En la aldea
14 junio 2024

Maneras de nadar hacia la muerte

Éxodo que no se ha detenido ni en pandemia. Medios internacionales que se hacen eco de embarcaciones que naufragan en la ruta Güiria - Trinidad y Tobago. En esta orilla solo se sabe del destino incierto de aquellos que a la sombra de la noche zarpan, cuando los familiares no reciben noticias desde el destino. ¿Alguna vez se imaginó que los venezolanos se echarían a la mar en estampida por la crisis?

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Tulio Hernández | 17 septiembre 2021

Como sucede con los balseros cubanos que han desaparecido tragados por la noche y el mar intentando llegar a las costas de Florida, nadie sabe con exactitud cuántos migrantes venezolanos han muerto ahogados en las aguas del mar Caribe, en el intento de entrar al territorio de Trinidad y Tobago buscando una segunda oportunidad.

Los grupos de migrantes que se aventuran hacia el país angloparlante, aún a sabiendas de que pueden ser detenidos y deportados, suelen tomar barcazas que atraviesan -camufladas en la oscuridad de la noche- los 128 kilómetros existentes entre las costas del estado Sucre, en los alrededores de Güiria, y el extremo más occidental de la isla vecina.

Obviamente al momento de partir no quedan registros de la identidad y el número de pasajeros. Tampoco se tiene constancia de si las embarcaciones cumplen o no con las mínimas normas de seguridad marítima. Solo nos enteramos de lo que ocurre cada vez que llegan noticias de naufragios.

En su edición del 19 de diciembre de 2020, la página digital France 24 reportaba que entre el 12 y 13 de diciembre, 28 venezolanos “perdieron la vida intentando cruzar el estrecho ubicado entre Venezuela y la isla de Trinidad y Tobago”. Irónicamente el naufragio ocurría en la misma fecha que se celebra el Día Mundial del Inmigrante. En la misma página recuerdan que en julio de 2019, The New York Times había denunciado el hundimiento de una embarcación con al menos 38 personas a bordo, de las que solamente nueve sobrevivieron.

Los venezolanos huyen en estampida por los cuatro costados. Tanto terrestres como marítimos. A Colombia y el resto de Suramérica por el occidente. A Brasil por el sur. A Curazao y Aruba, por el norte. Y a Trinidad, por oriente.

A pesar de que con frecuencia se denuncian malos tratos y deportaciones, según las cifras de Acnur, en Trinidad y Tobago ya fijaron su residencia cerca de 30 mil compatriotas. El equivalente a más de un tercio de la población total de la ciudad de Güiria.

Esta misma semana, vía Agencia EFE, nos enteramos de que la noche del miércoles 15, 34 venezolanos, 19 adultos y 15 niños, fueron detenidos en Mayaro, un municipio de la costa este de Trinidad. En mayo de 2019, 16.500 ciudadanos venezolanos fueron incorporados a un registro oficial que les permite trabajar y vivir legalmente. Sin embargo, el pasado mes de julio, de nuevo, más de 650 fueron repatriados.

Las cifras hablan. Pero aún seguimos sin saber cuántos han muerto o están desaparecidos en este trayecto marino alimentado por la desembocadura del río Orinoco al que Cristóbal Colón en su tercer viaje, por su belleza descomunal, dictaminó que estaba camino del paraíso terrenal. En cambio, en el presente, para muchos, se les ha convertido en una ruta al infierno.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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