En la aldea
23 abril 2024

Antonia Turbay, la prisionera de Maduro

¿Cuántos rehenes a quienes, como a Antonia Turbay, la Fiscalía no les presenta un acto conclusivo porque no hay indicios para imputarles un delito? Este 31 de agosto de 2020 la imagen de Antonia Turbay sosteniendo un teléfono para hablar con su hija, sus sollozos, su cabello encanecido y despeinado, su aspecto de desamparo… Eso es lo que recordaremos de este episodio. Eso, y este asco infinito.

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Milagros Socorro | 01 septiembre 2020

Una mujer angustiada concentra la atención de la opinión pública y se constituye en metáfora de un país martirizado por un régimen que no le ha ahorrado sufrimientos. Si Nicolás Maduro creía que iba a recomponer su deteriorada imagen, con el sobreseimiento y excarcelación de un grupo de presos políticos, se equivocó de plano. Al contrario. En el grupo se encontraba una mujer de la que poco se había hablado. No es diputada, no es militante de ningún partido, ni siquiera fue detenida en una protesta. El régimen de Maduro la sometió a la infernal cárcel venezolana por ser vecina de Iván Simonovis, otro preso político, que se escapó de su casa donde cumplía pena por crímenes que no cometió.

El nombre y la imagen temblorosa de Antonia Turbay sobresalió entre las casi tres decenas de excarcelados (la mayoría de los sobreseídos está en el exilio o ya habían salido de la cárcel). Maduro la había mandado a apresar por vivir en la casa de al lado de un evadido. No era amiga ni familiar. No tuvo nada que ver en la fuga. La detuvieron en junio de 2019, cuando rendía declaraciones por la fuga del comisario Simonovis. Seguramente, en medio del interrogatorio, una “orden de arriba”, como se dice en Venezuela para justificar los abusos muchas veces criminales, dictaminó su encierro… hasta este lunes 31 de agosto.

Antonia Turbay estuvo un año y un mes presa. Sin el consuelo de la visita de un familiar, porque no le queda ninguno en Venezuela. Su única hija se fue a Colombia. “No por apátrida”, les dijo a los periodistas a la salida de la cárcel, “sino porque una noche le hicieron un secuestro exprés. Yo preferí que se fuera y tenerla lejos, pero viva, y no en Venezuela y muerta”.

El repudio que concitó el caso de esta mujer, una abogada de 67 años, deprimida y exhausta tras más de un año de injusta prisión no se debe, por cierto, a que fuera la única no parlamentaria o que careciera de vínculos con partidos políticos. Al contrario, hay unos cuantos con estas característica. Enrique Perdomo, abogado de  Simonovis, también fue llevado a prisión por el delito de defender a un acusado y salió en muy mal estado de salud, por los maltratos de que fue víctima y por las infames condiciones sanitarias que le impusieron.

Entre los presos políticos -que no son políticos-, liberados se encuentra el sindicalista Rubén González; el médico Williams Aguado, preso por ser dueño del chalet de El Junquito donde estaba Óscar Pérez; José Alberto Marulanda, también médico, -preso por ser pareja de una oficial a quien acusan de participar en un levantamiento militar-, quien, según documentó el Foro Penal, fue torturado, guindado a un tubo con esposas por lo que quedó con dificultad para mover las manos… Tampoco es la única mujer reducida al presidio político: Con ella son 28 las mujeres presas.

La “buena voluntad” que súbitamente muestra el régimen de Maduro tiene la cara de Antonia Turbay, su desolación, su indefensión frente al mal. Es evidente que la secuestraron para mortificar a Simonovis, para vengarse de él y amargarle la libertad. Tal es la crueldad del régimen. Tal es la complicidad de individuos como Tarek William Saab, Fiscal del régimen, mudo ante esta infamia.

Cuántos más estarán en las mazmorras de Maduro. Cuántos rehenes a quienes, como a Antonia Turbay, la Fiscalía no les presenta un acto conclusivo porque no hay indicios para imputarles un delito. Cuánta iniquidad hay todavía en los calabozos de Nicolás Maduro.

La imagen de Antonia Turbay sosteniendo un teléfono para hablar con su hija, sus sollozos, su cabello encanecido y despeinado, su aspecto de desamparo… Eso es lo que recordaremos de este episodio. Eso, y este asco infinito.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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