
María Corina tiene hoy la potestad de nombrar
Importa y mucho lo que María Corina Machado diga sobre Delcy Rodríguez, pero también importa el cómo se refiera a ella. Si la reconoce como interlocutora, si la identifica como una autoridad de facto o solo alguien provisional, si la presenta como responsable de la continuidad del régimen o si utiliza alguna otra categoría, será la palabra que la defina
Hay un poder político que consiste en nombrar las cosas. Es el poder de decidir cómo se llama una etapa histórica, quiénes son sus protagonistas, qué legitimidad tienen y qué futuro puede imaginar una sociedad. Es un poder que la mayoría no ve porque estamos acostumbrados a medir la política desde las decisiones, recursos y el control. Sin embargo, ocurre que también las palabras organizan esas relaciones de poder, porque definir la realidad puede marcar los términos en los que todos los demás tendrán que discutirla.
Tengo esta hipótesis sencilla. La primera rueda de prensa de María Corina Machado, tras su regreso a Venezuela, puede representar un momento particularmente importante en esta disputa. Por primera vez en muchísimo tiempo, la oposición venezolana podría tener la oportunidad de marcar la cancha, establecer los términos del debate público y llevar al poder a responder dentro de un marco que no ha escogido. Ya pasó con la masividad de la gente en las calles el día domingo y la respuesta del aparato de propaganda ha sido triste y desencajada. Ahora es momento del verbo.
Esto tiene implicaciones enormes. Importa y mucho lo que María Corina Machado diga sobre Delcy Rodríguez, pero también importa el cómo se refiera a ella. Si la reconoce como interlocutora, si la identifica como una autoridad de facto o solo alguien provisional, si la presenta como responsable de la continuidad del régimen o si utiliza alguna otra categoría, será la palabra que la defina. Importa también cómo describa la situación venezolana: ¿Estamos ante una transición, una negociación, una prolongación del autoritarismo, una disputa por el poder o un proceso de democratización? Cada una de esas palabras contiene una interpretación del presente y una propuesta sobre lo que debería ocurrir después.
No sería la primera vez que se intenta ejercer ese poder. Recuerdo que en 2023, cuando organizamos el debate entre candidatos a las primarias opositoras en esa misma Aula Magna de la UCAB, donde Machado fue la primera de su promoción al graduarse de ingeniera, la pregunta que hicimos fue precisamente cómo describían aquello a lo que nos enfrentábamos. Ahí la sociedad civil abría el juego. Queríamos comenzar así porque nos parecía indispensable saber si los aspirantes compartían un diagnóstico de la realidad venezolana. Antes de discutir soluciones, estrategias o promesas, toca siempre identificar la naturaleza del problema.
Aquella pregunta buscaba marcar el terreno de la conversación, pero también el de las próximas acciones políticas. Por eso no era un ejercicio retórico. Todas las definiciones condicionan las estrategias. No se actúa de la misma manera frente a una democracia defectuosa, un gobierno autoritario, una dictadura o un sistema de dominación que ha cerrado las vías institucionales para disputar el poder. No se actúa igual frente a un grupo de poder que se traiciona a sí mismo y tiene a uno de sus líderes preso y acusado por narcotráfico. Cada diagnóstico viene acompañado de herramientas, límites, riesgos y responsabilidades diferentes. En efecto, buena parte de la discusión política que hemos vivido está atravesada por esa necesidad de comprender qué enfrentamos y cómo actuar en consecuencia.
La lingüística, la filosofía y la política han estudiado este fenómeno desde distintos ángulos. La profesora Dulce Yumar nos enseñó que para John Austin hay palabras que, bajo determinadas condiciones, realizan acciones al ser pronunciadas. Describen la realidad, sí, pero también “hacen” cosas. Por otro lado, Bourdieu estudió el poder simbólico de quienes tienen la autoridad social para nombrar y establecer categorías legítimas. El poder de nominación, dependiendo del contexto, puede incluso cambiar las visiones del mundo. Es más, los grupos sociales están en una competencia constante por controlar las palabras y las formas de clasificar la realidad. Eso se complementa con los estudios sobre “el encuadre”, o framing, que muestran cómo la manera de presentar un acontecimiento condiciona lo que una sociedad considera importante o posible. Allí es donde también los medios de comunicación son fundamentales. Hoy se verá si la orden oficial de censurar a Machado en los medios del Estado venezolano se mantiene, porque de eso también dependen las condiciones electorales y otras discusiones sobre libertad de expresión que se están dando en la Mesa de Acuerdos entre representantes del chavismo y la oposición.
Por eso podemos pensar este proceso en tres movimientos: nombrar, enmarcar e instituir.
Nombrar es el primer acto. Consiste en identificar a los actores, describir la situación y escoger las palabras con las que vamos a comprenderla. Las palabras tienen historia y cargas políticas. Tienen consecuencias. Llamar a alguien presidente, encargado, usurpador, intelecto, tutelado, interlocutor o autoridad provisional supone distintas formas de reconocer o cuestionar su posición. No llamarlo, también.
Enmarcar es el segundo movimiento. Ocurre cuando esas definiciones organizan la conversación pública. Una palabra pronunciada por una dirigente política puede convertirse en el punto de partida de las preguntas de los periodistas, los debates entre partidos, las reacciones del chavismo y las esperanzas de la gente. El verdadero poder de establecer un marco se hace visible cuando incluso los adversarios comienzan a responder dentro de él, aunque sea para contradecirlo.
El tercer movimiento es instituir. Es el más difícil y el más importante. Sucede cuando esas palabras dejan de ser solamente interpretaciones y comienzan a generar consecuencias políticas. Cuando permiten establecer compromisos, ordenar lo que viene, orientar las negociaciones, reconocer responsabilidades pendientes o movilizar nuevas decisiones. En ese momento, el lenguaje se hace parte de la construcción de una realidad nueva. Por eso es un terreno competitivo.
Por supuesto, nombrar algo no basta para hacerlo existir. Esto no es la Biblia ni Cien años de Soledad. Pero en Historias de Terramar, Ursula Le Guin escribe que darle un nombre a algo, lo separa del caos. Ninguna rueda de prensa sustituye las relaciones de fuerza, las instituciones, las garantías democráticas o la capacidad de llevar adelante decisiones. Las palabras necesitan autoridad, reconocimiento, credibilidad y consecuencias. Sería un error subestimar su importancia, especialmente en una sociedad donde durante tantos años el poder intentó monopolizar también las definiciones de la realidad. Frente a la destrucción del chavismo y el vacío institucional, un discurso en una universidad puede ser un inicio, porque al menos ordena.
El chavismo ha ejercido durante décadas una enorme capacidad para imponer su vocabulario, descalificar a sus adversarios, elegir los temas de discusión y obligar a la oposición a reaccionar frente a sus iniciativas. Ha tenido instrumentos comunicacionales y también coercitivos para sostener ese dominio. Ha calificado a los opositores como terroristas y luego los han torturado para que se graben en video llamándose a sí mismos terroristas. A eso han llegado. La oposición ha conseguido romper el ciclo en distintos momentos, aunque no siempre ha podido transformar esos avances en cambios políticos duraderos.
Lo que podría ocurrir ahora es la inversión de esa dinámica. Que sea María Corina Machado quien formule las preguntas, establezca las categorías y defina un horizonte frente al cual Delcy Rodríguez tenga que posicionarse. Que la discusión pública deje de organizarse alrededor de lo que el aparato represivo permite y que comience a girar alrededor de las exigencias y los plazos planteados desde otro lugar. Desde la disidencia pero también desde los valores de la democracia.
Acá importa también la dimensión emocional y colectiva de lo que estamos viviendo. Una sociedad que ha pasado años entre la represión y las promesas incumplidas necesita palabras para comprender lo que está viviendo. Es el verbo contra la incertidumbre. Necesita distinguir lo que ha cambiado de verdad de lo que permanece intacto. Necesita reconocer los riesgos y construir expectativas para saber qué hacer en el futuro. Nombrar el presente también ayuda a imaginar lo que viene.
Por eso creo que esta rueda de prensa debe analizarse más allá de sus anuncios o de sus titulares inmediatos. Habrá que prestar atención a los verbos, los sustantivos, las categorías políticas y las responsabilidades que se atribuyan. Sobre todo, habrá que observar qué ocurre después: quién recoge esas palabras, quién las rechaza, quién se ve obligado a responderlas y cuáles comienzan a formar parte del lenguaje cotidiano de la política venezolana.
Estamos ante un momento en el que la oposición puede disputar algo más que la agenda del día. Es la potestad de nombrar el presente para marcar a dónde vamos. Esa es la diferencia entre tomar la palabra y conseguir que los demás tengan que responder a ella. A Ella.
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