En la aldea
18 mayo 2024

Juliano el Apóstata

Es tan frecuente la absurda actitud de quienes se mantienen tercamente en sus trece, a pesar de que las evidencias demuestren claramente que están equivocados. En estos momentos de tanta incertidumbre es menester aceptar nuestra humilde condición humana, dotados de inteligencia y conciencia, pero falibles e imperfectos para equivocarnos, cambiar de opinión, rectificar y seguir. En Venezuela estamos atravesando un momento crítico en el que se están produciendo cambios sustantivos de opinión sobre la realidad que vivimos. A quienes dudan, coraje para actuar de acuerdo con sus convicciones y asumir las consecuencias con entereza. A quienes la soberbia los lleva a creerse deidades infalibles, humildad y sensatez para bajar de esa nube.

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Una queridísima amiga, afligido su corazón por la diáspora de los afectos, solía decir que su gran sueño era poder imitar a Juliano quien -según relata Gore Vidal– sin reparar en distancias ni obstáculos, reunía frecuentemente a sus amigos más cercanos, dispersos en el vasto territorio del Imperio, para aliviar junto a ellos las tensiones que provoca la soledad del poder.

Mi amiga no tuvo más opción que rumiar su nostalgia; pero hay que notar (y no fue consuelo para ella) que con todo su poder, a Juliano no le fue mejor. A pesar del apoyo afectivo y de los consejos de sus entrañables amigos, de su genio militar (su campaña en Galia, aunque mucho más breve, no desmerece frente a la de Julio César) y de su pertenencia al linaje de los emperadores filósofos (Marco Aurelio, Adriano); aquel infortunado augusto pasó a la historia marcado con el infamante estigma de la apostasía.

En nuestra sociedad -en el pasado y hasta nuestros días- cambiar de opinión es algo muy mal visto. Quizá el hecho de asumir que fuimos creados “a imagen y semejanza” de Dios, ha alimentado cierta tendencia a creer que también seríamos omniscientes o que, en todo caso, deberíamos serlo. Así que si alguien cambia de opinión, implícitamente estaría reconociendo que estuvo equivocado; lo cual quiere decir que no es semejante a Dios como se suponía y, en consecuencia, tampoco lo es de aquellos congéneres que nunca cambian porque, sabiéndolo todo, jamás se equivocan. He allí probablemente una de las raíces más profundas del fanatismo, de la ceguera ideológica y del fundamentalismo religioso, que tanto daño y sufrimiento causan. Por todo esto (finalizo la conjetura) es tan frecuente la absurda actitud de quienes se mantienen tercamente en sus trece, a pesar de que las evidencias demuestren claramente que están equivocados.

En Venezuela estamos atravesando un momento crítico en el que se están produciendo cambios sustantivos de opinión sobre la realidad que vivimos. Algunos como producto de una súbita revelación (como el prodigio que deslumbró a Pablo cerca de Damasco), otros como epílogo de largas reflexiones. Muchos chavistas, por ejemplo, están llegando al final del viaje al país de la fantasía, con un morral de ilusiones en el que ahora se acumulan la frustración y el desencanto. Sin embargo, son pocos los que se atreven a expresar abiertamente que ahora piensan distinto: Temen a las Horcas Caudinas -de un lado, los revolucionarios “traicionados”; del otro, los guardianes de la pureza del antichavismo originario- que atravesó recientemente Rodrigo Cabezas.

También tenemos el caso de que en el mundo de la oposición una sólida mayoría ha llegado a la conclusión de que es conveniente participar en las elecciones regionales de este año; pero muchos de ellos no se atreven a salir del closet del abstencionismo, porque temen a la primera y sucesivas piedras que arrojan los que están limpios de pecado -narcisos enamorados de su incorruptible firmeza (ni un paso atrás)- y no pocos fariseos, desde la cómoda mampara de las redes sociales.

En estos momentos de tanta incertidumbre es menester aceptar nuestra humilde condición humana, somos animales dotados de inteligencia y conciencia, pero falibles e imperfectos. Por lo tanto, equivocarse, cambiar de opinión, rectificar y seguir, es la esencia de nuestro ir siendo humanos; es la rutina inexorable que marca el ritmo con el que se despliega la Historia. Pero cuidado, no es lo mismo cambiar razonable y justificablemente de opinión, que actuar como aquellos a quienes en Margarita calificamos como “baila vals” (“baila varse” también se acepta); personajes despreciables que practican impúdicamente el relativismo ético para justificar sus maromas.

A quienes dudan, coraje para actuar de acuerdo con sus convicciones y asumir las consecuencias con entereza. A quienes la soberbia los lleva a creerse deidades infalibles, humildad y sensatez para bajar de esa nube.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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