En la aldea
18 abril 2024

El cuartel que somos

El directivo de Fedeagro, Gerson Pabón, denunció que en Táchira los productores del campo no son considerados un sector prioritario para cargar gasolina y, así, transportar sus cosechas. “Existe la pandemia del coronavirus, pero también existe la pandemia de que no hay combustible en el país”, dijo en entrevista en Unión Radio. Si el uniformado de guardia reflexiona y lo autoriza, el máximo a llenar serán 20 litros por auto, el equivalente a medio tanque de un carro pequeño. No, señor oficial. “Es la orden” no es una respuesta. El país no es un cuartel.

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Un oficial de uniforme camuflado lo escolta, inmóvil, los músculos del rostro firmes, ceño fruncido. Frente a él, una cámara y un país aguardando.

No se trata de un parte de guerra. El mayor general, Vladimir Padrino López, anuncia lo que ya, a través de mensajes en teléfonos móviles, la mayoría sospechaba: “No habrá movilización de un estado a otro”.

Así, sin más, la Fuerza Armada Nacional declaraba la gran batalla. “Vamos al combate contra este enemigo invisible que nos ve a nosotros, pero nosotros no podemos verlo”, alertaba el ministro de la Defensa. Nos pide calma. No tener miedo. No hay un médico a su lado. Ni siquiera el ministro de Salud lo acompaña. Otra vez, no. Al enemigo lo destruirá la fuerza y no la ciencia. A falta de expertos, buenos son los militares, ministros, policías y hasta alcaldes.

“En Bejuma, estado Carabobo, le impidieron a un paciente renal, que también es enfermero, trasladarse en ambulancia hasta Barquisimeto para recibir su diálisis, porque, según el militar de turno, no era una emergencia”

Reymer Villamizar, director de la Fundación Amigos Trasplantados de Venezuela

La restricción de movilidad y el aislamiento, decididos por quien ejerce el control del Poder Ejecutivo, se anuncia sin tomar en cuenta el mapa y la circunstancia: El país que somos. Se anuncia a las 10 de la noche, a sólo siete horas de hacerse efectiva. Deja pasmados a quienes -justo ese domingo- estaban en otra ciudad. No hay posibilidad de regresarse. No importa si no tienes dónde pasar los días. No importa si viajas de Guanare a Valle de La Pascua a atender a un enfermo. Nada de eso vale. “Es la orden”, argumenta el soldado famélico, sin dar opción al razonamiento.

En medio de la contingencia, hemos escuchado millones de veces a especialistas decir que el contagio se evita aislándose. Nadie duda qué es la medida más efectiva, y hasta los opositores más recalcitrantes han coincidido en que se debe acatar la cuarentena. Sí, la cuarentena es viable en Madrid, Roma, Abu Dhabi o en Zagreb. No en Caracas, ni en Maturín, ni en Calabozo, donde decenas de ancianos viven solos y aislados, porque el colapso del país así se los impuso o porque sus hijos no viven en Venezuela. Esos ciudadanos necesitarán que alguien les lleve comida o fármacos, mientras dura la cuarentena. Las medidas no se pueden tomar como si se tratara de un regimiento: Acatar o someterse al castigo.

No. Hay una parte del cerebro, llamada materia gris, que le permite al Homo sapiens pensar y decidir. Quizá parezca absurdo tener consideración o hacer flexible la medida, cuando hasta en las naciones del primer mundo se le está pidiendo a la población permanecer en sus casas. Sí, es lo correcto para detener la expansión del virus, pero Venezuela no tiene el músculo económico para pedirle a decenas de familias que se queden en casa, cuando desde hace años esas familias no dependen del salario, producto del trabajo formal, sino de la torta que venden, del carro que eventualmente reparan, de los objetos usados que ofrecen en internet, de la propina que reciben, de la keratina que aplican… Todo menos un salario. Aislarlos es matarlos. No los matará el coronavirus, los matará el hambre.

“‘Soy cirujano, voy camino a una operación. Necesito pasar’, le intentaba explicar el doctor García al oficial de la Policía Nacional que cerraba el acceso a la Autopista Francisco Fajardo en Caracas. ‘No se puede, esa es la orden’”

A pesar de que el ministro de la Defensa dijo en su alocución que los trabajadores de centros de salud, automercados, farmacias, servicios de comunicaciones y distribuidores de alimentos, estaban exentos de la restricción de movilidad, estos ciudadanos se han topado con la discrecionalidad de los hombres de uniforme.

“Soy cirujano, voy camino a una operación. Necesito pasar”, le intentaba explicar el doctor García al oficial de la Policía Nacional que cerraba el acceso a la Autopista Francisco Fajardo en Caracas. “No se puede, esa es la orden”.

Contaba el director de la Fundación Amigos Trasplantados de Venezuela, Reymer Villamizar, que en Bejuma, estado Carabobo, le impidieron a un paciente renal, que también es enfermero, trasladarse en ambulancia hasta Barquisimeto para recibir su diálisis, porque, según el militar de turno, no era una emergencia. “Es la orden”, advirtió. El hombre tuvo que caminar hasta la autopista para intentar llegar al hospital, y por fortuna, otro oficial le permitió el paso.

El directivo de Fedeagro, Gerson Pabón, denunció que en Táchira los productores del campo no son considerados un sector prioritario para cargar gasolina y, así, transportar sus cosechas. “Existe la pandemia del coronavirus, pero también existe la pandemia de que no hay combustible en el país”, dijo en entrevista en Unión Radio. Si el uniformado de guardia reflexiona y lo autoriza, el máximo a llenar serán 20 litros por auto, el equivalente a medio tanque de un carro pequeño. Otra vez el mismo mantra: “Es la orden”.

No, señor oficial. “Es la orden” no es una respuesta. El país no es un cuartel.

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