EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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“Pepe”, José Toro Hardy: hay un mañana

Me estoy poniendo vieja, y ya tengo el cerebro crujiendo. Tuvo que ser por allá a finales de los ‘70 o en los ‘80. Había un congreso de petróleo, una conferencia importante, con ministros de todo el mundo, en un hotel de los grandotes en Caracas. Yo trabajaba en ese complicado encuentro. Había gentes de los cinco continentes. Muchas vestimentas coloridas, muchos idiomas, muchas banderas. Fueron días de incesante corre-corre.

Un día tenía que llevar unos papeles de una oficina a otra, en carpetas demasiado pesadas para mi metro cincuenta tres. Pero había prisa y no tenía tiempo para hacer dos viajes entre la oficina que estaba en la planta baja y una instalada en una suite de uno de los pisos superiores. Total, que ahí voy yo, entaconada y corriendo como loca, con un montón de carpetas. Llego al ascensor y cuando se abre, trato de subirme. Un hombre, guardaespaldas mal encarado, me frena y la mitad de las carpetas terminan desparramadas en el elevador. Haciendo caso omiso a lo que me decía aquel hombre, entro y me inclino a recoger mis carpetas mientras balbuceo disculpas en inglés. Esas carpetas marrones son muy resbalosas, así que las agarraba y, rataplán, se me caían de nuevo. Decidí pasar unas a un “señor” en el ascensor y luego de recoger las que quedaban le dije al “señor”, en inglés, “gracias, ¿me las pone encima, por favor?”; eso hizo.

En la tarde, en la oficina VIP, tras no sé cuántas horas de trabajo, mientras escribía cartas de agradecimiento, de esas que se envían por cortesía a participantes, colaboradores y corresponsales de prensa; vi en televisión, en un noticiero, al “señor” que me había auxiliado con mi desastre de las carpetas. En el titular bajo la toma, se leía: “Jeque Ahmed Zaki Yamani, ministro de Petróleo de Arabia Saudita”. Trágame tierra.

Hay muchos libros sobre el asunto petrolero venezolano. Pero si uno no es un experto (yo no lo soy), ni pretende serlo (ya no lo seré), pero quiere entender de qué va esto de la Venezuela petrolera, pues hay que leer a los Rómulos. Deglutir dos libros: Venezuela, política y petróleo, de Rómulo Betancourt. Y Sobre la misma tierra, extraordinaria novela de Rómulo Gallegos.

“La reconstrucción va a implicar inmensas inversiones, que van a traer consigo un efecto multiplicador que hará que la economía crezca rápidamente. Y los problemas sociales se irán solucionando junto con ese crecimiento”

José Toro Hardy

Lo otro que uno puede hacer, como venezolano de a pie, sin tener que dejarse las pestañas en un doctorado en Economía Petrolera, es buscar lo que ha escrito y dicho José Toro Hardy, quien usa un lenguaje sin faralaes y no habla desde ese Olimpo churrigueresco de nuevo cuño desde el que pontifican algunos, olvidando tal vez que el país es de todos, que somos una República en la que el concepto de igualdad ciudadana está en la misma esencia de nuestra Nación, asunto que no es una simple guarandinga pantallera con la que adornar ardorosos discursos de plaza en fecha patria.

Hay una Venezuela antes del petróleo, sin duda. Esa que leemos en libros ya amarillentos, con muchas páginas épicas e ilustrados versos heroicos. Por supuesto, hay otra Venezuela que surge a partir del petróleo, pujante y vital, un país en modo “on” de indiscutible progreso y desarrollo.

Y hay ya, en la gatera, una tercera Venezuela, la que durará por muchos años, la que seremos luego de reinventarnos en un mundo que cada vez usará menos petróleo. Algunos se azoran, se angustian, se llevan las manos a la cabeza, dictaminan que “no, eso no puede ser, eso es inconcebible”. Pues, los futurólogos (que no son tarotistas ni leedores de la borra del café, sino expertos en ciencias sociales) afirman que esa nueva Venezuela será. Y eso no tiene por qué hundirnos en tristeza y luto. Al fin y al cabo, se atribuye al “señor” de mi cuento de las carpetas en el ascensor (nunca más lo confundí), la frase: “La Edad de Piedra no se acabó por falta de piedras”.

Lo puedo llamar “doctor” o “profesor”, o “don”. Como yo soy muy fresca (en el sentido zuliano de la palabra), mejor “Pepe”. Es economista, con un montón de estudios y de  títulos y quién sabe cuántas horas de clase dictadas. Ha tenido cargos de la mayor importancia en la administración pública y en la dirección de nuestra industria petrolera. Es un analista acucioso de lo que (nos) pasó -lo bueno y lo malo- con diagnósticos no sesgados, que ha puesto en negro sobre blanco en cientos de artículos. Es un buen comunicador de verbo sencillo que habla sin egocentrismo ni parafernalia. Pero creo que lo más importante de Pepe es su capacidad para zambullirse en el futuro e invitarnos a darnos un refrescante chapuzón en las (buenas) posibilidades que tenemos como país y como nación. El no vive pegado en el “recuerdos del ayer que fue pasión” ni en “los cujíes lloran de dolor”. No es catastrofista ni apuesta a un porvenir de Apocalipsis. No le oigo gritando, ni dando puñetazos en la mesa o aullándole a la Luna. Baste leer sus piezas de opinión y escuchar las muchas entrevistas que le hacen para medios y redes en las que ciertamente hace críticas, a veces fuertes, pero siempre plantea argumentos positivos y caminos posibles. Es decir, no se dedica a rumiar el dolor ni a echarle sal a las heridas. No es un devoto del arbusto nacional, el llantén. Pone sobre la mesa los si condicionales, esos subjuntivos que pueden, no solo propiciar que nos reinventemos como país con riquezas y talentos, sino también como nación que inteligentemente construya nuevos escenarios de prosperidad para este siglo y el próximo. Creo recordar que fue Ortega y Gasset quien dijo que “solo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”.

“Seguimos siendo un país con un inmenso potencial, con una extraordinaria ubicación geográfica, somos uno de los países que cuenta con mayores fuentes de agua dulce”

José Toro Hardy

Creo que Pepe es como es por muchas razones: porque es un venezolano con arraigo que quiere, aprecia y respeta mucho a Venezuela; porque sabe mirar el bosque y los árboles; porque no es un inmediatista cultivador del “hoy para mañana”; porque identifica las particulares ventajas comparativas y competitivas que podemos explotar; y, finalmente, porque, si bien tiene el corazón adolorido por todo esto que nos pasa (como lo tenemos muchos), él conoce la historia de la civilización humana (sabe que los libros no muerden). Entiende que han sido muchas las tormentas que ha tenido que enfrentar la humanidad y que ha conseguido superar. Porque la historia nos habla de caídas y de vueltas a poner en pie.

A este señor me doy el lujo de tutear. En un momento muy difícil de mi vida -la súbita muerte de mi hermana Milagros- me abrazó y me dijo: “Escribe, que así vas a poder llorar y sudar este dolor”. Eso habla maravillosamente bien de su calidad humana. A este hombre, papá de Carolina, Ricardo, Alejandro y Rosana y feliz abuelo de tres, a quien aprecio y respeto, le hago preguntas densas, que tienen que ver con el país, con nosotros, con la vida, más allá de la terrible coyuntura en la que estamos. Él no entierra el espejo y tiene cosas para decirnos. Nos hará bien bajarle dos a la intensidad cotidiana por un rato y prestarle atención.

Este es Pepe. Hablándome desde Caracas. Yo, lo escucho en Pampatar. El mar que va y viene hace su magia. Estos son pensamientos que pueden pintarnos sueños.

“En PDVSA la gente no iba a buscar un puesto de trabajo, iba a buscar una carrera de por vida (…) Meritocracia, esa palabra fue maravillosa para Venezuela. Ojalá podamos restablecerla”

José Toro Hardy

-¿Cómo le explicamos a los que gritan que los gritos hacen que los oídos de los otros se cierren?

-Los gritos son propios de los populistas, de quienes saben que tienen que amenazar, de quienes no teniendo la razón y la formación, recurren a la voz alzada, para intimidar. Por esa vía logran una cierta magia sobre los más ignorantes. Con los gritos les acarician el corazón, pero al mismo tiempo les golpean el estómago. La gente que gobierna gritando empobrece a los pueblos. Venezuela fue un país rico por muchísimos años. Desde 1920 a 1980 fuimos la economía del mundo que más creció. Por 60 años fuimos capaces de lograr una transformación extraordinaria de esa Venezuela casi medieval en la que nace el siglo XX. Para 1920 más del 80% de la población era analfabeta, la expectativa de vida de un venezolano era de apenas 32 años, por infinidad de enfermedades endémicas y epidémicas que acababan muy temprano con la vida de la gente, el paludismo, la anquilostomiasis, las enfermedades gastrointestinales, la tuberculosis, enfermedades que diezmaban a la población y eran extremadamente difíciles de controlar. Pero sobre aquel país empobrecido, que parecía no tener futuro, de la noche a la mañana se arroja un producto que viene a cambiarlo todo: El petróleo. Gracias a él, el país empezó a mostrar una vitalidad que nadie había imaginado. Veníamos de un siglo empobrecido por mil revoluciones. En el siglo XX la diferencia la hacen los hidrocarburos. Muy rápidamente el país empieza a construir escuelas y nos convertimos en ejemplo mundial de alfabetización, acabamos con la malaria, empezamos a sembrar carreteras y autopistas, y cloacas, y represas, la segunda más grande del mundo, Guri. Electrificamos al país, construimos puertos, aeropuertos. Estábamos sembrando el petróleo, como decía Uslar Pietri. Gracias a créditos blandos de la Corporación Venezolana de Fomento, empezaron a crecer industrias por toda Venezuela; crecieron universidades, nos convertimos en el país del futuro a donde todos querían venir y del que nadie se iba. Ese fue el país que resultó de la aparición del petróleo. Un país paupérrimo que se convirtió en el país de más rápido crecimiento económico del mundo, donde todo parecía posible. A los venezolanos se nos ha olvidado el inmenso aporte que hicimos a la humanidad. En 1939 estalla la II Guerra Mundial, una guerra devastadora, cruel. Nunca antes había intervenido y fallecido tanta gente. Una guerra creada por hombres que gritaban, Hitler, Mussolini. El mundo tuvo que defenderse. Los aliados hacían su aporte para tratar de resolver aquello. Y ganaron la guerra. Pero, ¿sabes?, Estados Unidos puso las armas, Rusia puso los muertos, pero el petróleo con que se ganó esa guerra lo puso Venezuela. Más del 60% del petróleo que se utilizó en los campos de batalla lo puso nuestro país. Y por eso, concluido aquel conflicto, la humanidad puso sus miradas aquí. El planeta pensaba que este era el país del futuro. Para aquí quiso venirse gente de todo el mundo, cuyo costo de formación había sido asumido por otros países pero que vinieron a desarrollar sus vidas, a volcar aquí sus conocimientos aquí para contribuir al desarrollo. Esa fue la Venezuela que millones conocimos y que hombres que gritan, hombres que alzan la voz, hombres populistas, hombres que engañan, hombres ignorantes han venido destruyendo.

“Un grupo de resentidos pretendió que gritándole a la gente podía apoderarse de todo. Y lo logró, pero ya se les agotó su tiempo. Ya destruyeron”

José Toro Hardy

-¿Cómo se lucha contra la venta de inmediatez, ese constante impulso de querer todo ‘de hoy para mañana’?

-La única manera de combatir la inmediatez es la perseverancia. Ella es la que hace que mejoren las sociedades. Hace que los países se enriquezcan. Es la que sirve para educar a las personas, para que los países sean capaces de formar a su gente y, con el tiempo, esa gente sea capaz de aportar su conocimiento para el desarrollo. Las inmediateces son dañinas, a veces pueden ser dañinas para lo bueno, pero siempre son dañinas para lo malo. Si viéramos a Venezuela con ojos de inmediatez, somos un país que está destruido. Efectivamente, Venezuela, que durante muchos años fue la economía latinoamericana con el mayor Producto Interno Bruto por habitante, hoy el Fondo Monetario Internacional nos está diciendo que para el cierre del 2021 vamos a tener un PIB per cápita más bajo que el de Haití. O sea, vamos a pasar a ser más pobres que el más pobre. Y entonces, si te lo preguntas en términos de inmediatez, ¿está todo destruido? Dicen algunos que no hay manera de reconstruir este país que fue tan maravilloso. Y yo creo que es todo lo contrario. Yo creo que esto ha sido una importante lección que quiso darnos la Providencia. Hoy sabemos cuáles son los errores que no podemos repetir, y también sabemos cuáles son las cosas buenas que hicimos en el pasado. Tenemos que verlo con paciencia, porque el proceso de reconstruir a Venezuela va a ser lento, quizás tortuoso, pero ese proceso podría acelerarse si los venezolanos logramos ponernos de acuerdo con respecto a las metas. No son metas inmediatas. Superar la crisis va a ser difícil. Pero lo que sí son inmediatos son los caminos que hay que empezar a construir. Y si construimos todos de común acuerdo, el futuro va a acercarse más rápido de lo que creemos. Seguimos siendo un país con un inmenso potencial, con una extraordinaria ubicación geográfica, somos uno de los países que cuenta con mayores fuentes de agua dulce. Sí, tenemos mucho petróleo, pero el petróleo parece que ya no lo vamos a poder aprovechar como antes, y a lo mejor gracias a Dios, porque quizás en el pasado nos concentramos en el petróleo y no en todas las demás riquezas. La inmediatez es lo que hace que los hombres griten y se desesperen. Cuando las cosas se ven en términos más largos, hay que empezar por decir que la gente tiene que formarse. Una vez preparados va a ser esa materia gris que está en el cerebro lo que hará que Venezuela prospere, y no esa materia negra que está en el  subsuelo, que pasaría a ser cosa del pasado, simplemente porque el mundo está buscando otros agentes energéticos menos contaminantes y que no contribuyan al calentamiento de la atmósfera. Pero en Venezuela está todo por hacer. Lo más importante que tenemos que lograr es devolverles el futuro a los venezolanos, devolverle la creencia en su país. Devolverle sus raíces, sus oportunidades. Por eso a casi siete millones de venezolanos que se han ido les tendremos que decir “por favor, regresen, porque los necesitamos”. Eso sí, para que ellos regresen, los que todavía estamos aquí tenemos la inmensa obligación de construir esas oportunidades para que ellos puedan y quieran retornar. Yo estoy muy angustiado con este presente, pero soy muy optimista con respecto al futuro.

“El país va a salir adelante porque las tragedias no duran para siempre. Esto se está agotando. Lo que estamos viviendo es un experimento fallido”

José Toro Hardy

-¿Cómo decirle a los jóvenes que la energía que siempre caracterizó a Venezuela, y debe seguir caracterizándola, depende de no tener mirada derrotista?

-Yo espero que esta sea una enorme lección. De las lecciones tiene que quedar un aprendizaje. Casi siete millones de venezolanos se han ido del país. Ellos han sido la válvula de escape que ha impedido que esta sociedad estalle en medio de tantas tensiones. Si se hubieran quedado en el país, probablemente aquí se hubiese producido un estallido social de inmensas proporciones. Pero esos venezolanos que se fueron tienen que entender que es una etapa para ellos mejorar personalmente, para formarse, aprender, educarse. Los que puedan tienen que aprovechar esos años afuera para adquirir nuevas experiencias, nueva visión del deber ser de los países modernos. Con esa visión global, queremos que regresen a Venezuela para verter esos conocimientos, esa experiencia. El aporte de ellos va a permitir  una revolución verdadera, del crecimiento, del conocimiento. El país va a salir adelante porque las tragedias no duran para siempre. Esto se está agotando. Lo que estamos viviendo es un experimento fallido. Un grupo de resentidos pretendió que gritándole a la gente podía apoderarse de todo. Y lo logró, pero ya se les agotó su tiempo. Ya destruyeron. De ser el país más rico pasamos a ser el más pobre. De tener la segunda empresa petrolera, pasaron a destruir a PDVSA. Comprendo que mis compañeros de PDVSA puedan sentirse angustiados. Ellos formaron parte de la segunda petrolera del mundo, solo superada por la saudí Aramco. Aquella PDVSA, te la quiero describir, era quizás el principal sector económico del país, su aporte era fundamental, pero ¿qué pasaba por dentro? En PDVSA la gente no iba a buscar un puesto de trabajo, iba a buscar una carrera de por vida. Todo el que entraba sabía que cada seis meses iba a ser sometido a evaluaciones, y si ese proceso lo cumplía adecuadamente, entonces su carrera se aceleraba. Y por esa vía se estableció un sólido mecanismo de meritocracia. Así, los mejores llegaban más rápidamente a estar en las posiciones de toma de decisiones. Meritocracia, esa palabra fue maravillosa para Venezuela. Ojalá podamos restablecerla. Esa PDVSA fue destruida. En lugar de estar produciendo 5 millones y medio de barriles diarios, estamos en unos 500 mil. En lugar de ser grandes exportadores de gasolina, hoy dependemos de la importación porque nuestras refinerías están derruidas. Esa PDVSA, que llegó a tener 22 refinerías en el mundo, 8 refinerías en Europa, 7 en los Estados Unidos, que tuvo participación en oleoductos que atravesaban ese país de sur a norte, que llegó a tener 15.750 estaciones de servicio abanderadas con nuestra marca Citgo y dotaba de gasolina al 10% del mercado de combustibles más grande del mundo. ¡Qué orgullo aquella empresa! Hoy está destruida. Junto con PDVSA se destruyó al país. Más del 80% de las empresas han cerrado sus puertas. Los servicios públicos han caído en estado deplorable. Las enfermedades nuevamente ganan terreno. Lo sé. En este momento el porvenir luce destruido, pero no es así. La próxima etapa de Venezuela es la reconstrucción. Y no vamos a construir desde 0, porque tenemos una inmensa estructura ya desarrollada, muy maltrecha hoy, pero que se puede reconstruir. Nuestras industrias, nuestro sector petrolero, nuestros servicios públicos. Ese proceso de reconstrucción va a implicar inmensas inversiones que van a traer consigo un efecto multiplicador que hará que la economía crezca rápidamente. Y los problemas sociales se irán solucionando junto con ese crecimiento. Eso hacen las sociedades exitosas. A veces es necesario tropezar con alguna piedra que nos tumbe en el camino para demostrar que somos capaces de volver a ponernos de pie y seguir adelante. Lo vamos a hacer con mucha más energía. Esa energía que siempre caracterizó a los venezolanos está allí, presente. Hoy la están utilizando en el exterior. Muchos de nuestros mejores jóvenes se han ido y están teniendo experiencias extraordinarias. Pero cuando empiece la reconstrucción, muchos van a querer regresar porque aquí estarán las mejores oportunidades. Las grandes empresas que harán inversiones en el país serán las primeras en buscar a nuestros venezolanos porque querrán tener gente, como tú alguna vez me dijiste, que “hable venezolano”, que tenga raíces, que conozca nuestra idiosincrasia. Las oportunidades serán capaces de atraer a esa gente que se nos ha ido, y gente de otras nacionalidades también querrá venir. No nos rindamos. La energía de la que tú hablas nos va a ayudar a reponernos. De eso estoy seguro.

“Nos convertimos en el país del futuro a donde todos querían venir y del que nadie se iba. Ese fue el país que resultó de la aparición del petróleo”

José Toro Hardy

-¿Qué te duele tanto que te hace un nudo en la garganta?

-Te voy a hablar desde el fondo de mi alma. Me duele cómo las familias se han dispersado. Cuando yo era niño, muy niño, los domingos nos reuníamos en casa de los abuelos. Los tíos, los padres, los hermanos, los primos. Aquello era una experiencia enriquecedora extraordinaria, que quizás en ese entonces  no se le daba la importancia que hoy uno le da. Cuando mis abuelos murieron, esas reuniones pasaron a hacerse en casa de mis papás. Las mismas reuniones, parrillas, los cuentos, los chistes, las alegrías, los juegos, se mantuvieron durante muchos años. Mis papás un día se fueron. Y entonces las reuniones de los domingos pasaron a ser en mi casa. Nos reuníamos todos con ese mismo espíritu de la familia venezolana. Hoy me duele que no tengo  ni un solo nieto en Venezuela, ningún sobrino varón que pueda transmitir el apellido. Mi familia, sin que me quede nada por dentro, aportó muchísimo a la historia. Qué no suene a pedantería, pero fueron grandes cultivadores de cacao y luego en la guerra emancipadora participaron activamente con su sangre, con sus recursos, con sus ideas, y firmaron el acta de Independencia. Hubo grandes tribunos como Fermín Toro, artistas como Herrera Toro, músicos como Teresa Carreño Toro. Una familia que fue capaz de aportar a Venezuela. Pero hoy parece que ese apellido se va a extinguir. Y eso duele.

-¿Qué te arranca inevitables sonrisas?

-Me hace sonreír que hoy la tecnología me permite ver a mis nietos y nos reunimos la familia por WhatsApp. Es una reunión fría, no los puedo abrazar, no puedo compartir. Pero los puedo ver permanentemente. Eso me hace sonreír. Y las pocas veces que puedo viajar al exterior y estar con ellos, sentir su contacto, su calor, eso hace que el alma se me alegre. Quisiera tenerlos conmigo en Venezuela, pero sé que para eso el país tiene que cambiar. Siento que mi contribución es trabajar hasta el límite de mis fuerzas para que ellos puedan regresar a su país.

-¿Qué te agria un día cualquiera?

-¿Qué me agria? Una cadena. Cuando prendo la radio o la televisión y escuchó esas voces básicamente diciendo necedades, mentiras, haciendo promesas incumplibles y diciendo cosas que sabemos destruyen, eso me agria. He llegado a la conclusión de que no vale la pena oírlas, porque es tanto el daño que te hacen que quizás uno se debe conformar con leer algún resumen y no escuchar esa sarta de estupideces con las cuales inundan la radio, la televisión y las redes.

“La única manera de combatir la inmediatez es la perseverancia”

José Toro Hardy

-¿Qué quieres que tus nietos le digan sobre ti?

-Yo quiero que mis nietos se sientan orgullosos de su abuelo. Yo quiero que le pregunten a sus papás, o sea mis hijos: “¿Por qué el abuelo no está aquí con nosotros?” Y que mis hijos les puedan contestar: “Porque se quedó allá, en Venezuela, luchando para que todos podamos regresar”. Yo quiero que mis nietos recuperen sus raíces y se sientan unidos a esta patria, que por muchos siglos fue la suya y que hoy por circunstancias muy especiales no la han podido disfrutar. Han tenido que ir a luchar en otros países con menos armas, con menos posibilidades de las que tendrían si estuviesen en su propia tierra.

-¿Cuáles son las últimas palabras que quieres decir antes de mudarte a la otra vida?

-Voy a decir: “Hice lo que pude. No siempre lo logré, pero aún soy optimista”.

***

Los cierres de mis entrevistas suelen provenir de mis reflexiones. En este caso, las extraigo de una nota que me envió Pepe sobre la foto que escogí para ilustrar esta nota. “Me encanta esa foto. No por mí, sino por el cuadro que está detrás. Fue pintado por mi esposa Carolina. Detrás tiene una dedicatoria pícara, como era ella: ‘Mi primer cuadro para mi primer esposo’. Ese primer esposo le duró 47 años, hasta que se la llevó una enfermedad y, antes de irse, se sentó frente a mí y me dijo: ‘No quiero que te quedes solo, pero no confío mucho en tu capacidad de elegir. Te voy a ayudar, te voy a proponer una que yo sé que te gustaba mucho, porque salías con ella antes de salir conmigo. Busca a Anita Alfonzo. Ella hoy está viuda, como vas a estar tú y sus hijos se fueron, como se irán los tuyos’. Y le hice caso. Tuve un hermosísimo reencuentro con Anita. Dicen que donde hubo fuego siempre quedan cenizas. Y así fue, no importa que hayan transcurrido varías décadas. Hoy Anita y yo nos casamos. Ella es la ñapa que me ofreció la vida. He tenido la suerte de contar con dos maravillosas mujeres. En el otoño de mi vida he vuelto a revivir la primavera. Y eso, Soledad, me enseñó una lección. No importa lo mal que se puedan ver las cosas, siempre tienes que pensar que hay un mañana. Eso mismo pienso con respecto a Venezuela. Hay un mañana”.

Amigos, sobra cualquier cosa que yo pueda añadir. Una bandada de pelícanos vuela tan cerca de mi balcón que casi los puedo tocar. Esta conversación ha sido balsámica para mí. Espero lo haya sido para ustedes. Gracias, Pepe.

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