En la aldea
18 mayo 2024

El hombre que calculaba

Si la progresión de la epidemia no muestra la misma curva que otros países latinoamericanos que están casi en el mismo estadio que Venezuela. Si en el país hay un número bajísimo de casos “confirmados” y un número extraordinariamente alto de pruebas, superando a países como Holanda, Suecia, Reino Unido, Francia. Entonces el abismo entre verdad y falsedad se desliza en lo que ocurrirá en las próximas semanas, y no solo por el comportamiento del Covid-19, sino por la resistencia de la gente ante la cuarentena y su necesidad de salir a la calle a jugarse la vida y hacerse de algún ingreso para poder comer.

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Colette Capriles | 15 abril 2020

Pocos casos, no tan buenas noticias

Parece chocar con el sentido común, pero el hecho de que Venezuela presente estas anómalas bajas cifras de casos confirmados de Covid-19 es preocupante. Pongamos de lado por un minuto la cuestión de que los números son incontrastables por la censura impuesta por el gobierno de Nicolás Maduro, quien comparece marcialmente todos los días con unos números stajanovistas, heroicos. El asunto central es más bien el de la historia natural de las epidemias. Estas cesan cuando una mayoría muy apreciable de la población deja de contagiar porque se ha vuelto inmune al virus. Hay dos maneras de que eso ocurra: Vacunación y exposición. No hay por ahora vacuna contra el Covid-19, por lo que la inmunidad social (para no llamarla “inmunidad de rebaño”) solo puede provenir de que la mayor cantidad de gente posible sea expuesta al virus.

No es tanto la cantidad sino la velocidad

La lucha de estas semanas en todo el mundo ha consistido en intentar bajar la velocidad de contagio, de modo que ese 10% de los contagiados que necesitará cuidados hospitalarios pueda ser atendido, dadas las capacidades de la infraestructura sanitaria. La cuarentena generalizada permite lograrlo, pero deja intacto el problema de fondo: Que en algún momento casi todos deberemos contagiarnos para ser inmunes. Ese es el dilema del des-confinamiento que ahora los países que ya pasaron por lo peor tienen que enfrentar. Ciertamente la carrera por la vacuna es tan feroz que quizás se disponga de alguna antes de lo previsto, pero su masificación (literalmente, su hiper-masificación) será un proceso lento. Mientras tanto, solo queda apostar a “cronificar” la epidemia.

Aplanar la curva no es eliminarla

En realidad la estrategia correcta consiste en correr la arruga, estirar la curva, de tal manera que no se acumulen casos graves simultáneamente sino que se distribuyan a lo largo del tiempo. Pero es necesario que se adquiera esa inmunidad social, es decir, que haya muchos casos de infectados (y mucha capacidad de atención de los casos graves, evidentemente). Que no los tengamos en nuestro país como sí sucede con otros países latinoamericanos que están casi en el mismo estadio de progresión de la epidemia solo indica (en el caso de que los datos sean ciertos) que la adquisición de esa inmunidad tardará mucho más y la cuarentena tendría que prolongarse, lo que desde ya luce imposible.

El maleficio de la duda

Para variar, Venezuela es excepción: Un número bajísimo de casos “confirmados” y un número extraordinariamente alto de pruebas. Y una cuarentena que se extiende pero que cada día se respeta menos. Se han sugerido todo tipo de hipótesis para explicar esta paradoja. Desde el aislamiento que ya veníamos padeciendo (aunque precisamente con China se mantenía un intercambio constante), hasta la simple mentira y ocultamiento, pasando por tesis como mayor inmunidad por la vacunación obligatoria para la tuberculosis, o por la precocidad con la que se decretó el confinamiento. Y es que las cifras de casos confirmados en otros países latinoamericanos son mucho mayores, y siguen una progresión parecida al resto del mundo, a pesar de que el número de tests aplicados es mucho menor. Con navaja de Occam en la mano, deberíamos inclinarnos por la explicación más simple: El gobierno miente siempre.

Pero quizás no miente siempre sino a ratos

Venezuela reporta más de 7.000 pruebas por millón de habitantes y solo 7 casos por millón de habitantes. Es tedioso comparar cifras (recomiendo pasar por Worldometers) pero vemos que Taiwan, para mencionar a uno de los buenos alumnos del grupo, aplicó 1.982 pruebas por millón, con 17 casos por millón. Venezuela aplica más tests por millón que Holanda, Suecia, Reino Unido, Francia,…

Y una explicación a este milagro bolivariano puede ser bastante sencilla: El gobierno de Maduro puede estar reportando como casos confirmados aquellos que han sido testeados con la técnica PCR, mientras oculta los resultados de las pruebas de sangre que son las que dice aplicar masivamente y que arrojan un gran porcentaje (más del 30%) de “falsos negativos” (esto es, de casos que están contagiados pero que aún no desarrollan anticuerpos que la prueba pueda detectar). Habría pocos casos confirmados porque se hacen pocos exámenes PCR, que exige un análisis molecular cuyo monopolio se reservó el Gobierno a través del Instituto Nacional de Higiene (habiendo disponibles, sin embargo, varios laboratorios que podrían ampliar muchísimo la pesquisa). Por supuesto, puede que todo sea cierto o que todo sea mentira, y en ese abismo entre verdad y falsedad se desliza lo que ocurrirá en las próximas semanas.

Todo es secreto, menos la gente en la calle

El Gobierno quiere sustituir el miedo a la epidemia por el miedo a su poder. A los pocos enfermos que se cuentan, se les culpabiliza y se les amenaza con hospitalización forzada. Mientras en otros países la epidemia deja lecciones en cuanto al papel del Estado en la seguridad de las personas y de la economía, o en cuanto a cómo construir sistemas de cooperación efectivos; en Venezuela se le quiere capitalizar como un ejercicio de control y radicalización que a la vez muestra la catastrófica orfandad de la gente: Alentada por el milagroso “aplanamiento de la curva”, hostigada por la necesidad, vigilada por el vecino y desesperada por hacerse de algún ingreso, se va a la calle a jugarse la vida.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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