En la aldea
18 abril 2024

El ensayo fotográfico de Andreína Mujica confinada al Parque de Beaumont

Aunque ya hace varios años que partió de Venezuela, el arraigo en cada cosa que vive, mira y fotografía Andreína Mujica deja ver el espíritu de una artista de aquí. En Montreuil, a las afueras de París, puede salir una hora, apenas a un kilometro de su casa. Su refugio es un parque, motivo, amigo, regazo y cómplice del ojo visor que la acompaña en cuarentena en su cobijo al aire libre.

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Milagros Socorro | 03 mayo 2020

Muchos podemos trabajar en cuarentena. En la computadora escribimos, hacemos cuentas, llenamos planillas, revisamos reportes, sostenemos reuniones y algunos hasta pasan consulta. Pero, qué hacen los fotógrafos. Y más, qué hacen los fotógrafos que ni siquiera están encerrados en su propia casa, sino donde los ha agarrado el exilio, ese otro confinamiento.

Andreína Mujica se fue de Venezuela en mayo de 2010, ocho años después de la muerte de su padre, el periodista y narrador Héctor Mujica, del Partido Comunista de Venezuela, quien en 1973 fuera candidato presidencial por el Partido Comunista, organización que presidió entre 1990 y 1991. Hace, pues, exactamente diez años que marchó a la emigración; y son muchos los lugares donde ha estado. Hace algunos años, se instaló en un minúsculo apartamento en Montreuil, en las afueras de París. Complicado esto, mucho más si tomamos en cuenta que Andreína es muy sociable y ha hecho de sus amigos una familia escogida, que frecuenta y cultiva.

Falta de sueño en la primera semana. Exceso de ‘sueños’ en la segunda semana. Festival de pesadillas hasta aprender de nuevo a respirar”, escribió.

Curiosa, mercurial, intrépida, cómo exigirle que permanezca recluida en un puñado de metros cuadrados. “El tiempo le pidió horas prestadas al sueño, fue entonces cuando escuché la conversación de los pájaros”, dice.

Por suerte, muy cerca de su casa está el Parque de Beaumont, “reserva de pájaros de la Isla de Francia, es abierto, no tiene forma de cerrarse por completo y me lo conozco al pelo. Es un lugar donde uno se deja caer tranquilo, como una hoja. Nadie perturba al otro y cada quien está en lo suyo. Te permites observar hasta el infinito. Los pájaros parecen también observarnos, hay una comunicación”.

Estas fotografías fueron hechas en el Parque de Beaumont.

-¿Por qué hacer fotos allí y no en la gran ciudad?

-En París la vigilancia es más cerrada. Están en las salidas de los metros, bordean los parques y recorren los canales y las veredas del río Sena. Puedes salir una hora, apenas a un kilometro de tu casa. Yo tengo un permiso especial, por trabajar en la restauración y también acreditación de la prensa francesa, pero prefiero la calma de Montreuil. Allí me siento en casa. Ya había distanciamiento social, ahora los vecinos y la gente en general están más afectuosos, creo que también pesa la certeza de que no nos podemos aproximar.

-Cuáles son tus pensamientos, mientras caminas por el bosque y haces fotos.

-Tengo una mente inquieta. Leo mucho, desde la etiqueta del champú, pasando por uno o dos libros físicos, hasta prensa internacional, esto cuando no estoy revisando material histórico de Venezuela. Entonces, el bosque hace conmigo un juego de familia, a veces un poco nostálgico, pero puedo sentir los tiempos de niña en Caracas… O simplemente, me llegan ideas como enunciados para desarrollar, y me quedo pensando en ello… las ramas todas distintas que van creciendo y buscan su vida, independientes del tronco que las sostiene. Los pájaros y sus conversas, poliformes en sus tonos, insectos que caminan en fila y se encuentran en pequeños agujeros de la tierra donde solo mi mente atraviesa, huellas de humanos y de zorritos que se cruzan, la erosión de los caminos por nuestra marcha constante, los cambios según las estaciones. Es un pequeño universo que me adentra al recuerdo. Comencé queriendo atrapar la foto de cada especie para hacerme de un libro y regalárselo a la ciudad, luego encontré que ya otros lo han hecho. Estudio los distintos pájaros y veo que no logro retratarlos sino en el rastro que dejan al vuelo. Entendí que eso era más interesante que un pájaro perfecto, intacto con una etiqueta. Era eso lo que me calmaba, dejarme volar con ellos, acariciar las cicatrices de los árboles, seguir el camino de los insectos y en un descuido perder su rumbo y retomar el mío.

-¿Cuándo empezaste a hacer fotografías?

-A los 8 años, me regalaron una cámara. Desde entonces me gustó retratar a los amigos. Quería registrar nuestros cambios en el crecimiento. Llené el respaldar de la cama con fotos de mis amigos desde el tercer grado de primaria. Era una manera de comunicar afecto y también de desarrollar un proyecto en el tiempo. Luego, cuando me expulsaron del Santiago de León, perdí ese rumbo. Vine a retomar la fotografía en el [liceo] Gustavo Herrera como algo más serio, más de estudios. Amé el laboratorio. Fuimos a visitar la sede de El Nacional y me marcó el departamento de Fotografía. Decidí que sería fotorreportera. Luego, cuando entré a la universidad, fui consiguiendo “tigritos” en publicaciones dominicales y desarrollé un proyecto, apadrinado por Edmundo Bracho, de personalidades y sus mascotas. Se trataba de hacer una entrevista y un retrato. Entré en la escuela de Roberto Mata y aprendí mucho. Gracias a él encontré a mi maestro Nelson Garrido, quien me mostró otro lado de la fotografía, más íntimo, que escudriña en uno, que rasguña la psiquis; luego, Liliana Martínez me hizo enamorarme de la historia y de seguir estudiando siempre. Eso, y compartir con los colegas el conocimiento, me llevó a dar clases en la UCV y en la UCAB. Ha sido difícil seguir sin ellos (cuando digo ellos incluyo El Valle de Caracas, El Ávila como escenario seguro con el cual uno se despierta, las universidades, la Escuela de Nelson Garrido y la de Roberto Mata).

-¿Tiene un sentido particular el autorretrato en estos días?

-Con el autorretrato tengo un trabajo de vieja data: Unos treinta años jugando con los cambios, no son selfies. No tengo nada en contra, pero es otra cosa. Mi primer autorretrato fue hecho con una vieja Leica, enfocando un zapato y corriendo para esconderme detrás y que tan solo quedara el rastro del perfil. Fue más lo que gocé que el resultado. Hace un año me llegó una caja de Venezuela. Una caja llena de negativos, fotos impresas, diapositivas y hasta disquetes de silicona, esos que parecen sacados del Show de Lucy; y de pronto apareció una cajita pequeña, sellada con una liga. No tuve que abrirla para sentir a mi madre. La pude ver pidiendo, cada año, una foto de carnet, de esas que uno se hacía para el colegio, para inscribirse en la piscina. En esa cajita estaba yo, cambiando de cara en los últimos 20 años. Fue un torbellino de emociones. Retomé el trabajo del autorretrato y también su definición. Son autorretratos hechos por un fotomatón. El autor de esa foto es uno mismo, la ausencia en mi cama y la forma que allí queda en las mañanas es mi autorretrato. Mis zapatos en la entrada o cómo ordeno mi nevera. Es cosa aparte, a veces tan aparte que uno se desdobla y cae en el vértigo.

Andreína Mujica
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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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