«Por eso es que los técnicos y especialistas no deben dirigir el proceso».
La sentencia está en la página 10 de un documento de 36 páginas titulado Esclarecimiento de la misión para la transformación revolucionaria de la Gran Caracas. Lo firma Farruco Sesto. Es de marzo de 2011, cuando dirigía la Opppe (Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales), creada por el Decreto N.º 6.966 del 13 de octubre de 2009 y publicado en la Gaceta Oficial N.º 39.289 del 21 de octubre de ese año.
Fue el año en que esa oficina emprendió, en Caracas y Vargas, la construcción de 11.199 viviendas. La cifra la dio el propio Sesto cuatro años después, en un cuaderno de 28 páginas que escribió y publicó él mismo en julio de 2015, La OPPPE como legado del Presidente Chávez. En la página 26 escribe que las emprendieron «a partir de 2011, sin tener proyectos ni organización para ejecutar tanta obra cuando comenzamos», y calcula que eso equivalía a levantar en menos de tres años una ciudad de cincuenta mil habitantes.
El cuaderno tiene forma de entrevista, y las preguntas las hace Gipsy Gastello, quien había sido su directora de Comunicación e Información en el Ministerio de Cultura y sería después la coordinadora editorial de la revista de la Opppe. El género lo define él en la página 4: «Lo que tú quieres que yo haga es lo que, en términos militares, se llama esclarecimiento de la misión».
Conviene traducir lo que dice, porque se expresa en lengua de doctrina, pero significa otra cosa en un terreno.
Primera traducción
Sesto escribe, en esa misma página 10, que los técnicos «han de estar totalmente al servicio de los cambios estructurales» y que eso «no les va a resultar fácil, no es natural en ellos». Que el ánimo transformador «no lo consiguen por sí mismos, no está en ellos normalmente». Que «deben adquirirlo de las fuerzas transformadoras».
Conviene detenerse en qué llama él «cambios estructurales», porque en estas 36 páginas «estructura» es siempre una categoría política. Estructurales son los cambios de la sociedad, estructurantes las grandes intervenciones que ordenan una ciudad, y la estructura que dice que hay que construir es un organigrama. Ninguna de esas veces la palabra se refiere a lo que sostiene un edificio en pie.
Dicho así, en el terreno de las ideas, el planteamiento tiene tradición y tiene defensores. Es la crítica al tecnocratismo, la desconfianza hacia el experto que decide por encima de los demás amparado en un saber que nadie puede discutirle. Como objeción a una manera de gobernar, es legítima.
En una obra significa otra cosa. Significa que el ingeniero que firma el cálculo llega con un defecto de origen y que el criterio correcto ha de venirle de afuera. A un profesional al que se le presume un vicio de fábrica no se le encarga que objete un terreno. Se le encarga que resuelva.
Segunda traducción
En la página 11 dice cuál es entonces la función que les queda: la de «expertos en la resolución de cuestiones concretas».
En doctrina, eso suena a división del trabajo. En una obra, un experto en cuestiones concretas resuelve lo que se le entrega. No decide si se puede hacer.
La diferencia entre esas dos cosas es la diferencia entre un calculista y un asesor.
Tercera traducción
Lo repite dos veces más. En la página 8, sobre quién debe concebir los planes de una ciudad: «¿Cómo una ciudad en la cual se mueve una dinámica de tantas fuerzas la pueden concebir los técnicos? ¡Eso es una locura!».
Y en la página 30, sobre quién debe redactar las leyes y ordenanzas urbanas: «¿Quiénes van a elaborar esas leyes? ¿Unos técnicos? ¡Ni pensarlo!».
En doctrina, eso es participación popular frente a tecnocracia. En una obra, las ordenanzas urbanas fijan alturas, densidades y permisos, y las escriben ingenieros municipales. Sacarlos de ahí no democratiza nada. Deja el reglamento en manos de quien va a construir.
Una vez, entre los animales
En la página 27 hay una enumeración de unos 50 puntos con todo lo que hay que conocer de una ciudad. Ahí, en el medio, aparece esto:
«Las áreas verdes, la vivienda, los espacios de trabajo e industria, los distintos tipos de riesgo, por ejemplo, geológicos, sísmicos o hidráulicos, los controles, la seguridad de bienes y personas, la vida cultural, la memoria histórica, la vida en ella de los animales».
Es la única vez que el riesgo sísmico aparece en las 36 páginas. Entre las áreas verdes y la vida de los animales. Sin desarrollo, sin ejemplo y sin consecuencia para el diseño.
Sesto sabía que una ciudad venezolana tiene riesgo sísmico. Lo escribió. Lo que hizo con ese saber fue ponerlo en una lista.
Y chao.
El reparto
En ese documento propone una manera de repartir el esfuerzo de transformar Caracas y la resume en cuatro cifras: 40 % para alcanzar «una espiritualidad urbana que nos sirva para vivir de otra manera»; 30 % para los acuerdos sociales convertidos en leyes y ordenanzas; 20 % para acciones urbanísticas de pequeño y mediano alcance; 10 % para las «acciones importantes, de carácter estructurante».
Y lo comenta: «Como ves, no es el dinero lo más importante».
Que una ciudad se transforme más por la cultura cívica que por el cemento es una posición urbanística respetable, y hay quien la defiende con buenos argumentos. El asunto es quién la firma y cuándo.
La firma, en marzo de 2011, el hombre que en ese momento levantaba torres de doce pisos con dinero público. Le asignaba a lo estructurante el 10 % del esfuerzo. El cien por cien de lo que su oficina hacía era estructura.
Y en esa misma entrevista, preguntado por quién toma las grandes decisiones que afectan a toda la ciudad, contesta esto: «En realidad la estructura de análisis, propuesta y decisión hay que construirla».
Marzo de 2011, cuando su oficina ya levantaba viviendas en Caracas y Vargas. La estructura para analizar, proponer y decidir estaba por construirse, y las torres iban subiendo mientras tanto.
Alguien decidía, sin que existiera todavía el mecanismo para hacerlo.
Los escritorios
Catorce meses antes, el 6 de enero de 2010, Sesto había firmado seis providencias designando a la alta dirección de su oficina, y una séptima el día 11. Están todas en la Gaceta Oficial N.º 39.345 del 13 de enero de 2010.
Gestión administrativa. Relaciones institucionales. Atención al ciudadano. Planes y proyectos. Ejecución de proyectos. Investigación documental y de campo. Control y seguimiento de ejecución.
De los siete cargos que designó, ninguno corresponde a una función técnica.
En noviembre de 2014, el arquitecto Abner Colmenares, que fue decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV (Universidad Central de Venezuela) y trabajó para esa oficina, publicó un balance elogioso de aquella gestión. Al describir el equipo, de poco más de sesenta profesionales, escribió que había además «otros profesionales contratados puntualmente para asesorías especiales en áreas como el diseño estructural, la restauración de obras patrimoniales, el diseño paisajístico».
El diseño estructural, contratado por obra, en la misma lista que el paisajismo. Un asesor externo llamado para un encargo puntual no detiene una obra. No tiene el cargo ni el contrato para hacerlo.
Las fechas
Esclarecimiento de la misión se publicó seis meses después de las elecciones parlamentarias del 26 de septiembre de 2010, las primeras en que la oposición volvió a tener bancada en la Asamblea Nacional, y un mes antes de que Chávez lanzara la Gran Misión Vivienda Venezuela, el 30 de abril de 2011 en el Teatro Teresa Carreño, con la promesa de dos millones de viviendas en siete años.
En marzo de aquel año, el Ejecutivo legislaba por decreto, amparado en la Ley Habilitante que la Asamblea saliente le concedió por dieciocho meses el 17 de diciembre de 2010, Gaceta Oficial N.º 6.009 Extraordinario.
En el prólogo, Sesto precisa que dirigió aquella oficina hasta diciembre de 2013, el mes de las elecciones municipales.
Nadie tuvo que silenciar a un ingeniero en aquella oficina. El director había escrito que los técnicos no debían dirigir, que el criterio correcto no está en ellos y que debían recibirlo del gobierno. Y en el organigrama que él mismo firmó no había un escritorio desde el cual objetar.
Queda por saber si esa oficina era capaz de hacer las cosas por el procedimiento debido.
Lo era.
Lo hizo una vez, para una obra que nunca llegó a construirse.
Esa es la próxima entrega.
