En la aldea
23 mayo 2024

Alex Edelman / AFP

Insurrección en Estados Unidos

Cuando faltan menos de dos semanas para que Joe Biden tome posesión de la presidencia de EE.UU., el riesgo no es tanto lo que pueda hacer Donald Trump en el tiempo que le queda en la Casa Blanca, sino los incentivos que pueda haber para que él, u otros políticos en el futuro, elijan tomar acciones similares. Las instituciones superaron la toma del Capitolio, y Joe Biden tomará posesión de la presidencia el 20 de enero. Pero la institución más valiosa, la que está evitando mayor debilitamiento a la democracia de Estados Unidos, es la del voto.

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José De Bastos | 08 enero 2021

Muchos recordaron 1814, cuando tropas británicas invadieron Washington D. C. y quemaron el edificio del Congreso en la entonces joven República. Otros hablaban del atentado de independentistas de Puerto Rico, que en 1954 dispararon contra congresistas dentro del Capitolio. Los venezolanos pensamos en los seguidores de José Tadeo Monagas hace más de siglo y medio; o mucho más reciente, la toma violenta de grupos del chavismo a la Asamblea Nacional, de mayoría opositora.

Sin embargo, todos esos casos fueron distintos. El ingreso de centenares de seguidores del Presidente saliente Donald Trump en el Congreso de Estados Unidos, no fue parte de un alzamiento militar, una invasión extranjera, o un atentado de independentistas. Tampoco fue la lucha entre miembros de distintos partidos. Fue un alzamiento de Trump, sus seguidores y algunos de sus aliados Republicanos contra la institucionalidad del país. Fue un asalto a la democracia, el clímax de una rebelión que se inició antes de la elección presidencial del 3 de noviembre, y que se ha acelerado en las últimas semanas.

“Que sea este un recordatorio que ninguna democracia es impenetrable, y que cualquier demagogo con apoyo popular puede poner a un sistema democrático contra las cuerdas”

Trump perdió las elecciones. No se demostró ninguna evidencia de fraude en ningún estado, a pesar de decenas de demandas en cortes federales (incluyendo la Corte Suprema), de reconteos de votos e investigaciones de autoridades electoralesRepublicanas y Demócratas– en numerosos estados. Pero la estrategia de Trump no es institucional. Su esfuerzo no es por demostrar fraude ante una corte, sino por convencer a millones de personas de que fue robado, haya o no haya pruebas. Y no teme atropellar a sus antiguos aliados, la credibilidad electoral, a su Vicepresidente, Mike Pence o al Capitolio en el camino.

Cómo se llegó aquí

Días antes de los eventos del 6 de enero, el mandatario había convocado a sus seguidores a la capital, recalcando que sería un día clave, ya que el Congreso debía certificar los resultados electorales en favor del ahora Presidente electo Joe Biden. También venía presionando a Pence, instándole públicamente a tomar control de la sesión y rechazar los resultados de ciertos estados, algo que rompería con el rol ceremonial del Vicepresidente.

Ante el rechazo de Pence, y previamente del líder del Senado Mitch McConnell, de rechazar lo dicho por los electores en las urnas, Trump pidió a sus seguidores marchar al Congreso. Los graves errores en el operativo de seguridad hicieron el resto: Centenares de personas se pasearon por el Capitolio sin mayor resistencia de los superados cuerpos policiales. Pudo ser mucho peor. Pudo haber congresistas heridos y gran derramamiento de sangre, mientras Trump solo publicó un video, horas después del asalto, pidiéndole a sus seguidores salir del recinto, aunque insistiendo en que entendía su molestia ante el presunto fraude.

Qué viene ahora

Aunque el rechazo a la toma del Congreso ha sido unánime, las críticas a Trump han sido a medias. Muchos funcionarios Republicanos siguen dando su apoyo a Trump, y a sus denuncias de fraude electoral. Horas después de los hechos violentos, ocho senadores y 139 miembros de la Cámara de Representantes votaron a favor de objetar los resultados de la elección presidencial en Arizona y Pensilvania. Otros funcionarios, como la Secretaria de Transporte Elaine Chao, han optado por renunciar a sus cargos, pero la mayoría se mantiene silente.

Cuando faltan menos de dos semanas para que Biden tome posesión de la presidencia, el riesgo no es tanto lo que pueda hacer Trump en el tiempo que le queda en la Casa Blanca, sino los incentivos que pueda haber para que él, u otros políticos en el futuro, que elijan tomar acciones similares. La popularidad de Trump sigue siendo alta, y muchos Republicanos temen que no acompañar sus denuncias, implique el fin de sus carreras políticas. Han considerado más valioso defender su futuro electoral, que defender la Constitución y el traspaso pacífico del poder.

Sin embargo, el miedo que generaba Trump entre los miembros de su partido sufrió mucho en las últimas horas. La toma del Capitolio le generó más críticas que casi cualquier otro evento en su presidencia y, a pocos días de salir del poder, no parece que pueda recuperar el apoyo de figuras clave y hasta hace poco muy fieles, como el Vicepresidente Pence, o los senadores McConnell y Lindsey Graham. A la mala imagen con la que Trump dejará la Casa Blanca, se suman también derrotas electorales: El martes los dos candidatos Republicanos al Senado por Georgia perdieron ante los Demócratas, luego de haberse sumado durante dos meses a las denuncias de supuesto fraude electoral que Trump lideraba.

Las instituciones superaron la toma del Capitolio, y Joe Biden tomará posesión de la presidencia el 20 de enero. Pero la institución más valiosa, la que está evitando mayor debilitamiento a la democracia de Estados Unidos, es la del voto. Una reelección de Trump hubiera multiplicado muchas de las tensiones y extremismos que vimos en las últimas horas, y hubiera llevado a aun más politización de las instituciones encargadas de cuidar la democracia. El rechazo de los electores no solamente lo sacará del poder, sino que también empuja a sus más cercanos aliados a tomar distancia de las intenciones autoritarias del saliente mandatario. Por ahora, Estados Unidossuperó la prueba, pero que sea este un recordatorio que ninguna democracia es impenetrable, y que cualquier demagogo con apoyo popular puede poner a un sistema democrático contra las cuerdas.

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