empresas, iglesias, asociaciones profesionales y comunidades de la diáspora. Se sostiene más en la confianza que en la autoridad formal, y más en las relaciones que en los organigramas. Durante tiempos normales suele pasar desapercibida, pero se vuelve indispensable cuando las sociedades enfrentan desafíos extraordinarios.

La solidaridad demostrada durante estas semanas merece ser reconocida no solo porque refleja generosidad, sino porque evidencia la existencia de una infraestructura cívica que se ha venido construyendo silenciosamente durante años. Apoyar esa infraestructura, fortalecer las conexiones entre sus distintos actores y reconocer su contribución al futuro del país puede resultar tan importante para la recuperación de Venezuela como la reconstrucción de las estructuras físicas que se perdieron.

Los países suelen medir su resiliencia a través de la fortaleza de sus instituciones formales. Momentos como este nos recuerdan que la resiliencia también depende de algo menos visible: las redes de confianza que permiten a una sociedad actuar cuando las instituciones formales, por sí solas, no son suficientes.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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