En la aldea
18 mayo 2024

Jacinta y el 2040, o cómo interpretar el 21N

Las movilizaciones de campaña para las elecciones regionales del 21N muestran un creciente despertar de la población por no dejarse quitar el voto como su principal herramienta de protesta y cambio. Mientras, ¿qué necesita el país para que se prepare a enfrentar y aprovechar los desafíos globales que están por venir? Tanto Jacinta como para cualquier otro venezolano, si la persona y sus necesidades no están en el centro de la agenda, la oposición democrática no logrará construir un referente político, social y moral que desplace al chavismo; ni siquiera dentro de 19 años, en ese 2040 al que hace referencia el autor.

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Vicente Díaz | 17 noviembre 2021

Jacinta plancha a domicilio para comer. Lo hace cantando o silbando. Lo hace desde siempre. Siempre es mucho tiempo. Canta cuando está alegre, silba cuando le pega la tristeza. Plancha un día en cada casa. Para que su familia se acueste sin hambre. Por haberlo lograrlo cada día el canto usualmente había alegrado su oficio. Pero Jacinta, la cantarina, la que planchaba con maestría y eficiencia fue dejando que poco a poco, primero durante semanas, luego meses, finalmente durante años, el silbido se apropiara de su alma; inundara su espacio y gravitara sobre la casa donde le tocaba ese día.

Quién podía cantar si, a pesar de tanto esfuerzo cotidiano, los monstruos dolorosos de su barriga vacía hacían coro con los de su mamá y tres hijos, para recordarle que ya no solo se habían quedado sin futuro, sino que pronto serían solo pasado. Desde hace unos meses, Jacinta ha comenzado a combinar de nuevo silbidos con canciones, pocas canciones al principio. Al pasar el tiempo cada vez menos silbidos. La moneda con que se le remunera ahora está comenzando a acallar las garras del hambre que retorcían su estomago y estrujaban su corazón.

A Jacinta no le ha interesado nunca la política, sin saber que sus silbidos y cantos dependían no solo de su esfuerzo, que no cambió nunca, sino de decisiones políticas que se tomaban en sitios inimaginables para ella. Su pago cotidiano con billetes que eran sal y agua, nada compraban de lo poco que se conseguía. Desde hace algún tiempo cada vez más casas le iban agregando dólares a su retribución. Al principio eran propinas, poco a poco remplazaron por completo a un bolívar que se extinguió. La realidad de la vida venció al dogmatismo oficial. Lo único más poderoso que el Estado es la sociedad.

“Una elección es la posibilidad del ciudadano de influir en las políticas públicas, eligiendo a quien mejor crea que represente sus intereses, o para quitarle apoyo a quien no ha respondido a sus expectativas. Ese es su único y real valor”

La terca sociedad venció al dogmatismo de las recetas marxistas. Fue imponiendo como “lechugas” clandestinas al principio y luego como circulación abierta al dólar como moneda de intercambio y ahorro. Al final tuvieron que modificar leyes para que no fuese ilegal la vida real. Tuvieron que quitarse algunas de las gríngolas ideológicas que nos asfixiaban. Esa desobediencia civil espontánea, fundamentada no en la subversión insurreccional, sino en la necesidad de respirar, comer y vivir, obligó a un cambio mínimo que hoy se recoge en una ligera pero esperanzadora mejoría: para Jacinta, para los hogares que Jacinta atiende, para los comercios donde Jacinta compra, para el transporte que Jacinta usa, para la industria que suple esa agobiada demanda.

La colectividad con su quehacer cotidiano dio una lección a toda la clase política. Mientras las dirigencias estén en confrontación permanente, por muy legítima que pueda ser, pero sin poner a Jacinta en el centro de su política, toda sociedad ira encontrando sus caminos sin esperar por nadie. Serán crecientes los oídos sordos a las convocatorias de confrontaciones existenciales que no atienden lo que Jacinta necesita. Ella no está feliz, pero ahora canta más, tal vez no lo sabe, pero decisiones de políticos con poder o influencia, de Gobierno y oposición, pueden hacer que ella viva aun mejor, que recupere su futuro.

La elección del 21N es importante, pero no existencial, ninguna lo es ni debe ser vista como tal. Nadie debe jugarse la vida, la libertad, la existencia o el para siempre como resultado de unos comicios. Una elección es la posibilidad del ciudadano de influir en las políticas públicas, eligiendo a quien mejor crea que represente sus intereses, o para quitarle apoyo a quien no ha respondido a sus expectativas. Ese es su único y real valor.

La importancia de esta cita electoral, la del 21 de noviembre, además de elegir a las autoridades más cercanas a los problemas de las millones de Jacintas, es que permite a la oposición que ganó las parlamentarias 2015, superar una táctica probadamente ineficaz de tratar de generar cambios a partir de la abstención. Eso jamás ha funcionado, ni en Venezuela ni en el mundo. Ya lo vivimos en el 2005, y lo hemos vivido de 2017 hasta hoy. También lo vivió Hugo Chávez al reiterar un descomunal fracaso cuando pasó de golpista a abstencionista; y lo vivió la izquierda insurreccional hasta que abandonaron esa política “auto suicida”.

Los resultados del 21N son importantes, el voto popular indicará un creciente descontento con la impresentable gestión de Nicolás Maduro. La cantidad de cargos en poder del Psuv será muy importante, resultado de su accionar como partido, pero sobre todo de los llamados a la abstención de algunos, y la incapacidad de ciertas direcciones opositoras de no apostar al juego divisionista que diseñó el Psuv; al intervenir judicialmente en los partidos más importantes de la oposición.

Pero el 21N no es tan importante por los resultados, sino lo que vale como proceso. Prácticamente todos los partidos significativos del espectro electoral están participando. Las movilizaciones de campaña indican un creciente despertar de la población en el ejercicio de no dejarse quitar el voto, como su principal herramienta de protesta y cambio.

Hasta la comunidad internacional, a través de la ONU y la Unión Europea, están apoyando que los venezolanos volvamos a dirimir nuestras diferencias en paz por la vía de elecciones y negociaciones.

El 21N es tan importante como las presidenciales de 2006. En ese momento, de la mano de Manuel Rosales, Julio Borges y Teodoro Petkoff la oposición se reencontró con el voto, y justo un año después derrotó al gobierno de Chávez en el referendo de la reforma constitucional que suspendía de hecho el pluralismo político. Ese primer paso fue el que posibilitó ganar el Parlamento en el 2015. Por eso voy a votar el 21N, por el proceso en sí mismo, obviamente apuntando a que se fortalezcan las opciones no autoritarias.

Pero, ¿y después del 21N, qué? Trabajar por Jacinta, trabajar con Jacinta. Ella ahora recibe su retribución de planchado en dólares, pero sigue sobreviviendo. La vida de Jacinta aun no puede llamarse vida, necesita más para seguir cantando. Jacinta tiene que caminar kilómetros porque el transporte público es una calamidad; Jacinta tiene que llegar temprano a cargar agua, cuando hay suerte; buscar leña para cocinar, pelear porque las bolsas CLAP que en algunas ocasiones le llegan con puras harinas, y con frecuencia sin algunos productos, que se los van quedando algunos vivos enchufados e indolentes de esa estructura (que no tengo duda que en su mayoría hace un trabajo dedicado y serio). A Jacinta el FAES le mato a su esposo, y los malandros a su papá.

Hay millones de Jacintas y Jacintos. No están pendientes ni de las cadenas de Maduro; ni de la suerte de Alex Saab; ni del destino de Monómeros; ni de si continúa o cesa la Presidencia interina, o la negociación en México, o si hay cese de la usurpación. No porque no sean temas importantes, sino porque no le regresan la alegría de cantar, mientras no afronten los sinsabores de un país que fue promesa, y volverá a serlo. Son temas que son parte importante de la agenda política, pero si esa agenda no pone en el centro a Jacinta, la oposición no logrará construir un referente político, social y moral que desplace al chavismo.

Ahora vienen tres años de desierto electoral, que son los momentos en los cuales menos convocatoria tienen los dirigentes políticos. Pero eso no es fatal, hay suficientes necesidades y diversas herramientas como para construir una estrategia de acción política a favor de Jacinta, que realmente la motive a organizarse para vivir mejor. Hay que mejorar el servicio eléctrico, el abastecimiento agrícola y sanitario, el acceso al gas domestico, la remuneración de los trabajadores, y pare de contar; pero sin estar vinculando todo a la confrontación política, porque en lugar unirnos para exigir y demandar alejamos a los descontentos del chavismo que padecen por millones pero no les gusta la oposición. Se hace oposición incrementando la demanda social, la exigencia reivindicativa y la contraloría ciudadana.

Abastecer de bienes y servicios es responsabilidad de quien ejerce el Gobierno. La oposición no puede ser un obstáculo para que eso ocurra, todo lo contrario. La gente más aprecia a quien más hace por ella. Pero si es responsabilidad opositora organizar a la gente y apoyarla en esas demandas sociales y reivindicativas, en proponer soluciones, en activar referendos anuales que persigan darle más potestades y competencias a quienes están más cerca de los problemas de Jacinta. En demostrar una referencia moral superior democratizando el poder al interior de sus partidos, y en diseñar una estrategia común que unifique a todos los venezolanos en torno a preguntarnos: Cuál es la Venezuela que necesitamos para que Jacinta viva mejor hoy, y para que el país se prepare para enfrentar y aprovechar los desafíos globales del año 2040, cuando el planeta no se parecerá para nada a lo que tenemos hoy.

@vicentedz

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