EN LA ALDEA

24 febrero 2024

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Aristóbulo

Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”, Jorge Luis Borges.

La muerte del maestro Aristóbulo Istúriz, sempiterno ministro de Educación del chavismo, brinca partidos: AD, MEP, Causa R, PSUV; ha desatado una catarata de insultos en el mejor medio para decapitar: Twitter. Y, por supuesto, las lágrimas unas de cocodrilo y seguro que otras genuinas, de sus compañeros en la ruta que eligió en 1998, cuando Hugo Chávez se lanzó al ruedo electoral. Eso fue para mí -en mi relación con el hoy difunto- un antes y un después.

Nos conocimos cuando ambos éramos concejales de Caracas y opositores al gobierno de Luis Herrera Campins (1979-1984); Istúriz por el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y yo por Acción Democrática (AD). Hicimos una amistad que llegó a camaradería. Cinco años después nos reencontraríamos en el Congreso como diputados, durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez (CAP II). Aristóbulo esta vez lo era por La Causa Radical. Fui presidenta de la Comisión de Política Interior, nos tocó la investigación del “Caracazo” (febrero 1989). Se desataron los demonios de la demagogia y del escándalo. Enrique Ochoa Antich, del MAS, fue el instigador de todas las mentiras y cifras abultadas de este luctuoso episodio de nuestra historia reciente. Aristóbulo fue comedido y colaboró conmigo en recuperar la ponderación. Al final, el Informe de la Comisión fue aprobado por unanimidad.

Aristóbulo fue el único diputado que nunca se negaba a acompañarme en las visitas a cárceles. Los adecos, copeyanos y masistas huían de esa responsabilidad y de muchas otras. Entonces le ocurrió una tragedia familiar.  Estaba guiando a su hijo de 17 años de edad para que sacara el automóvil de su garaje y no se dio cuenta de un saliente en la pared con el que el joven chocó, sufrió fractura de cráneo y muerte inmediata. Aristóbulo entró en profunda depresión aumentada por el sentimiento de culpa. Fui a su casa, lo animé para que volviera a trabajar, el trabajo lo iría sacando de ese foso en que estaba hundido. Y así fue.

“Creo que los venezolanos necesitamos una especie de terapia colectiva, por supuesto que con psiquiatras y psicólogos de otra escuela que no sea la de Jorge Rodríguez”

Fue Alcalde de Caracas y no tuvimos ningún contacto hasta que durante el año electoral 1998 lo invité a un programa de entrevistas que tenía en el canal CMT. Aquel Aristóbulo era un energúmeno que me amenazó varias veces con levantarse e irse si le hacía preguntas incómodas. Era otro, y para mi dejó de ser todo lo que había sido.

He comenzado este artículo con una cita de Jorge Luis Borges porque uno de los sentimientos que más temo padecer es de odio. Me he dado a la tarea de buscar los significados más simples de esa palabra. Odio es rencor, requiere de mucho esfuerzo y persistencia, y es un sentimiento devastador para quien lo padece. En cambio desprecio es falta de respeto, aversión, considerar indigno a quien se desprecia. Y el repudio es rechazo y desdén. Me he preguntado muchas veces lo que siento por Maduro, Cabello, Padrino, los hermanitos Rodríguez, los Tarek, etcétera, y de verdad que me alegra saber que no los odio. No quiero parecerme a ellos. Con aversión, desdén, desprecio y falta de respeto me basta.

Creo que los venezolanos necesitamos una especie de terapia colectiva, por supuesto que con psiquiatras y psicólogos de otra escuela que no sea la de Jorge Rodríguez. Imaginemos que algún día por un milagro de José Gregorio Hernández o de algún santo que nos tenga un poco de compasión, se produce la transición. ¿Qué hacemos con ese 20% de chavistas que además son maduristas?, ¿los llevamos al paredón? Si recodáramos que Hugo Chávez gozó de un porcentaje de aceptación siempre bordeando el 50%, y si reproducimos los videos del gentío llorando su muerte, ¿buscamos a todos esos dolientes y los expulsamos del país?

Sé muy bien que el odio es mucho y bastante justificado en un sinfín de casos. ¿Cómo pedirle que no odien a quienes tienen a sus familiares desterrados, a quienes han perdido seres queridos por el desastre de la salud pública y la falta de vacunas, a los médicos, enfermeras, maestros y profesores universitarios que reciben dos o tres dólares como salario mensual, a quienes tienen familiares presos y torturados como en los tiempos más negros de las dictaduras del Cono Sur?

Llegará el día de juzgar a los culpables del derrumbe y la ruina de nuestro país. Ese día tendremos que saber elegir entre justicia y venganza. La venganza es odio, la justicia es equidad e imparcialidad. Solo así podremos construir un país distinto. Un país reconciliado. 

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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