En la aldea
15 junio 2024

Mi profesor Matus

Recuerdo muy especialmente a Carlos Matus, quien se empeñaba en hacernos entender que las verdades coexisten en una misma realidad. A propósito de la crisis existencial por la que atraviesa la oposición democrática frente al reto de las elecciones regionales, es urgente que el liderazgo político salga de esta suerte de estado catatónico que le paraliza y produzca una explicación situacional comprensiva, práctica y útil. No es lo mismo explicar desde las regiones, que desde Caracas. Solo los actores decididos a poner en práctica una estrategia de acción pueden intervenir en esa “misma realidad” y cambiarla.

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Pertenezco a la primera cohorte de la Escuela de Ciencias y Técnicas de Gobierno de Iveplan, proyecto que materializaron Luis Raúl Matos y Carlos Matus durante el gobierno de Jaime Lusinchi.

De esa experiencia, hoy recuerdo la elegancia expositiva de la profesora Julia Barragán disertando sobre el método en ciencias sociales y sobre la experiencia sensorial que le produjo la presentación del Ballet de Marsella, de Béjart, en el Teatro Teresa Carreño; a Andrés Stambouli describiendo con precisión de patólogo el Trienio Adeco; a Ricardo Hausmann enseñando irreverentemente a lord Keynes tomando apoyo en un modelo de la economía venezolana desarrollado en Lotus, la novísima hoja de cálculo de la época; a Antonio Barros de Castro, importado especialmente de Brasil para agregar algo de estructuralismo marxista a nuestra experiencia cognitiva; a la tranquila manera con que Humberto Njaim desgranaba las claves para transitar en el laberinto de la burocracia.

También recuerdo a Joaquín Marta Sosa haciendo poesía al tiempo que explicaba la diferencia entre el análisis sincrónico y el análisis diacrónico; a la voz de trueno de Leslie Manigat (poco tiempo después, por poco tiempo, sería presidente de Haití) hablando de Favre, Bloch y Braudel; a Eva y Carlos Guerón cantando a dúo el taller sobre Técnicas de Negociación; al solemne Juan Carlos Rey oficiando sobre el modelo político que surgió en 1958, al cual caracterizaba como régimen populista de conciliación de élites; a los por entonces jóvenes lobos(as) Diego Bautista Urbaneja; Miriam Kornblith; Ángel Álvarez; Haydée Farías; Luis Salamanca; Rogelio Pérez Perdomo; Carlos Romero y Ricardo Combellas, dictando sus respectivos seminarios.

“En mi Universidad de Oriente, hoy convertida en un erial, sigo empeñado en retribuir lo mucho que recibí de aquellos brillantes profesores”

Por supuesto, recuerdo muy especialmente a Carlos Matus, quien habiendo digerido, metabolizado y conceptualizado lo bueno y lo malo de su experiencia como integrante del gobierno de Salvador Allende, se empeñaba en hacernos entender que las verdades coexisten en una misma realidad. Que esas verdades responden a los intereses y a la perspectiva que tengan los actores sociales ubicados dentro de la realidad que los envuelve y que pretenden explicar. Esas verdades -las explicaciones situacionales- son formuladas por nosotros o por los demás, en tanto que observadores intelectuales que comentan la realidad asépticamente, o como actores decididos a poner en práctica una estrategia de acción para intervenir en esa misma realidad y cambiarla.

A propósito de la crisis existencial por la que atraviesa la oposición democrática frente al reto de las elecciones regionales, es bueno pasearse por esos conceptos matusianos. No es lo mismo explicar desde las regiones, que explicar desde Caracas; no es lo mismo explicar como un observador distante, que explicar como un político comprometido con la acción y el cambio.

Es urgente que el liderazgo político nacional salga de esta suerte de estado catatónico que le paraliza, y produzca una explicación situacional comprensiva, holística, práctica, útil. Recientemente, Mibelis Acevedo recomendaba la celebración de un concilio a la manera de la Iglesia católica en tiempos de crisis de dogmas, de normas y de fe; me sumo a ese sano consejo.

Colofón: El tiempo que evoco en este texto, tiempo de vigorosas discusiones intelectuales y de centros de estudio en los que bullía intensamente el élan vital, contrasta dolorosamente con el que actualmente transcurre en las instituciones de educación superior de nuestro país. A pesar de todas las adversidades, en mi Universidad de Oriente, hoy convertida en un erial, sigo empeñado en retribuir lo mucho que recibí de aquellos brillantes profesores.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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