En la aldea
20 mayo 2024

Jorge Roig Navarro: “¿Un amanecer? Venezuela me suena a un amanecer como Mérida (…) Y el atardecer, sin duda, en Juan Griego”.

Jorge Roig, sin corbata

Aprecia el pasado y entiende que añorarlo no es ser esclavo de él, es tener buenas referencias; y sigue trabajando por un futuro mejor disfrutando de las cosas buenas del país, desde Venezuela. Se define como un venezolano optimista, atesora su paso por el mundo gremial y el político. Reconoce y aprecia cada enseñanza y ejemplo de vida, y aunque no le gusta aconsejar le dice a sus nietos: “La felicidad es una obra en eterna construcción y de lo que se trata es de ir poniendo un pedacito cada día. Que sean felices”. ¿Y cuál sería el lugar ideal para Jorge Roig si se tomara un año sabático? “Margarita, un año escribiendo y comiendo”.

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Cierro los ojos. Me transporto en tiempo y espacio. Octubre de 1974. Estoy en el cafetín de La Católica -la UCAB- en La Vega. Es de tarde. Llueve a cántaros. Claro, el Cordonazo de San Francisco.

Los de Comunicación Social no teníamos territorio propio en aquel comedero sin lujos como sí creían tenerlo los de Derecho -a la derecha, entrada por el módulo 3- y los de Ingeniería -a la izquierda, entrada por el módulo 2-. Los unos eran “los elegantes”, los abogados, claro está, de mucho traje y corbata, soltando chistes con latinazgos y llamándose “doctor” entre ellos. Los otros, pues “los sobraos”, los ingenieros, que caminaban por los módulos, los jardines y aquel cafetín, el único que había en esa época, pavoneándose, con su calculadora Hp al cinto, convencidos de ser propietarios de la universidad casi que por mandato divino. Cierta lógica había en aquello: para entonces el rector encargado era Guido Arnal Arroyo, ingeniero brillante, profesor muy respetado, hombre que estaba ahí para limpiar los escombros y edificar. Entonces, los (pichones de) ingenieros, tanto los “pegabloques” (así llamaban a los estudiantes de Ingeniería Civil) y los “chicheros” (los de Ingeniería Industrial) se sentían con derechos superiores casi estatutarios.

Siempre he creído que tener un solo cafetín para todos, estudiantes,  profesores y empleados, contribuía a la mezcolanza, al “pegue pegue”. Estructura modela comportamiento.

Abogados e ingenieros competían por todo. Se turnaban en el poder; más bien lo compartían. En realidad, los estudiantes de las otras facultades éramos mayoría; lo sabíamos y, créanme, quizás a la calladita, sin mucho aspaviento, lo ejercíamos. Pero dejábamos que los de Derecho e Ingeniería disputaran la presea de la popularidad. Era divertido verlos engarzados en una rivalidad a la que las más de las veces le faltaba peso específico y sustancia. Al fin y al cabo, dependían de nosotros, los “demás”, para ganar las elecciones de representación estudiantil en el Consejo Universitario. Tenían el liderazgo, no como derecho propio, sino porque nosotros, los miles de estudiantes de las “otras carreras”, así lo decidíamos.

“Me gustaría que mis hijos hubieran vivido esa maravillosa Venezuela que yo pude vivir y a la que tanto le debo”

Jorge Roig

Para la época, aquellos lejanos años del ‘73 al ‘78 -los años de los  pantalones acampanados, de echar un pie al compás de la música de Fania All Stars, de los cine foros en el auditorio del módulo 2, de algunas niñas cruzando de punta a punta el cafetín moviendo las caderas y las melenas y “tumbando gobierno”, del Show de Ingeniería cada Navidad y de los comienzos del Teatro UCAB en el auditorio del módulo 4, -que era “propiedad de Comunicación Social”- la Católica era epicentro de debates ácidos y discusiones bastante subidas de tono y con densidad. Había gruesos encontronazos por definir qué tipo de universidad debía ser la Católica y, también, sobre la clase de país que debíamos tener. Una universidad poco partidizada, era empero un escenario de diatriba política e ideológica. No era una universidad de izquierdas o de derechas; era una universidad. Pocos años antes, había tenido una crisis, un insólito paro, que le movió el piso a muchos y que decantó en una revisión profunda. Y hubo un cambio. Para bien.

En esa Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) que crecía, que maduraba, que se retaba a sí misma, aquella lluviosa tarde de octubre de 1974, en esos metros cuadrados del cafetín marcados con letrero invisible como “propiedad de Ingeniería”, en medio del bullicio, en la barra, frente a un marroncito (Bs.0,25) y un sánduche planchado de queso (Bs.1,00), conocí a Jorge Roig.

Nos presentó un amigo común. Me sorprendió que a esas horas, ya pasadas las cinco de la tarde, un estudiante de Ingeniería, que seguramente estaba en la universidad desde las siete de la mañana, luciera como recién salido de la ducha. Fresco, con la camisa lisa y bien metida dentro del pantalón, el pelo perfectamente peinado y (todavía) olor a jabón. Las uñas limpias y los ruedos de los pantalones cosidos con aguja e hilo. ¡Hasta estaban sin sucio sus zapatos! Nada que ver con el clásico desaliño de los rudos y un tanto rústicos estudiantes de Ingeniería. Parecía más bien un estudiante de Economía. Luego supe que durante años había abrazado el sueño de ser tenista profesional; eso explicaba ese atildado aspecto que ha conservado a lo largo de toda su vida.

Yo estaba en segundo año de carrera, el año más difícil, lidiando con once materias y con el filtro, muralla más bien, Teatro (formalmente Artes Escénicas), con el profesor Marcos Reyes Andrade (una fiera) y como preparador Javier Vidal (una maravillosa enciclopedia ambulante); y también aguantando el látigo de César Miguel Rondón en Radio (Audiovisual II). Sí, lo sé. Ustedes lo oyen o lo ven y quizás caen en la pifia de suponerlo un caramelito tropical. Pues nada que ver. César era implacable. “Mira, carricita, así no; respira y vuelve a grabar. Enamórate del micrófono y haz que él se enamore de ti”.

“El sabor que me despierta Venezuela es así como esa ‘Carlton’ que antes los vendían en una lata y que en mi familia era como un culto abrir”

Jorge Roig

Para octubre de 1974, Jorge estaba en tercer semestre. Todavía era de los “tiernitos”, como llamaban mis (salvajes) amigos de Ingeniería a punto de graduarse a los de los semestres inferiores. No había llegado al semestre en que se escogía entre ser “Pegabloque” o “Chichero”. El y sus compañeros estaban sudando tinta china con Análisis Matemático. Habían sobrevivido a Análisis II con Arvelo (cuyo apodo mejor me reservo) y estaban ya en Análisis III, enfrentándose a una profesora a la que, me apuntan amigos de la misma generación, “La Farina”. Era, creo recordar decían, agradable pero, uf, tenaz. Es incalculable la cantidad de velas que mamás y abuelas prendieron a santos y virgencitas en la época de exámenes parciales y finales. Análisis III era el cerco final, electrificado. Fueron muchos los estudiantes que no lograron superarlo y se quedaron allí, achicharrados, chamuscados.

Nos hicimos amigos y en los años siguientes compartimos mucho. Muchos amigos. Muchas conversaciones. Muchos paseos. Muchas diversiones. Muchas patinatas. Muchas fiestas con picó. Muchas graduaciones. Muchas risas. Muchas tertulias profundas. Todo mucho.

Luego de la universidad, con el título universitario de “Chichero” (perdón, Ingeniero Industrial) bajo el brazo, comenzó la vida en serio para Jorge. Empezó a escribir su propia historia. A enfrentarse con eso de ser adulto. Luego de varias vueltas, escalas y “expediciones”, que sería largo de contar, se fue al sur. A Bolívar. Y fue allí donde comenzó a crecer profesionalmente y continuó madurando como ser humano. Siempre he creído que Jorge es quien es porque el sur lo marcó, lo tatuó.

Desde entonces vaya si ha llovido. Ha pasado de todo en su vida. Y en la mía. De todo. Y no es un decir. Éxitos, tropezones, aciertos, pelones, a granel. Pero la contabilidad no está en rojo. Ni la de él ni la mía. Con todo y baches, vivir ha sido una aventura que ha valido la pena.

“Para mí la mayor felicidad (…) es que tengo la enorme fortuna que [mis hijos] vivan aquí y que nos vemos con muchísima frecuencia”

Jorge Roig

Su currículum habla. Dice que se ha tomado en serio eso de echarle un camión de ganas a construir país, en el país o en donde sea que lo ha llevado el viento. Hijo de españoles que “hicieron Las Américas”, su biografía dice que es venezolano, con las diez letras de esa palabra resaltadas, subrayadas y en negritas. Ciudadano, demócrata, ingeniero con ingenio, con oficio en la producción, en la política, en el gremialismo. Padre. Hermano. Marido. Compañero. Conciliador. Con la mano abierta y extendida. Nunca con el puño cerrado. Luchador de uñas bien limadas y zapatos pulcros. Deportista. Explorador. Un soñador empedernido. Hombre de carácter amable, pero no blandengue. No es, como equivocadamente piensan algunos, una perita en dulce. Qué va. Pinta rayas en el piso y cuando dice no, es no. Ah, por fortuna, no tiene el gen de la victimización, ese insufrible “es-que-mí-no-me-dieron, es-que-no-me-dejaron”, esa loa melodramática al arbusto nacional, el llantén, que algunos recitan cansonamente como versos cursis para excusar indolencia o ineptitud. Y en un país que construye ídolos y luego los destroza cataclísmicamente sin miramiento alguno, Jorge supo metabolizar que el egocentrismo no es sino fardo, peso muerto. Y entiende que, en las tormentas, los juncos aguantan mejor los embates del viento.

Algunos le pondrán el adjetivo de “nutrida” a su biografía. De hecho, cualquiera que navegue en Google y escriba “Jorge Roig Navarro” va a encontrar páginas y páginas de publicaciones, entrevistas, artículos, declaraciones, discursos, tuits… Y, también, ataques. No se ha salvado de insultos, injurias, brollos y maledicencias. Como suele pasarle a quienes han hecho carrera de escrutinio público, hay un gentío que lo quiere bien. Y también hay quien no lo soporta, por incompatibilidad química, por envidia o por lo que sea, y que ha intentado pasarlo por la licuadora. No se puede caminar por la vida como lo ha hecho él y esperar ser arepita con mantequilla. Jorge entendió que hay opiniones que hay que dejar pasar. Aprendió que hay que dominar el arte de la indiferencia. Que hay pleitos en los que es un desperdicio caer, rabias que son inútiles y tremendamente improductivas.

Ha hecho de todo. Tiene hormigas en los pies. No ha podido jamás quedarse quieto. Es cualquier cosa menos un conformista. Tiene más preguntas que respuestas.

Curucuteando en mis archivos, conseguí una carta que le escribí. Nada raro porque yo soy epistolar. Corría 1995, creo; la carta tiene ilegible la fecha. Jorge había competido por la Alcaldía de Baruta y, uf, había perdido. No por mucho, pero igual había perdido. Y dolía. En esa carta, cuya fotocopia conservo y tanto valoro y que ya hoy es un papel amarillento, le dije lo que pensaba de ese fracaso. Releyendo esas líneas, creo que el haber perdido lo hizo ser mejor, lo hizo crecer. Le enseñó que a veces hay que resbalar en un peldaño para descubrir cómo se sube una escalera. Así como no se gana sin perder, no se pierde sin ganar, aunque nos tome tiempo verlo y entenderlo.

Nos escribimos con frecuencia. Curiosamente, aunque no nos vemos nunca, entre él y yo no hay punto final; todo es un punto y coma. Compartimos mucho más que una amistad de ya varias décadas. Ambos creemos en Venezuela, conocemos a Venezuela, estamos enamorados de Venezuela y respiramos Venezuela, sin permitir que la palabra “rendición” nos contamine el aire que inhalamos o nos empañe los lentes. Coincidimos en mucho y a veces discrepamos. Discutimos. Nunca a los gritos, nunca de modo irreconciliable. Entendemos que no todas las piezas tienen que calzar a la perfección para llegar a acuerdos. Jorge aprecia el pasado y entiende que añorarlo no es ser esclavo de él, es tener buenas referencias. Y no es miope con respecto al futuro. Quiere perfilarlo para que sea bueno.

“Mis hijos son un regalo de vida. Yo no recuerdo haber tenido un momento de angustia, de desilusión. Mis hijos lo que me han dado es solamente momentos de felicidad”

Jorge Roig

Hay un Jorge Roig que pocos conocen. Suele ocurrir con las personas que tienen mucha calle y los focos puestos encima. A veces desciframos más al personaje que a la persona. Nos cuesta imaginarlos lavando platos, haciendo oficio, tendiendo camas o doblando toallas recién sacadas de la lavadora.

No soy condescendiente. Y mucho menos con quiénes están en mi biblioteca  de vida en la sección “Amigos”. Con esos, los amigos, esos a los que quiero con el dramatismo de escritora caribeña -a saber, con toda mi alma- no soy indulgente; al contrario, tiendo a ser mucho más exigente, y tanto más si esos amigos acumulan éxitos, fama y aplausos.

Entrevistar a una persona que uno quiere es difícil. Porque supone rendirse ante los sentimientos. Desvestirse de corazas y darle licencia al corazón para que mande. Eso hice. Eso hizo él. Entonces, esto que ustedes me hacen el favor de leer es el ejercicio de dejar que Jorge hable, que diga las cosas que no suele decir. Es el hombre sin títulos y sin cargos. Este es el Jorge Roig de carne y hueso, que suda y se despeina, que tose y estornuda, que ha crecido y se ha echado años y canas (que no kilos ni barriga), ese que se quita la corbata, se toma un juguito de parchita y responde las preguntas de esta periodista que no es simple espectadora de la vida, que detesta los rodeos, que no compra poses y que no se quiere quedar con interrogantes en el tintero.

No es una entrevista que sigue el estricto lineamiento que aprendí en la universidad de la mano de mi profesor Omar Vera López. No ocurre una tarde cualquiera frente a unos cafés recalentados en la oficina de un alto ejecutivo, con libreta de notas, bolígrafo nuevo y grabadora encendida. No entrevisto a la personalidad. Es una conversación con la persona. No me pongo lejos emocionalmente, como aconseja la técnica. Me sumerjo en las aguas de los sentimientos.

Estoy en Pampatar y él en Caracas. Escribo descalza, en el balcón, en la oscuridad de un corte de electricidad por “administración de carga”, eufemismo que publicita Corpoelec para referirse a la privación de un servicio indispensable en la civilización. Al Ipad le queda poco para apagarse. Y la pila del celular agoniza. Como música de fondo, el mar. Reilón. Cadencioso. Rumoreando libertad.

“Venezuela me sabe a ese pasado que han venido deformando. Los olores son complicados, porque a mí me huele a mar y a montaña, que son mis dos grandes pasiones”

Jorge Roig

Transcribo las preguntas que le envié buscando que se sorprendiera y me sorprendiera. Desparramo en negro sobre blanco, palabra por palabra, emoción por emoción, las respuestas que me mandó en una nota de voz.

Para ustedes, los que lo conocen y los que no, y también para mí, va Jorge Roig, sin corbata.

-¿Quién eres hoy que ni siquiera imaginabas podrías ser años atrás,  cuando eras ese ingeniero recién graduado de la universidad con ganas de comerse el mundo a bocados?

-La verdad es que me gradué muy temprano, muy joven, a lo mejor demasiado. Y a esa edad uno no imagina. A esa edad, contrariamente a lo que la gente piensa, uno lo que hace es vivir. Y jamás me pude imaginar ni lo generosa que la vida iba a ser conmigo, ni los cambios increíbles que tuvo mi trayectoria desde todo punto de vista. Yo siempre me he jactado de ser una contradicción. Fui el sifrino de la Causa R y el comunista de Fedecámaras. ¿Cómo podía pensarse que alguien que fue diputado de un partido de trabajadores llegaría después a ser presidente de una institución gremial, de la máxima institución gremial de empleadores de un país? O sea, la verdad nunca me imaginé lo que la vida me deparaba. En ese sentido, profesional. Mis sueños eran totalmente diferentes, practicar deportes, vivir la vida… Y la vida ha sido muy, muy generosa conmigo. De ambos episodios en mi vida, tanto la política como lo gremial, atesoro maravillosos recuerdos y son las etapas más gratificantes de mi vida. Hoy en día, mirando atrás, la verdad es que estoy muy satisfecho con esa trayectoria. Esto más allá, por supuesto, de una trayectoria familiar, mis hijos… Pero bueno, ese es otro tema, pero imagino que tu pregunta iba más por el corte de lo que mi vida profesional me deparó.

-¿Cómo se es padre de dos “millennials” con caracteres tan disímiles y personalidades tan distintas?

-Mis hijos son un regalo de vida. Yo no recuerdo haber tenido un momento de angustia, de desilusión. Mis hijos lo que me han dado es solamente momentos de felicidad. Y sí, son dos “millennials”, son muy diferentes. Jorge es un bohemio, hippie, como lo decimos nosotros, mucho más dedicado a la vida humanística, al teatro, al cine. Con una preparación excelente, porque sí decidió esa vida, decidió prepararse; Comunicador Social, con dos posgrados, en España y en Argentina. La verdad es que me llena de satisfacción. Hoy en día es el popular de la familia. Antes, él era el hijo de Jorge Roig, ahora yo soy el padre de Jorge Roig. Y eso me llena de muchísimo orgullo. Un muchacho maravilloso, de buenos sentimientos, querido por todos. Verdaderamente muy orgulloso de él y de su desempeño. Mi hija es mucho más parecida a mí, aunque mucho más centrada y mucho más organizada, mucho más estructurada… Ingeniero Industrial, como yo, ella de la Metropolitana y yo de la Católica. Con ella siempre tuve una conexión muy especial. Estudió afuera y regresó mucho más estructurada, mucho más corporativa. Trabaja en una gran corporación y lo que ha hecho es darme solo satisfacciones de vida. Entre ellos dos y yo, que soy un poco en el medio, tenemos unos ratos familiares entrañables, cada quien hablando de sus cosas; uno más por el teatro y la otra más por la vía técnica y de trabajo, como más parecido a mí, y compartimos unos ratos maravillosos. La verdad es que nos vemos mucho y para mí la mayor felicidad, circunstancia que le ha tocado a otras familias que sus hijos vivan afuera, es que tengo la enorme fortuna que [mis hijos] vivan aquí y que nos vemos con muchísima frecuencia.

-¿Qué te entusiasma, qué te entristece, qué te indigna, qué no soportas?

-Me entristece el rumbo que lleva mi país. Uno siente impotencia, pero sobre todo tristeza. A estas alturas de mi vida lo que más me entusiasma es planificar actividades con mi esposa, mis hijos y mis amigos. Cenas, viajes, cosas juntos. Soy un cultor de la amistad. Me indigna fundamentalmente la hipocresía. Creo que es de los peores defectos. No soporto la deslealtad. Puedo perdonarle a alguien que cometa errores, pero la deslealtad no. Y últimamente, no sé qué me pasa, pero cada vez soporto menos la estupidez.

-¿Cómo es esa Venezuela que flota en tu cabeza?, ¿a qué sabe, a qué huele?, ¿cómo son tus amaneceres y atardeceres?

-Muy diferente a la que tenemos hoy en día. Más parecida a la que tuvimos en mis tiempos. Me gustaría que mis hijos hubieran vivido esa maravillosa Venezuela que yo pude vivir y a la que tanto le debo. A mí me saben los recuerdos. El sabor que me despierta Venezuela es así como esa Carlton que antes los vendían en una lata y que en mi familia era como un culto abrir, que ya no existe, que la han venido transformando hasta ser una desviación.  Venezuela me sabe a ese pasado que han venido deformando. Los olores son complicados, porque a mí me huele a mar y a montaña, que son mis dos grandes pasiones. La gente me pregunta si prefiero el mar o la montaña y la verdad es que me es imposible decidir. ¿Un lugar? Quizás La Gran Sabana. Es un lugar maravilloso, que me despierte los más grandes recuerdos de mi juventud y quizás fue una de las razones por la que me fui a vivir a Puerto Ordaz, para estar más cerca de ese entorno. He ido en múltiples ocasiones y cada vez que voy me termino ilusionando cada vez más. ¿Un amanecer? Venezuela me suena a un amanecer como Mérida, con esos páramos, con esos ambientes donde no ves demasiado pero sientes ese frío. Y el atardecer, sin duda, en Juan Griego. Una puesta de sol allí, en Juan Griego.

“Tanto la política como lo gremial, atesoro maravillosos recuerdos y son las etapas más gratificantes de mi vida”

Jorge Roig

-¿Qué lugar, qué montaña, qué río, qué lago, qué mar u océano, qué isla, qué volcán, qué selva, qué desierto, qué tienes pendiente por explorar?

-Gracias a Dios, me falta mucho por explorar, es imposible visitarlo todo. Al principio había hecho como una lista. Ya no la hago. De hecho me gustan mucho más los viajes inesperados. He tenido la fortuna de subir a 6.300 metros en montañas emblemáticas como el Everest o el Kilimanjaro. He bajado a 90 metros de profundidad buceando en las barreras de coral de Australia y Nueva Zelanda. La verdad es que la vida me ha dado una oportunidad maravillosa de conocer el planeta. Me jacto además de conocer a Venezuela por completo. Es extraño que yo no conozca algún pueblo, algún paraje. Pero sí queda muchísimo por explorar. Más bien lo que nunca hay es tiempo y, si me preguntas, lo que me gustaría es tener más tiempo. Más tiempo para hacer más montañas, más lagos, más ríos, más inmersiones. Más tiempo con mis seres queridos.

-¿Quién es la persona más interesante que has conocido en tu vida?

-Fue mi primer jefe. Era un tipo realmente interesante. Me contrató por casualidad. Ni él buscaba un empleado ni yo buscaba trabajo. Trabajé dos años con él y en esos años aprendí el 80% de todo lo que sé. Ese señor que escapó de Hungría en un barco prácticamente refugiado cuando la guerra, vino a Venezuela. Al mes se quedó ciego por la tropicalización de la sangre. Buscaba solo una cuerda para ahorcarse en un momento dado. Y bueno, después recuperó la vista  y construyó un imperio. Me adoptó casi como un hijo y estuve dos años aprendiendo la inmensa mayoría de lo que iba a ser mi profesión futura. Yo lo que soy es un vendedor. Yo como ingeniero la verdad es que soy muy malo. De hecho, él me puso un ejemplo. Me dijo: “Yo quiero un ingeniero. El ingeniero número 1 es el que agarra un destornillador y desarma y arma todo lo que tiene que armar. El ingeniero número 2 es el que agarra un lápiz y es capaz de dibujar un plano. El ingeniero número 3 es el que maneja al 1 y al 2”. Mi respuesta fue: “Mire, la verdad es que dibujo malísimo y con un destornillador soy un desastre, así que no me queda más remedio que ser del tipo 3”. Y apenas terminé de decir eso me dijo: “Bueno, estás contratado para trabajar conmigo”. La verdad es que me enseñó lo que era mi verdadera profesión y además mi verdadera ambición de hacer cosas, que era la venta. Yo lo que soy es un vendedor. A veces vendo productos, a veces vendo ideas, pero fundamentalmente lo que me gusta en la vida es vender. Y eso me lo enseñó ese señor que marcó mi vida.

-Si tuvieras la posibilidad de un año sabático, y pudieras hacer cualquier cosa, ¿qué harías en ese año?

-Me lo he planteado varias veces. Yo, si te soy sincero, lo que me gustaría es verme montado en un velero, dándole la vuelta al mundo. Pero varias cosas afectan esa decisión: primero, no tengo velero y, segundo, no sé manejarlo tan bien como para darle la vuelta al mundo. Así que voy a aterrizar un poquito más en mis pretensiones y te digo que me iría a Margarita y haría dos cosas que siempre he querido hacer: Una, escribir una novela, que la tengo más o menos pensada. Transcurriría en Las Claritas, en Bolívar, justamente donde están las minas de oro Las Cristinas. Me gustaría escribir una novela que tratara ese mundo de la minería, tanto legal como ilegal, ese submundo que existe. Y lo otro que haría en ese sabático es cocinar. Me encanta cocinar. No soy un chef, soy un cocinero. La verdad es que estar un año aprendiendo de una manera más estructurada y profesional me encantaría. Así que Margarita, un año escribiendo y comiendo.

-¿A qué le tienes miedo, mucho miedo?

-No sé, no he sentido miedo en mi vida. Suena arrogante, prepotente. Ni siquiera la etapa más complicada que tuve como presidente de Fedecámaras, con acusaciones que me hacían públicamente en televisora nacional y la persecución de los Sebin día a día. No puedo decirte que sentía miedo. El verdadero miedo me imagino que es un sentimiento terrorífico, que te paraliza. Yo no lo he sentido como tal. Evidentemente que hay sustos, hay cosas. Pero pensando en lo que me da miedo, pues me daría mucho miedo que en Venezuela no cambiara nada, que mis hijos no pudieran vivir la Venezuela que viví yo y que estuvieran destinados a un futuro como el que está siendo su presente ahora. Eso me da miedo. Miedo, angustia, impotencia; quizás sea el sentimiento más cercano al miedo.

“No soporto la deslealtad. Puedo perdonarle a alguien que cometa errores, pero la deslealtad no”

Jorge Roig

-¿Quién o qué marcó tu vida tan profundamente, para bien o para mal, que es un recordatorio constante, como un sello imborrable?

-Visto en perspectiva, tengo varios “gamechanger” que hicieron que mi destino se torciera drásticamente. Quizás el más emblemático, porque era muy joven… Yo era un buen jugador de tenis. No hubiera sido nunca el mejor. No tengo la paciencia para haber sido el mejor, pero estaba entre los dos o tres primeros del país; además había sido campeón de dobles; mi vida estaba muy destinada al tenis. Y tenía un futuro promisor como juvenil. La verdad es que era un buen tenista. Y cuando estaba en mi mejor momento, a los 16 años, en la universidad, esperando quizás una beca para los Estados Unidos, tuve un accidente. Un carro me atropelló y una pierna me la atravesó una cabilla de extremo a extremo y la otra me la aplastó completamente. Caí tirado en la autopista de La Guaira. Yo estaba con un amigo. Por la sangre se lo llevaron preso. Mis padres no estaban en Caracas. Me llevaron al Periférico de Catia. Me atendieron razonablemente bien y salí con las dos piernas sin poderlas mover. Yo estaba en segundo semestre en la universidad. Estuve ocho meses sin caminar y por supuesto abandoné el tenis. Pero el hecho que cambió mi vida fue que el presidente de la Federación de Tenis en ese momento, Fermín Pérez, me ofreció ser secretario de la Federación para que yo no me apartara del mundo del tenis. Fui ocho años secretario de la Federación, me convertí en el capitán del equipo juvenil, viajé por todo el mundo con los niños de 10 a 16. Eso me dio una satisfacción personal que valoro pero, además, marcó el inicio de mi carrera gremial. Luego empecé a ocupar cargos gremiales en Guayana. De lo gremial pasé a la Política y luego a la carrera empresarial y a lo gremial. Así que eso que pasó marcó mi vida.

-¿Qué significa volver a casarse a esta edad?

-Hace unos años te hubiera dicho que imposible. Como casi todos, yo me casé por primera vez para toda la vida. Estuve doce años casado. Mi historia es un tanto extraña. Los primeros años fueron buenos, como suelen ser, luego altos y bajos, y luego me separé. Y estuve cinco años en el Congreso, y los cinco años divorciado. Luego me volví a unir a la que fue mi esposa, por dos años más. No funcionó, lamentablemente. Lo intentamos por los hijos y por darnos una segunda oportunidad. Yo creo en las segundas oportunidades. De ahí pase a estar separado durante un largo tiempo. Echaba broma con mis amigos diciendo que yo era el presidente de ADIFE, la asociación de divorciados felices. Y ese cargo lo ejercí con autoridad, hasta que apareció Alesia Rodríguez en mi vida. Tuvimos seis años de novios antes de pensar en casarme, pero evidentemente es una enorme fortuna haberme encontrado con ella a estas alturas de mi vida. A estas alturas ya habías dado casi por descontado que no ibas a encontrar con tus valores, con tus  principios, con tu mismo sentido del humor, con las ganas de ir a hacer las cosas juntos. Y bueno, Alesia cumple eso con creces. Ha sido una compañera de vida extraordinaria. De hecho, me le propuse en el Camino de Santiago, precisamente por eso, porque creo que es una compañera de camino maravillosa. Y no hago sino dar gracias por haber encontrado a estas alturas de mi vida a alguien para este tramo final del camino, juntos.

-¿Qué papel juega Dios en tu vida?

-A veces me pregunto qué papel juego yo en la vida de Dios, que ha sido tan generoso conmigo. Yo pase por una etapa inicial de búsqueda espiritual muy, muy loca. Estuve con el gurú Maharishi, estuve con los Hare Krishna, estuve en grupos de meditación donde nos íbamos a ver platillos voladores. La verdad que fue una juventud muy interesante la mía. Quizás hice muchas locuras, por ejemplo, acompañé a Uri Geller al congreso de brujería de Cúcuta durante seis días y lo acompañe en su visita a Venezuela. Siempre estuve buscando espiritualmente y quizás no encontraba las respuestas adecuadas en ninguna religión, a pesar de que soy cristiano católico. Esa búsqueda me llevó a decantar lo que es la religión, lo que es Dios. Hoy creo profundamente en un ser superior, que se me aparece cuando las cosas van demasiado bien y también cuando van demasiado mal. Creo que Cristo fue un gran maestro, pero hasta allí. Pero otras cosas de las religiones me parecen discutibles. Pero hoy en día sí creo qué hay alguien o algo que de alguna manera controla este inmenso concierto organizativo que tiene la vida y nuestro planeta. La verdad es que también soy muy pragmático; lo uso a Dios cuando lo necesito y no lo uso cuando no lo necesito.

-¿Qué consejo le dejarías como gran legado a tus nietos?

-Los que me conocen saben que soy poco amigo de dar consejos. Pero si algo le pudiera decir a mis nietos, es que no se tomen la vida tan en serio. Pero creo que eso ya lo saben, esta generación ya eso lo sabe. Así que me iré con un consejo más “cliché”. Que crean en ustedes mismos, que se arriesguen mucho más, y que nuestro paso por la vida es muy limitado, así que disfruten mucho. La vida está compuesta de buenos ratos, de malos ratos también. La felicidad es una obra en eterna construcción y de lo que se trata es de ir poniendo un pedacito cada día. Que sean felices.

Hay algo espléndido en los que hablan claro sin caer en el maleducado ejercicio de gritar o en la grosería de la simulación. Fundamentalmente, el directo, el que habla de frente y sin impostar la voz, no aburre. Jorge camina dejando huellas de pasos, no de pisotones. Termina su nota de voz con un “te mando un beso, Sole”. Y tuvo olor y sabor a humeante marroncito en la barra del cafetín de La Católica.

De fondo, a lo lejos, alguien, acaso con lo poquito que le queda de carga en su celular, solidariamente comparte una canción con el vecindario. Serrat. “De vez en cuando la vida toma conmigo café…”.  

*La fotografía es cortesía de Jorge Roig, y fue dada por la autora Soledad Morillo Belloso al editor de La Gran Aldea.

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@solmorillob

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