
La batalla contra el olvido en la Venezuela actual
¿Acaso se admite de contragolpe que la nación estuvo muerta bajo el mismo puño que la gobernó durante tres décadas?
Hay que reconocerles a los artífices de nuestro infortunio contemporáneo una eficiencia verdaderamente milagrosa. Han logrado que el pasado en este trópico de gracia forzada y desdicha perpetua caduque más rápido que un cartón de leche bajo el sol de mediodía.
¡Bendita sea la desmemoria institucional! En un país donde las leyes del odio se redactan con la misma displicencia con la que se extravía un electrodoméstico en la aduana, y donde los jerarcas descubren de pronto que los excesos ajenos fueron un malentendido de imprenta, la historia oficial se comporta como esas tías abuelas que olvidan dónde dejaron los lentes justo antes de que comience el rosario.
Aquí se borran bibliotecas enteras con un parpadeo, se cambia el nombre de las esquinas como quien muda de camisa sucia y se pretende que el ciudadano nazca todos los lunes por la mañana con el cerebro completamente formateado, libre de polvo y paja, dispuesto a creer que el mundo comenzó ayer a las seis de la tarde.
Nos han querido acostumbrar a transitar por ciudades y comarcas a oscuras donde la modernidad es una puesta en escena de utilería. Fachadas encandiladas por luces recién importadas, bodegones que deslumbran con mercancías inaccesibles y, al mismo tiempo, en la calle, el ronquido estridente de unos autobuses moribundos de los años noventa que milagrosamente aún ruedan, desvencijados y chirriantes, como verdaderas reliquias de museo que navegan en la penumbra.
En ese mismo teatro de lo absurdo, la amnesia se ha convertido en decreto de gabinete. Hoy se eliminan tribunales antiterrorismo, se maquillan leyes de castigo y se vacían centros de tortura con la presteza de quien sacude un mantel viejo, invitando a los exiliados a retornar como si los años de plomo y destierro hubieran sido solo un mal sueño de sobremesa.
Caracas, convertida en una ficción cosmopolita para consumo de incautos, amanece tapizada de murales flamantes que pregonan una consigna tan reveladora como cínica: «Venezuela Renace». La pregunta salta sin pedir permiso a la razón.
¿Acaso se admite de contragolpe que la nación estuvo muerta bajo el mismo puño que la gobernó durante tres décadas? Pretenden convencer al ciudadano de que cambiando la tipografía del eslogan oficialista se clausura el duelo nacional, al tiempo que todos los actores de la comedia política —los nuevos administradores del poder y los viejos comensales de la estrategia fallida— fingen hoy haber descubierto la pólvora al cobijarse bajo la sombra tutelar de los vientos que bufan desde Washington.
Ese borrón y cuenta nueva institucional resuena con la crudeza exacta de lo cotidiano. ¡Qué lejos quedaron aquellos tiempos en los que pagar un servicio público formaba parte de la modesta liturgia del ciudadano! Acudir a la taquilla con el recibo de papel era la prueba tangible de que uno habitaba una geografía con orden y concierto.
Era la época en que la vida transcurría mecida por el timbre de los teléfonos fijos, la música que emanaba de un cassette grabado en la radio, el aroma a papel impreso de los catálogos, los directorios telefónicos con sus páginas amarillas que servían de podio improvisado para los niños de la casa, y la dulce ilusión de estrenar ropa comprada por catálogo o por cuotas en los almacenes del centro.
Hoy, en cambio, tener un servicio básico o intentar pagarlo parece más una condena en el purgatorio. Los cajeros automáticos son piezas de arqueología urbana y la gente le dicta su clave secreta a viva voz al bodeguero de la esquina, mientras la economía se enreda en una maraña de tríadas cambiarias y tasas paralelas que desconcertarían al más lúcido sabio de Harvard.
Frente a esa puesta en escena, la brecha social se ha vuelto un abismo indescifrable: coexisten los destellos opulentos de los nuevos ricos con la inercia de los viejos acomodados, mientras los nuevos pobres se cuentan por millones y los desposeídos de siempre descubrieron que siempre se puede caer más hondo. Pero es cuando el venezolano que emigró regresa tras años de exilio para reencontrarse con los suyos en la provincia o en el caserío natal donde el contraste duele en los huesos. El viajero, acostumbrado a la fría y pulcra eficacia de cancelar un impuesto o una factura con un clic en la pantalla de su teléfono al otro lado del mar, choca contra las ruinas de su propia biografía.
Ese caminante desanda los pasillos de su antigua habitación familiar, conservada por una madre obstinada como un museo clandestino de la esperanza y de fe. Allí, sobre el escritorio de la adolescencia, yacen los espectros de las primeras batallas. Una gorra descolorida del movimiento estudiantil de 2007. Fotos con las palmas de las manos pintadas de blanco desafiando el cierre de Radio Caracas Televisión. Afiches oxidados por el tiempo que convocaron a marchas contra la reforma o la enmienda. Y un panfleto ajado con la tipografía azul de Súmate que le recuerda que los barros de esta tragedia trajeron polvos que ya llevan años acumulándose.
Al revisar esos cajones, el retornado se tropieza con los nombres y los rostros de los líderes que promovió en su juventud, figuras que el tiempo y la miseria política terminaron reduciendo a figurines de la componenda y la capitulación. Pasa la página y reaparecen las fechas de la conmoción nacional —el 2014, el 2017, la quimera del gobierno interino, las promesas de la «salida»— y junto a ellas, la fila silenciosa de los caídos, los torturados, los presos políticos y la riada humana de exiliados que se desperdigaron por el mapa mundial.
Al cruzar el umbral de la casa hacia la calle, descubre que la localidad donde creció es un territorio arrasado por la ausencia. Pasa frente al colegio donde cursó mañanas y tardes completas y le cuentan que ahora las aulas languidecen a mediodía porque los cortes de luz redujeron la jornada escolar.
Se detiene ante la santamaría abajo del restaurante de la familia y se entera de que sus dueños empacaron los recuerdos —¿te acuerdas del muchacho que estudió contigo? Se fue, aquí solo quedaron los viejos. Y la misma tonada de desolación se repite en cada esquina. Los italianos de la panadería vendieron el negocio para no volver, el portugués del abasto bajó la traba para siempre. Todas esas vacuidades convergen hoy en esta tierra de gracia con más melancolía y ansiedad que certezas.
Sin embargo, frente al empeño burocrático por decretar la amnesia colectiva y repartir perdones de escaparate, la verdad no habita en las avenidas maquilladas ni en los discursos del poder. Las reminiscencias de este país han tenido que refugiarse en una trinchera mucho más humilde, cotidiana y pertinaz: los desvanes de las propias casas.
En la intimidad de las salas donde todavía resisten las poltronas de mimbre y las mesitas de centro con carpetas tejidas a ganchillo, sobreviven los verdaderos anales de la república. Allí están, agazapados en los armarios de madera pesada, los álbumes de fotos de pastas gruesas donde los abuelos sonreían en las playas de los ochenta. Las viejas cámaras réflex con sus fundas de cuero que registraban bautizos y graduaciones. Los proyectores de diapositivas Kodak Carousel. Y los tomos de empastado azul o rojo de aquellas colecciones de literatura popular que inundaron las bibliotecas familiares en los noventa, cuando el conocimiento no era un lujo clandestino.
Arrebatarle los archivos a un pueblo no es un simple tropiezo de la administración pública ni un reacomodo táctico entre facciones. Es arrancarle el suelo al caminante, cortar la cuerda del ancla en mar abierto para que la embarcación pierda el rumbo y termine aceptando el naufragio como su única patria posible. Cuando un poder cualquiera decide reescribir la historia a conveniencia, indultando culpas con la mano izquierda mientras borra las cicatrices con la derecha, no sólo despoja al ciudadano de sus vivencias: le roba las palabras para nombrar la herida y los espejos para reconocer su propia dignidad.
Cuentan las viejas crónicas de los pueblos tristes que la nostalgia es un veneno lento cuando solo sirve para contemplar las cenizas, pero se transforma en el más poderoso antídoto cuando se convierte en la única linterna disponible en medio de la tormenta. Porque la melancolía, bien entendida, no es el deseo estéril de congelar el tiempo ni la trampa amarga de añorar un pasado que tampoco estuvo exento de sombras. La melancolía es el único hilo invisible que nos mantiene atados a la orilla de la cordura para no naufragar en la amnesia impuesta.
Reclamar el derecho a recordar —con sus luces, sus dolores y sus pequeñas victorias cotidianas—, es, en última instancia, la más insumisa de las batallas cívicas.
Mientras en la intimidad de cada hogar persista un objeto, un testimonio o una cicatriz capaz de desmentir el espejismo del presente, los artesanos del olvido habrán fracasado estrepitosamente. La memoria de este país no es una ruina quieta para el lamento, sino un fuego subterráneo que espera pacientemente bajo la ceniza, listo para refundar la casa y devolvernos, la dignidad que jamás debimos perder.
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