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18 julio 2026

Los peligros de no pensar

No pensar es peligroso porque cierra la puerta a la propia interioridad, a nuestra forma de comprender y definir el mundo. Nos entrega al pensamiento de otros, con lo que nuestros actos estarán determinados y atados a las decisiones de esos otros; significa dejar de lado la propia libertad. La palabra pensar tiene su origen […]

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María Ramírez Delgado | 17 septiembre 2019

No pensar es peligroso porque cierra la puerta a la propia interioridad, a nuestra forma de comprender y definir el mundo. Nos entrega al pensamiento de otros, con lo que nuestros actos estarán determinados y atados a las decisiones de esos otros; significa dejar de lado la propia libertad.

La palabra pensar tiene su origen en el latín Penso, juzgar, apreciar o valorar, o Pendere, que tiene peso, que vale. Pensar significa comprender para poner en una balanza desde nuestro interior y formarnos un juicio de aquello que es motivo de nuestro pensamiento. Por tanto, pensar es sucumbir a la interioridad. Es el acto previo a la actuación consciente y responsable, por eso para librarnos del error solemos decir: “No pensé lo que hacía”. Es tejer un hilo con ideas. En ocasiones puede asustarnos, otras veces creemos que pensar es señal de intención o que es recordar.

No es fácil pensar, menos aún razonar. No porque nos esté negada la capacidad, sino porque al ser un ejercicio, como nadar o correr, requiere de un gran esfuerzo, sistemático y consciente. Exige definir qué tenemos ante  nosotros y otorgarle un valor. Pensar es buscar un significado y extraer de las cosas la forma particular como las vemos, las valoramos y las juzgamos. Nos conduce a razonar qué implica la formación de un juicio, por lo que requiere renunciar a nociones que nos gustan y que al pesarlas nos damos cuenta de que son huecas y absurdas. Tanto pensar como razonar permiten que ideas nuevas surjan en nosotros.

No se trata de estar contra todos, de rechazar las ideas de los otros o de aceptarlas, al contrario, sólo se puede pensar cuando somos capaces de escuchar algo que no es fácil de aceptar, que nos refuta. Allí podemos aceptar una idea que contradice las nuestras.

Tal vez por cansancio o por simple contagio de algunas ideas, nuestra sociedad parece huir de pensar. Todo apunta a un desfallecimiento de poner a andar la máquina del pensamiento. Estamos rodeados de influencers que nos dicen qué desear, qué vestir o qué creer; de algoritmos que predicen nuestras palabras mientras tecleamos los correos electrónicos; y sistemas de inteligencia artificial que juzgan las fotos que tomamos, desechan las “malas” y organizan las “buenas” para nosotros. Todo bajo el encanto de hacer nuestra vida más fácil, de librarnos de la pesada carga de recurrir a nosotros mismos para comprender la cotidianidad. En sociedades totalitarias como la venezolana, pensar es subversivo; el Estado es el único con capacidad de entender qué alimentos necesitamos; qué tipo de educación es favorable; e incluso extermina, por medio de una economía decadente, la valoración del dinero.

No pensar es peligroso porque cierra la puerta a la propia interioridad, a nuestra forma de comprender y definir el mundo. Nos entrega al pensamiento de otros, con lo que nuestros actos estarán determinados y atados a las decisiones de esos otros; significa dejar de lado la propia libertad. Es convertirse en portador de las ideas ajenas, parasitado por aquello que inevitablemente nos conducirá al fanatismo. Es cierto que hay ideas de las que uno quisiera ser portador, pero si no han pasado por el tamiz de la propia reflexión carecen de valor.

A veces nos dicen que las personas que no piensan son más felices, nada más lejos de la realidad. La felicidad es un estado consciente que requiere que el feliz se percate de su dicha. Demanda entender qué es ser feliz para comparar un estado anterior con otro, juzgar un fragmento de nuestra vida desde la propia mirada. No se engañen, aquellos que dicen que la negación del pensamiento es la felicidad en verdad pretenden convertirlos en sus autómatas, determinados por sus ideas.

Lo bueno es que si nos preocupamos porque no pensamos ya lo estamos haciendo. Pensar es resistirse a renunciar a sí mismo.

Licenciada en Filosofía y poeta. Profesora en la Universidad Simón Bolívar y Universidad Monteávila. 

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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