En la aldea
18 mayo 2024

El cansancio

En 22 años de resistencia es inevitable que se hayan acumulado en la memoria, aunque sea parcialmente, los fragmentos de una lista de errores, aciertos y omisiones; de tantas hipótesis, supuestos y vacíos. Y allí veo el origen de este cansancio. Es tanto lo que se ha dicho que cuesta trabajo suponer que nunca nadie ha sido capaz de proponer un plan correctamente pensado, una explicación articulada que permita comprender y, sobre todo, componer la circunstancia de que se ha destruido una República con buena parte de su gente adentro y otra afuera. ¿Recuerdan aquel eslogan político: “El que se cansa pierde”?

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Ana Teresa Torres | 23 abril 2021

El tema de este artículo, con el que me estreno en La Gran Aldea, apareció sin buscarlo cuando escuchaba una entrevista realizada el18 de marzo de 2021 en el portal que acoge al Club de Opinión “La España que Reúne”. La entrevistada era Nuria Amat, escritora en lengua castellana y catalana, nacida y residente en Barcelona que, además de su importancia intelectual y literaria, mantiene desde hace años una activa oposición contra el separatismo catalán, al que considera uno de los populismos nacionalistas que han dejado en la historia europea graves consecuencias. El Sanatorio (Barcelona, ED Libros, 2016), su última novela publicada -y que en su momento pocos editores querían tomar el riesgo de patrocinar-, es una ficción distópica en la que los personajes han contraído el virus del nacionalismo; por cierto, otro ejemplo de los momentos oraculares que a veces tienen las novelas. Hasta aquí esta breve presentación, que seguramente algunos considerarán innecesaria ya que estoy hablando de una personalidad del mundo literario suficientemente conocida y reconocida, además muy cercana a América Latina, particularmente a Colombia y Venezuela.

Varias veces durante la entrevista le escuché decir, “ya esto se sabe”, “no quiero repetir”, “creo que lo dije antes”, hasta que formuló una frase que me tocaba muy de cerca: “Esto acaba cansando”. Se refería, por supuesto, a mantener la resistencia. Sentí que hablaba una persona comprometida y cansada, tan cansada como yo, quizás. Y recordé un trajinado eslogan político: El que se cansa pierde. No sé si alguien lo sigue manteniendo, tampoco si el cansancio es una cuestión de edad, o más bien un rasgo personal, o un tipo de actitud, pero la idea de vincular el fracaso con el cansancio me parecía, y me sigue pareciendo, inaceptable; algo así como si me dijeran, no sea impaciente, ya verá que esto se arregla, y si no, es por su culpa, por haberse cansado. Continúo con Nuria. El ejemplo con el que ilustraba el cansancio que produce resistir era el de la relación tóxica, el de la víctima sometida a la violencia que, agotada, termina por obedecer y, sobre todo, por callar. “Acaba cansando”, repetía. Sometidos a una permanente frustración de las aspiraciones, como un animalillo que recorre inútilmente la jaula buscando una salida de antemano negada, el cansancio en algún momento aparecerá. No se canse, porque pierde. Ya he perdido, diría la víctima, antes de terminar callando.

“Lo cierto es que las especulaciones sin resultado producen cansancio, y el cansancio se va traduciendo en silencio”

El cansancio se produce no solo por la repetición de las situaciones sino por la insistencia en los mismos discursos acerca de las situaciones. Sobreviene cuando decir o escribir, leer o escuchar, por más sabio, por más pertinente, por más iluminador, no deja de ser algo que ya se ha dicho, ya se ha pensado, ya se sabe. Si bien no es fácil localizar el momento ni la fuente de la que proviene, algo nos remacha con el estribillo de “esto ya lo sabía”, “esto ya se dijo”. Y no es sorprendente. En casi 22 años de resistencia es inevitable que se hayan acumulado en la memoria, aunque sea parcialmente, los fragmentos de una lista de errores, aciertos y omisiones; de tantas hipótesis, supuestos y vacíos. Y allí veo el origen de este cansancio. Si estuviéramos ante un problema nuevo, por más espinoso e irremontable que nos pareciera, podríamos al menos pensar que su persistencia es por ausencia de suficiente consideración, pero no es así, no. El problema venezolano ha sido durante mucho tiempo objeto de reflexiones, discusiones y propuestas, dentro y fuera del país, por todo tipo de mentes, bien y mal intencionadas, bien y mal equipadas, y de distintas visiones ideológicas. No será por no haberle dado vueltas al asunto que tóxicamente persiste y suma víctimas.

Seguramente, podría sugerir alguien, es porque no se ha dado con la estrategia correcta o con los medios de solución adecuados ni con las personas apropiadas para la tarea. Es tanto lo que se ha dicho que cuesta trabajo suponer que nunca nadie ha sido capaz de proponer un plan correctamente pensado, una explicación articulada, que permita comprender y, sobre todo, componer la circunstancia de que se ha destruido una República con buena parte de su gente adentro y otra afuera. Salvo que llegáramos a la conclusión de que hay problemas insalvables, y que a veces es necesario admitir que su solución no depende de nosotros sino de circunstancias inesperadas y azarosas.

Lo cierto es que las especulaciones sin resultado producen cansancio, y el cansancio se va traduciendo en silencio. “La víctima acaba callando -dice Amat-, pero a su manera van actuando las voces. La cultura es resistencia”. Lástima que no se extendió más en esta conclusión. Los detalles nos hubieran ayudado a remontar el cansancio.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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