Se está formando una suerte de bola de nieve de opinión democrática, cuya marcha se dirige a la realización de unas elecciones legítimas y creíbles, como forma suprema de ejercicio de la soberanía popular. Su creciente volumen lo constituyen un cuerpo de voceros, analistas, politólogos y dirigentes de alto nivel analítico y conceptual, que se manifiestan en los medios de comunicación de que disponen; numerosas manifestaciones sociales con diversos objetivos particulares, pero que tienen en común la exigencia básica de las elecciones; y un clima de opinión ciudadana, a veces tácito, a veces sonoro, que se siente desperdigado por todos lados.
Esa bola no ha hecho sino crecer, sobre todo desde el momento en que se dio la partida a la llamada mesa de negociaciones entre la delegación de la Asamblea del 2015 y la delegación de las autoridades interinas. En vista de los antecedentes que todos conocemos, así como del llamado ADN del oficialismo, su “naturaleza”, como se la denomina en el conocido cuento del sapo y el alacrán, aun los más entusiastas de esos componentes de la bola de nieve prefieren mantener un tono de cautela y de permanente alerta. Se sabe que la presencia norteamericana introduce una modificación sustancial respecto a experiencias anteriores, pero, dados los elementos genéticos mencionados, se está muy consciente de que no se puede aflojar la presión democrática ni un instante. Los delegados de la Asamblea del 2015 dejan ver que están muy conscientes de todo ello. En verdad, a nadie le es posible ya chuparse el dedo.
La dinámica de las bolas de nieve obedece a tres “leyes”. La primera es que son cada vez más voluminosas, dejando cada vez menos elementos sueltos. La segunda es que, por consiguiente, son cada vez más irresistibles. La tercera es que aceleran su marcha a medida que crecen. Como no estamos hablando de un fenómeno natural, sino de un hecho social y político, esa dinámica y sus leyes han de ser objeto de la acción lo más consciente y estratégica posible de la sociedad misma y de su liderazgo.
Aspectos de ella han de marchar a la máxima velocidad, como la liberación de los presos políticos. Otros, como los cambios institucionales, requieren de por sí más tiempo y procesos de los que tal vez la bola, dejada a sí misma en plena bajada, permitiría. Creemos que la sociedad y su liderazgo, en su conjunto, están en capacidad de manejar los diversos tiempos de los diferentes aspectos y confiamos, en especial, en la capacidad y la autoridad de la persona que concentra hoy el mayor poder de convocatoria popular del país, así no esté ella presente en las negociaciones en marcha. También suponemos que el país que, según la palabra consagrada, “tutela” todo lo que está ocurriendo está tomando nota de la presencia y el movimiento de esa mole que surge de las entrañas sociales.
Para la dirigencia, para la población, hay retos fuertes implicados en el manejo de estos elementos que digo. Que la bola ni se descarrile, ni se desparrame, ni se lo lleve todo por delante. Lo importante, lo decisivo, es que no se detenga, ni decrezca, ni aminore su marcha, de modo que se convierta en un dato irreversible de la situación, ante el cual ni ADNes ni “naturalezas” reaccionarias puedan privar.
La bola de nieve de la que hablamos es un hecho democrático de enorme calidad, producto histórico de un pueblo que exige con cada vez mayor altivez el ejercicio de su soberanía ciudadana.
