EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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Entrevista con Doña Bárbara (III)

-Volviendo a temas que trató antes, señora, ¿niega usted que la barbarie influyera en la vida venezolana?

-Niego que la barbarie haya predominado, o que sea un rasgo esencial de la sociedad venezolana. La hubo cuando Monteverde bañó en sangre a una república de principiantes, o cuando Bolívar dispuso el Decreto de Guerra a Muerte, o cuando los políticos obsequiaban virgos a Cipriano Castro, o cuando Gómez hizo del país una parcela maloliente, pero no estamos ante permanencias. Al contrario, fue más lo que construimos y hemos construido como República que lo que tumbamos de ella a patadas.

-¿Se puede establecer una relación entre chavismo y barbarie?

-No, absoluto. Es como si se insistiera en relacionar la vida mía, la vida de Doña Bárbara, con la accidentada evolución de la sociedad venezolana. Yo fui y soy un producto de la vida venezolana, pero no una representación de la barbarie que solo existió en la imaginación de un novelista y en las teorías de unos intelectuales que ya nadie recuerda. Lo mejor es echar esas ideas al basurero. Si es posible junto con el Santos Luzardo del futuro que quiera alumbrar el camino de un pueblo formado por idiotas. Las cosas no son tan simples, como le dije en días pasados.

-¿Cómo son, entonces, en el caso del chavismo?

-Un pueblo frustrado buscó la salvación en un hombre de armas y en sus secuaces, pero no por imposiciones barbáricas sino porque le sobraban las razones para estar harto y para pedir socorro. Un pueblo alejado del republicanismo también, es decir, de lo que a veces se menciona sobre gobernantes y gobernados en los manuales escolares, pero eso en ningún momento se puede considerar como producto de la barbarie. De un sentimiento de frustración a un salvavidas que se convirtió en derrumbe, esa es la ruta de un error gigantesco, o de una abulia que se debe analizar con calma, pero no de una rusticidad. Aferrarse a Chávez y al chavismo no fue una decisión de gentes congénitamente ignorantes y toscas, sino otro asunto sobre el que se debe pensar con más calma, siempre que no se haga siguiendo el modelo magisterial de Santos Luzardo que se empeñará en encontrar las causas del disparate en las pulsiones de una sociedad rudimentaria.

-Si no buscamos la ayuda de Santos Luzardo, ¿a quién acudimos?

-Te doy una respuesta presuntuosa: A mí, si me miras con ojos respetuosos y con la confianza que merece una perenne compañía.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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