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24 febrero 2024

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La pelota no se mancha

La televisión española está llena de expertos en Maradona, incluso aparecen chicas en los telediarios, nacidas antier por la tarde, que enumeran sus hitos y establecen una elipsis entre la gloria y la decadencia. Pero también asoman en la pantalla caballeros que le han seguido la huella y el itinerario con tesón, afiebrados fanáticos del fútbol. Estos lo consideran el mejor jugador de la Historia. Ni siquiera Pelé. Ni siquiera Messi. Y recuerdan sus hazañas mientras pasan viejos vídeos, un poco desvaídos porque la tecnología en los tiempos de Maradona no era la misma que la de hoy, donde el argentino nacido en una chabola ridiculiza a los ingleses con la sola herramienta de su pie dándole doce toques a la pelota hasta llegar a la portería, en 6 segundos y unas décimas.

Puede que después se le haya visto otra cara, un poco mofletuda, un poco abotagada, un poco patética. Pero en los anales del fútbol, cualquiera sea la forma que tomen, prevalecerá el brillo de la gracia, la agilidad y la astucia que le duró del ‘82 al ‘94, aproximadamente. Hubo, eso sí, intervalos algo irregulares o poco lucidos como su pasantía por el Barcelona, primero, y después su año en el Sevilla. La zona futbolística que todos los comentaristas destacan es la del Nápoles, joya de su carrera.

En general, a los periodistas deportivos españoles no les cabe duda: Fue mejor y además era buena persona. Entrevistan a uno que estuvo cerca de él y dice, sin un ápice de ironía o desfachatez, que Maradona era generoso, amable, comprometido: Un hombre sensible. Por su parte, el médico y presentador Gran Wyoming anuncia al principio de su programa «El Intermedio» que Maradona lo cambió todo, hasta el cielo, donde ahora comparten nubes dos dioses.

Algún comentarista admite que sí, que hubo luces y sombras en su vida.

Lo cierto es que las personas suelen quedar marcadas por su infancia o, también, por las circunstancias del tiempo en que se zambullen en la vida adulta por primera vez. Y la vida adulta de Maradona comenzó, seguro, en el Mundial de 1982. O sea, el marco en que Diego Armando Maradona se hizo una estrella no estaba más convulsionado que el de ahora pero en América del Sur había más represión, terrorismo de Estado y dictaduras que hoy. A las dictaduras del Cono Sur se las llamaba gorilatos. En la actualidad, solo Venezuela es un gorilato al estilo de Jorge Rafael Videla, Roberto Eduardo Viola o Leopoldo Fortunato Galtieri. Lo de Venezuela en el siglo XXI es eso mismo aunque vestido de ideología, en apariencia, contraria. Aquella década de los ‘80, la del despegue de Maradona, fue tenebrosa para los argentinos de a pie. Sus mejores hombres y mujeres o estaban perseguidos, o fueron lanzados al mar desde treinta mil pies de altura, o debían escapar hacia otras tierras. Chilenos, argentinos y uruguayos se fueron (ya se habían ido muchos en los setenta), entre otros lugares, a Venezuela. Allí encontraron refugio, solidaridad y trabajo.

El fútbol siempre estuvo girando alrededor, podía ser un elemento de distracción para las masas, una excusa para imponerle un megáfono festivo a la ciudadanía mientras el Estado torturaba y asesinaba. En muchos casos ha sido así, lo del fútbol haciendo el papel de circo. En la Argentina que le regala al mundo el genio de Maradona durante el Mundial de España 82 se decreta aquella guerra contra Inglaterra por un puñado de islas raquíticas donde viven unos dos mil ciudadanos de la pérfida Albión, que ni locos quisieran ser argentinos. Gol de Inglaterra. Maradona lo vengará.

Ser joven, exitoso, famoso y recién haber salido de la pobreza absoluta, habiendo nacido en una chabola infecta y sin posibilidades de ser educado, es una combinación desastrosa en cualquier época. Nunca podrás apreciar ciertos matices de la vida. Mediante el solo poder de tu genio y de tu éxito ya estarás, sin darte cuenta, mirando la tierra desde las alturas de un Learjet. Verás a los demás como el Dios en que te has convertido. Pero no serás capaz de discernir las tonalidades. Lo verás todo en blanco o negro (o rojo-rojito).

Maradona es un ídolo en Nápoles, en España y en Argentina, no necesariamente en ese orden. Debe serlo en otros sitios también. En Argentina ocupará un lugar, por qué no, al lado de Evita Perón y Gustavo Cerati.

Isabelita se drogaba con la efusividad de sus descamisados, la mareaba deliciosamente el olor a multitudes. Cerati se metió por las venas algo en Caracas que lo llevó a un túnel del cual no salió más nunca. Maradona… Bueno, eso que lo escriban otros, Villoro o Vargas Llosa, que han escrito buenas historias del fútbol.

Por cierto, la mejor canción sobre un futbolista no es la que Calamaro le dedica a Maradona (una marcha bastante boba), sino la que el brasileño Jorge Ben titula «Filho Maravilha»: Una belleza de dos minutos apenas.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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